Lo que pasó en la librería de la esquina

Lo que pasó en la librería de la esquina

@el_profesor ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (22) · 72 lecturas · 7 min de lectura

Yo siempre había creído que el deseo se instalaba de golpe: un mirada cruzada, un roce accidental, algo que te paralizaba y te hacía sentir que el aire se volvía espeso. Pero con Clara fue distinto. Fue lento. Fue silencioso. Fue el tipo de deseo que no grita, que susurra, que se escabuye entre los estantes de una librería pequeña y polvorienta, como si temiera ser escuchado por los viejos libros que olvidan sus propias historias.

Clara trabajaba allí desde hacía más de dos años. Yo iba una vez por semana —los miércoles, a las cinco y media, cuando el sol ya no entraba por la ventana lateral y el aire se volvía más fresco—, siempre con la misma excusa: «busco algo nuevo». Pero en realidad, iba por ella. Por la forma en que movía los dedos al anotar préstamos en la agenda de piel, por el modo en que se mordía suavemente el labio inferior cuando buscaba un título en la computadora, por el leve temblor que le recorría la muñeca cuando me entregaba el cambio de veinte pesos.

Nunca habíamos cruzado más de tres frases. Hasta ese miércoles.

Llegué con retraso: el tráfico había sido un infierno, y el reloj marcaba las 5:57. La librería ya estaba casi vacía, con solo un par de clientes al fondo, hojeando novelas de tapa dura. Clara estaba cerrando la caja registradora, con la blusa blanca un poco desabotonada en el cuello, y el cabello recogido en un nudo torpe sobre la nuca. Me miró cuando entré, sin sorpresa —sabía que yo venía siempre a esa hora—, pero sí con una leve sonrisa, como si me hubiera estado esperando.

—¿Seguiste buscando esa novela rusa? —preguntó, limpiándose las manos con un pañuelo de papel.

—Sí —mentí—. Pero sigo sin encontrarla.

—¿Cuál era? *War and Peace*, tal vez? —dijo, bromeando, pero con un brillo que no era solo ironía.

—No, algo más reciente. Un autor del Caribe. Te lo diré… si me dejas quedarte cinco minutos más.

Ella parpadeó. Me miró fijo, como si evaluara si era una broma, una invitación, o simplemente una prueba de mi persistencia. Y entonces, como si algo hubiera cedido en su interior, asintió.

—Cinco minutos.

Se sentó detrás del mostrador, cruzó las piernas con naturalidad —el vestido de algodón se le subió un par de centímetros por el muslo—, y me ofreció una taza de té que acababa de preparar.

—Tómatelo. Es de jazmín. Me dijiste que te gustaba.

—¿Cómo…?

—Lo anoté, hace meses. En la libreta de notas. Al final, cuando ya no tenías más excusas para venir.

Me senté frente a ella. El silencio no era incómodo, sino denso. Como si el tiempo hubiera decidido quedarse a observar. Me di cuenta de que nunca había notado el color de sus ojos con tanta claridad: un café oscuro con vetas doradas, como miel filtrada por la luz del atardecer.

—¿Por qué no te fuiste antes? —pregunté, bajando la voz.

—Porque quería ver si venías. Hoy era el último día. Me voy a Medellín.

El té se me enfrió en la mano. Me fijé en su anillo: una pequeña esmeralda engastada en plata antigua. Lo movió con lentitud, como si quisiera captar mi atención.

—¿Y si no te vas? —dije, sin pensar demasiado.

Ella se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el mostrador. La tela del vestido se estiró suavemente entre sus pechos, y por un instante, me pareció que el aire se detuvo.

—Porque me gustas —susurré—. Y no quiero que te vayas sin saberlo.

No hubo risa. No hubo sorpresa fingida. Solo una sonrisa lenta, como una luz que se enciende en una habitación oscura.

—Entonces no te vayas —dijo.

Fue tan simple. Tan directo. Como si ya hubiéramos llegado a este punto desde hace días.

Me puse de pie. Ella hizo lo mismo, y entre los estantes, entre los libros de poesía y los ensayos de filosofía, nos besamos. Fue un beso tibio, con sabor a té y a sal. Sus manos se posaron en mi cuello, los pulgares rozando la base de mi oreja. Yo le pasé los dedos por la espalda, sintiendo la curva de sus vértebras bajo la tela del vestido, hasta que una de mis manos se deslizó hacia abajo, hasta la cintura, y la atrajo hacia mí.

Sentí el calor de su cuerpo. El leve temblor de sus caderas. El hecho de que sus pechos estuvieran más blandos, más redondeados, más femeninos que lo que había imaginado —porque, sí, había imaginado esto. Muchas veces.

—El sótano —dijo—. No hay nadie.

La seguí por una escalera de madera que crujía bajo nuestros pasos. El aire era más fresco allá abajo, con olor a papel envejecido y cera de suelo. La luz de una bombilla colgante iluminaba un pequeño espacio con estanterías bajas y cajas apiladas. Ella se detuvo frente a una de las cajas, la abrió con lentitud, y sacó un paño de algodón con el que limpió la superficie.

—Siéntate.

Yo obedecí. Ella se puso de rodillas frente a mí, sin prisa. Me desabotonó la camisa, uno por uno, con los ojos clavados en los míos. Cuando quedó sola la camiseta, bajó las manos y me desabrochó el cinturón. No dijo nada. Solo me miró mientras me ayudaba a sacarla, y luego, lentamente, a bajar la cremallera de los pantalones.

Cuando mi pene quedó libre, ella exhalingó suavemente, como si lo estuviera saludando. Con la punta de un dedo, trazó un círculo en la cabeza, y luego deslizó la palma desde la base hasta la punta, con una presión apenas perceptible. Me incliné hacia atrás, apoyándome en las manos. No era urgencia. Era entrega.

—¿Te gusta así? —preguntó, sin dejar de mover la mano.

—Sí —susurré—. Pero quiero verte.

Ella se puso de pie, y lentamente se quitó el vestido, dejándolo caer a un lado. Se quedó con la camiseta blanca y la falda que llevaba debajo. Se inclinó hacia mí, y con la camiseta subida hasta el pecho, me mostró sus pechos: redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Me los ofreció sin vanidad, sin prisa. Como si ya hubiera decidido que era mi turno de saborear.

Le aparté la camiseta con suavidad, y con la boca, con la lengua, comencé a besarle uno de los pechos, rodeándolo lentamente. Ella suspiró, apoyando una mano en mi cabeza, con los dedos enterrándose en mi cabello. Le pasé la lengua por el pezón, y ella arqueó la espalda, como si le doliera, como si le gustara demasiado.

—Tú también —dijo.

Me levanté. Le desabroché el sostén con los dedos, y se lo bajé con lentitud. Luego, con las manos en sus caderas, la guidé hacia la caja vacía. Ella se sentó, cruzó las piernas en torno a mi cintura, y me tiró hacia ella.

Nos besamos mientras yo le separaba las piernas, mientras mis dedos exploraban el borde de su falda, mientras deslizaba una mano hacia abajo, hacia su vulva, y sentía el calor que emanaba de allí, el húmedo de su deseo.

—No llevo nada encima —susurró, contra mis labios.

—Yo tampoco —respondí—. Pero estamos seguros.

Y entonces, con la punta de mi pene, comencé a rozar su clítoris, lento, pausado, hasta que ella me pidió con un gemido que entrara. Me coloqué entre sus piernas, le separé los labios con una mano, y con la otra sosteniendo su rostro, la empujé hacia adelante y la penetré con un solo movimiento suave.

Ella soltó un grito ahogado. Sus uñas se clavaron en mis hombros. Sentí su vagina, calida, apretada, como si me hubiera estado esperando desde siempre. Empecé a moverme con lentitud, con cuidado, con una entrega que no era solo física, sino emocional. Cada empuje era una promesa. Cada pausa, una interrogación. Y cada vez que ella arqueaba la espalda, yo sentía que su cuerpo me llamaba, me exigía, me ofrecía todo.

—Mira —dijo ella—. Mírame.

Le tomé el rostro entre las manos y la miré a los ojos mientras continuaba moviéndome dentro de ella. Vi cómo sus cejas se fruncían, cómo sus labios se abrían con cada embestida más fuerte, cómo sus pechos se movían con la respiración entrecortada.

—Estoy a punto —dije.

—Yo también —respondió.

Y cuando llegamos juntos, fue como una desc

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