Lo que pasó en la fiesta de la casa de campo
4 minLo que pasó en la fiesta de la casa de campo
Yo jamás pensaba que me iba a encontrar con *eso* esa noche. No sabía ni bien pisar el césped mojado de rocío, con el traje de baño mojado del río y el sol aún calentándole la piel a uno. Había ido a la casa de campo de Lucía por un fin de semana relajado, solo eso: nada de drama, nada de expectativas. Ella me había invitado con ese tono suyo, ese que solo ella tiene: la voz templada, pero con un hilito de fuego debajo, como el mate recién pasado.
—¡Vení, Isabella, acá te va a entrar el calor por los poros —me dijo cuando le abrí la puerta—, y si no, con un poco de vino tinto y un rincón oscuro, lo sacás vos.
La fiesta era un caos delicioso: música cumbia villera mezclada con salsa, gente riendo con la cara pegada a la botella, fogatas encendidas que iluminaban los rostros como en un cuadro de la Renaissance, pero con más sudor y menos ropa. Yo me paseaba con mi short de algodón y una camiseta mojada que se me pegaba en los pechos, sin brassiere. Lucía me miraba de vez en cuando desde la fogata, con esa sonrisa de “sé lo que querés”, y cada vez que me acercaba, sentía el calor de su cuerpo antes de tocarla.
Había empezado a beber temprano —una cerveza, luego dos— y al tercer trago ya me costaba mantener el equilibrio, pero no del todo por el alcohol. Era más bien la forma en que Lucas, el hermano de Lucía, me estaba mirando. Él, alto, de hombros anchos, con ese tatuaje de una serpiente enrollada en el antebrazo, y esa mirada tranquila que decía más que mil palabras.
—¿Te gusta el clima acá? —me preguntó cuando se acercó con dos vasos de ginebra con hielo.
—Me encanta —le dije, y le tomé el vaso sin soltarle los ojos—. Pero lo que me gusta más… es la forma en que te mueves cuando te emocionás.
Él se detuvo, apenas, como si el aire se hubiera vuelto más espeso.
—¿En serio decís eso? —me preguntó, y su voz sonó más grave, más lenta.
—Sí —le dije, acercándome hasta que sentí el calor de su pecho—. Desde que llegaste, me tenés con la piel peluda de anticipación.
No me respondió con palabras. Me tomó de la muñeca, con suavidad, pero con firmeza, y me guió hacia la habitación de invitados, cerrando la puerta con un clic que sonó como un disparo en mi cabeza.
Dentro, la luz era tenue, pero suficiente para ver cómo se desabrochaba la camisa, paso a paso, dejando al descubierto el vello en el pecho, el musculo del estómago, y después… la línea oscura que bajaba hacia la entrepierna.
—¿Vos me querés, Isabella? —me preguntó, con la mano ya sobre mi cadera, apretándome con cariño.
—Sí —le dije, y le tomé la mano para guiarla hacia abajo, hacia el borde del short—. Quiero que me garchés. Quiero sentir tu pija entre mis muslos, metiéndose poco a poco… hasta que no pueda más.
Me levantó la camiseta sin romper el contacto visual. Me desabrochó el short con los dedos temblorosos, y cuando lo bajó junto con la ropa interior, me di cuenta de que ya tenía la concha mojada, pegada, esperando.
—Estás preciosa —susurró—. Tan buena, tan mía.
Me sentó sobre la cama, me abrió las piernas con la palma de la mano, y se puso de rodillas frente a mí. Cuando su lengua rozó el clítoris, me tensé como un arco. Era suave, pero insistente, como si ya la hubiera probado mil veces. Me lamía con un ritmo lento, y cada vez que lo hacía, yo le agarraba el pelo con más fuerza, jadeando, sin poder evitarlo.
—Lucas… —le supliqué—. Quiero que me corges. Ahora.
Se paró, se desabrochó el cinturón, y cuando se bajó los pantalones, su pene salió rígido, grueso, con la punta brillante de mi propia humedad. Me miró, me sonrió, y se colocó frente a mi entrada.
—Decime si es mucho —me dijo, rozándome con la punta.
—Sí —le respondí—. Pero quieró que sigas. Meté toda la pija, Lucas. Quiero sentirla hasta en la garganta.
Y así fue. Me la metió poco a poco, hasta que se hundió todo su cuerpo dentro del mío. Y cuando empezó a moverse, fue como si el mundo se hubiera detenido: solo él, solo yo, solo el sonido de su respiración pesada y el roce húmedo de sus caderas contra las mías.
No me acuerdo bien cómo terminó. Solo sé que después lo vi acostado a mi lado, sudado, con la mano still sobre mi muslo, y su risa sorda, de hombre que sabe que acaba de ganar algo.
—¿Otra vez? —me preguntó, sin siquiera mirarme.
—Ya veremos —le dije, y le besé el hombro—. Pero sí. Otra vez.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.