Lo que pasó en la fiesta de la azotea
Nunca pensé que una simple reunión en la azotea terminaría así. Fue una de esas noches cálidas de mediados de año, cuando el aire en la ciudad se vuelve denso, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para respirar. Habíamos ido a esa fiesta como pareja, mi mujer Lucía y yo, con la intención de pasarla bien, tomar algo, reírnos con amigos comunes. Nada más. O eso creíamos.
Lucía llevaba un vestido corto de seda negra que se ceñía a sus caderas como si hubiera sido pintado sobre su piel. Yo no podía dejar de mirarla, de notar cómo los demás hombres también la miraban. No me molestaba. Al contrario, me excitaba. Siempre hemos sido libres con nuestra sexualidad, aunque nunca habíamos cruzado cierta línea. Hasta esa noche.
Conocimos a Pablo y a Carla poco después de llegar. Ellos eran de esos que irradian confianza y sensualidad sin esfuerzo. Carla tenía el pelo castaño claro, ondulado hasta los hombros, y una sonrisa que parecía decir: *sé lo que quieres, y yo también lo quiero*. Pablo era alto, de mirada intensa, con manos grandes y una voz grave que te hacía prestar atención. Hablamos, bebimos, bailamos. La conversación derivó, como tantas veces, hacia el tema del deseo, las fantasías, los límites. Y entonces, entre risas y copas, Lucía soltó: “¿Y si un día probamos algo… distinto?”. No lo dijo en serio, al menos eso creí. Pero Pablo la miró, serio, y respondió: “Yo estoy”.
La propuesta flotó en el aire como una brisa tibia. Nadie dijo que sí, nadie dijo que no. Solo se quedó allí, latente, como el calor que subía desde el concreto de la azotea. Más tarde, cuando la música bajó y los invitados empezaron a dispersarse, Carla me tomó de la mano y me dijo al oído: “Vamos a la terraza de arriba. Hace calor aquí abajo”. No pregunté por qué. Solo asentí.
Arriba, el cielo estaba lleno de estrellas, y las luces de la ciudad parpadeaban como si respiraran. Lucía estaba sentada en una banca baja, con Pablo a su lado. Él le acariciaba el muslo con lentitud, sin prisa. Ella no se apartó. Me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto en años: deseo puro, crudo, sin máscaras.
—¿Listo? —me preguntó.
No respondí con palabras. Me acerqué, tomé a Carla de la cintura y la besé. Fue un beso lento, profundo, con sabor a vino y a sal. Sus manos subieron por mi espalda, fuertes, seguras. Mientras, vi por el rabillo del ojo cómo Pablo desabrochaba el vestido de Lucía, dejando al descubierto sus hombros, su espalda, la curva de su pecho izquierdo. Ella gimió, bajo, como un suspiro que se niega a salir.
Carla se arrodilló frente a mí. Sus ojos brillaban bajo la luz tenue. Me desabrochó el pantalón con una lentitud que me volvió loco. Cuando me tomó en su boca, fue como si el mundo se detuviera. Sentí el calor, la humedad, la presión exacta de sus labios. No podía apartar la vista de Lucía, que ahora estaba sobre Pablo, moviéndose despacio, con los ojos cerrados, las manos en sus pectorales. Sus gemidos eran cortos, agudos, como si no pudiera contenerlos.
Entonces Carla me soltó y me empujó suavemente hacia Lucía. Me miró y asintió. Me acerqué por detrás, acaricié sus nalgas, la besé en el cuello. Ella se arqueó, se abrió más para mí. Entré en ella con cuidado, con lentitud, sintiendo cada centímetro. Ella gritó, apenas un jadeo, y yo me quedé quieto, saboreando el momento. Pablo me miraba, excitado, con la respiración agitada. Y entonces, sin decir nada, Carla se acercó a él y lo besó, mientras yo seguía moviéndome dentro de Lucía, mientras el mundo entero parecía arder.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que al final, sudorosos, jadeantes, nos quedamos allí, abrazados, sin hablar. No hacía falta. Todo estaba dicho. Esa noche no cruzamos ninguna línea. Simplemente descubrimos que las líneas nunca habían existido.
¿Te ha gustado? Valóralo