La noche que mi esposa y yo fuimos a la casa de los vecinos

La noche que mi esposa y yo fuimos a la casa de los vecinos

@santiago_vera ·2 de julio de 2026 · 🔥 4.3 (40) · 32 lecturas · 7 min de lectura

Luisa había insistido desde hacía semanas: “Vamos, Santiago. Es solo un juego entre adultos. Ellos ya lo han hecho antes con otros, y nos invitan a ser parte del juego”. Yo lo había escuchado con una mezcla de curiosidad y recelo, viendo cómo su voz se volvía más suave, más seductora, cada vez que hablaba del tema. Había visto ese brillo antes: cuando nos íbamos de vacaciones sin planear nada, cuando jugábamos al sexo en el sofá con la puerta cerrada, cuando me pidió que le hiciera un masaje con aceite de almendras y sus dedos se deslizaron por mi nuca mientras yo le masajeaba los hombros. Pero esto era distinto. Era salir de casa, ir a la casa de los vecinos, y dejar que el deseo se desatara como viento en verano.

La casa de los Ríos quedaba en el fondo del fraccionamiento, entre palmas y un jardín bien cuidado. Cuando llamamos al portón, el portón se abrió sin que nadie dijera nada, como si ya supieran que íbamos. Elena, la vecina, nos esperaba en la puerta con una falda negra ajustada, una blusa blanca semitransparente y sandalias de taco alto. Su pelo castaño, recogido en un moño bajo, dejaba ver la curva de su cuello. Me dio un beso en la mejilla, y olía a jazmín y a algo más, algo más dulce, más oscuro.

—¡Ay, mira cómo te veo, Santiago! —dijo, acercándose y rozando mi brazo con la uña—. Siempre tan bien vestido. Como si fueras al trabajo, pero aquí no hay oficina, ¿verdad?

Luisa ya estaba entrando, riéndose con esa risa que solo tiene cuando está preparada para algo bueno. Elena le rozó la mano y le susurró algo que no alcanzé a oír. Luisa sonrió, asintió, y me miró por encima del hombro con esa mirada que decía: *ya no hay vuelta atrás*.

La sala estaba iluminada con luces bajas, velas en frascos de vidrio, y una música suave de jazz que no cubría del todo el sonido de la lluvia que empezaba a caer afuera. En el sofá, Daniel Ríos, su marido, se levantó al vernos entrar. Alto, de hombros anchos, con barba recién afeitada y una camiseta negra que marcaba los músculos del pecho. Me tendió la mano con una sonrisa cómplice.

—Santiago. Ya nos había hablado mucho de ti. Y de ella, claro —dijo, guiñando un ojo a Luisa—. Pero ahora que la veo, entiendo por qué te tiene tan loco.

Me dio una palmada en la espalda, como si ya fuéramos viejos amigos. Elena se acercó con dos copas de vino tinto. Me las ofreció.

—Bebe. Relájate. Hoy no hay prisa.

La primera copa la tomamos sentados en el sofá, Luisa a mi lado, Elena en el extremo opuesto, cruzando las piernas con lentitud. Yo observaba: la forma en que se ajustaba la tela de la blusa cuando respiraba, el leve movimiento de sus pechos, la curva de su espalda baja. Daniel, a su lado, noquitaba los ojos de encima. No de una manera invasiva, sino como si estuviera disfrutando de una pintura que ya conocía, pero que cada vez le gustaba más.

—¿Quieren ver algo? —preguntó Elena, levantándose de golpe, como si se le hubiera ocurrido algo de pronto.

Se dirigió al cuarto de música, un rincón con un piano antiguo, una guitarra eléctrica y una estantería llena de libros. Volvió con una caja de madera, de las que usan para guardar vinilos. La abrió sobre la mesa baja, y dentro había fotos: parejas, en poses, en cuartos oscuros, en camas con sábanas rojas, en baños con espejos grandes. No eran fotos de pornografía vulgar, sino de encuentros íntimos, de cuerpos en silencio, de miradas que decían más que las palabras.

—¿Quieren ver a los dueños? —dijo Daniel, acercándose y tomando una foto.

Era un hombre y una mujer, de unos cuarenta años, de pie frente a una ventana con luz natural. Él tenía la mano sobre la cintura de ella, pero ella lo había tomado del puño, tirando suavemente. Él no la abrazaba, la estaba *esperando*. Y en la foto, se veía el reflejo del espejo: ella con las rodillas dobladas, él de pie, la verga ya dura, ella con los pechos al aire, los pezones erectos.

—Nosotros los conocimos en un viaje a Cancún —dijo Elena, sentándose en el regazo de Daniel, sin vergüenza, sin prisa—. Fue la primera vez que lo hicimos con otros. Y la última que sentí que *realmente* nos dejábamos llevar.

Luisa se acercó, tomó otra foto: una pareja sentada en un sofá, ella con la cara entre las piernas de él, él con las manos en su cabeza, ella con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios húmedos. Daniel se inclinó y le acarició la espalda baja.

—¿Y qué les pareció? —preguntó, mirando a Luisa.

—Me gustó la forma en que ella lo dejaba hacerlo… sin pedir permiso, sin pedir nada —respondió Luisa, con voz baja, pero clara.

Elena se levantó, se acercó a mí y me tomó de la mano.

—Ahora te toca a ti, Santiago. Vamos a ver cómo te sientes con las manos de otra mujer sobre tu cuerpo.

Me llevó al cuarto de dormir. No era un cuarto grande, pero tenía una cama king-size, sábanas blancas, una lámpara de pie con pantalla de papel que proyectaba sombras suaves. Elena se quitó la blusa primero. Bajo ella, un sostén de encaje negro, con copas que apenas contenían sus pechos redondos. Me giré para ver si Luisa seguía con Daniel, pero ya no estaban en la sala.

—No te preocupes por ella —dijo Elena, como si hubiera leído mi mente—. Ya están hablando de lo que quieren hacer. Y yo ya sé lo que quiero hacer contigo.

Me desabrochó la camisa, lenta, como si cada botón fuera una promesa. Cuando me la quitó, me puso las manos sobre los pechos, presionó con fuerza suavemente, y me inclinó la cabeza hacia adelante, para que yo también la pudiera ver. Su pecho subía y bajaba con calma. Se quitó el sostén con un movimiento de hombros, y sus pechos cayeron suaves sobre sus manos, los pezones ya duros.

—Toca —dijo, llevando mis manos hasta uno de ellos.

Lo apreté con la palma, lo giré con los dedos, y sentí cómo se endurecía más, cómo se hincha contra mi tacto. Ella suspiró, cerró los ojos, y se inclinó hacia mí, pegando su vientre contra mi entrepierna. Sentí la verga dura contra su ombligo.

—¿Ya la sentiste? —me preguntó, bajando la mano y desabrochando mi pantalón.

No respondí. Ella ya lo sabía.

Sacó mi verga, ya medio dura, y la sostuvo entre sus manos, frotándola con lentitud, desde la base hasta la punta. Se inclinó, lamió el glande, y me miró a los ojos mientras lo hacía.

—Huele a ti —dijo, respirando hondo—. A sudor, a deseo. A hombre.

Se puso de rodillas frente a mí, me tomó de las caderas, y me metió la verga entera en la boca. La lengua la movía de lado a lado, y sus manos apretaban mis testículos con suavidad. Sentí el calor, la presión, la humedad, y el temblor que me recorrió la columna. Me agarré de su pelo, pero no la detuve. Sólo la dejé seguir.

—No te vayas —dijo, cuando se separó—. Quiero sentirla dentro de mí.

Se levantó, se quitó la falda, y se puso de pie frente a mí, con las piernas ligeramente abiertas. Me mostró su vagina, pelada, los labios húmedos, el clítoris hinchado. Me pidió que la tocara, que la hiciera gemir.

Lo hice. Con los dedos, con la lengua, con la palma de la mano. La sentí temblar, sentí cómo su respiración se aceleraba, cómo se aferraba a mi brazo. Cuando se sintió lista, me pidió que la tomara por la cintura y la pusiera sobre la cama. Me subí con ella, la apreté contra mí, y le dije que quería entrar a su ritmo.

Se sentó encima de mí, con la verga ya dura, y se bajó poco a poco, hasta sentir que la llenaba por completo. Se movió con lentitud, con calma, como si estuviera aprendiendo a bailar conmigo. Yo le acariciaba los pechos, le mordía el cuello, le susurraba palabras que no tenían sentido, pero que ella escuchaba como música.

—Sí… así… más fuerte… no pares… —decía, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás.

Yo la dejaba guiar. Sentí que su cuerpo se tensaba, que

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