El sábado que le cogí a la mujer de mi mejor amigo en su casa
7 minEl sábado que le cogí a la mujer de mi mejor amigo en su casa
La casa de Santiago y Lucía siempre huele a café recién hecho, a madera vieja y a ese perfume caro que usa ella, que me hacía cosquillas en la nariz y en el cuerpo desde la primera vez que la conocí. Era viernes por la noche, y Santiago me había llamado con urgencia: “Nahuel, vení, que nos vamos a pasar el fin de semana, que Lucía tiene ganas de algo distinto y yo ya no aguanto más sus miradas largas y sus suspiros en la cama”. Yo sabía que eso significaba algo más que una escapada entre amigos. Sabía que Lucía andaba con ganas de coger, y que su marido le había dado permiso para jugar.
Llegué a las once y media. La puerta estaba entreabierta, y cuando la abrí, escuché risas ahogadas desde el fondo, y luego el sonido seco de un vaso de vidrio que se apoya en la mesa. Lucía apareció en el marco de la puerta del living, con un vestido negro pegado al cuerpo que le marcaba el culo como si lo hubiera pintado con un pincel fino. Se había recogido el pelo en un moño alto, pero algunas mechas le rozaban el cuello, y sus ojos brillaban con esa luz de quién ya ha empezado a beber pero aún no ha perdido el control.
—Ahí está el culpable —dijo, sonriendo con la boca cerrada, como si guardara algo para después—. Santiago me dijo que venías. Ya me estaba empezando a cansar de mirar la pared mientras él dormía.
No respondí. Me senté en el sofá, me desabroché los dos primeros botones de la camisa, y me pasé la lengua por los labios. Ella se acercó con lentitud, se sentó en el borde de la mesa baja frente a mí, y cruzó las piernas. El vestido se subió hasta la mitad del muslo, y vi el borde de su bragas de encaje negro, que apenas contenían su culo redondo y firme, como si fuera a reventarle la tela en cualquier momento.
—Me miras como si ya me hubieras metido el pito —dijo, sin apartar la vista—. ¿O aún no lo has hecho?
—Aún no —respondí, con voz baja—. Pero si sigo mirándote así, no sé cuánto aguante.
Santiago bajó al rato, con una botella de ron en la mano y dos vasos en la otra. Se detuvo al vernos así, sentados frente a frente, sin decir nada más que miradas cargadas.
—Viste que ya empezaron —dijo, pero no sonaba molesto. Sonaba… satisfecho.
Se sentó entre nosotros, puso los vasos sobre la mesa, y le pasó la mano por la espalda a Lucía. Le acarició la cintura, luego el muslo, y por fin le tomó la mano y se la puso encima de su muslo, sobre el vestido. Ella no se movió. Solo cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro corto.
—¿Les parece si nos cambiamos de ropa? —preguntó Santiago—. Que la casa está grande, y yo no quiero perderme esto.
Fue como una orden. Lucía se levantó, me dio un beso en la mejilla que me quemó la piel, y se dirigió al baño. Yo me quedé sentado, mirando cómo Santiago se desabrochaba la chaqueta, cómo se sacaba la camisa y dejaba al descubierto su pecho peludo y sus brazos fuertes. No era un hombre débil. Era un hombre que sabía lo que quería, y lo que quería ahora era verme coger a su esposa.
Lucía volvió con una bata de ducha abierta por delante, y debajo… nada. Solo su culo desnudo, redondo, con esas curvas que parecen hechas para sostener un pene y no soltarlo nunca. Se sentó en el borde de la mesa, con las piernas abiertas, y me miró.
—Vení —dijo,Extendiendo la mano—. Que ya me empieza a doler el clítoris de tanto pensar en vos.
Me paré. Me desabroché el cinturón, me bajé la cremallera, y saqué el pito duro, tieso, gordo, con la punta ya humedecida por el preseminal. Me acerqué. Ella se inclinó un poco hacia atrás, y con la punta de los dedos me señaló su entrepierna.
—Abre las piernas —le dije—. Que quiero ver cómo te mojas.
Ella obedeció. Se separó los labios de la vulva con dos dedos, y mostró su coño húmedo, rosado, con el clítoris inflamado, como una pequeña perla lista para ser chupada. Me arrodillé frente a ella, sin soltar el pito. Le separé los bigotes con la lengua, le lamí el monte de Venus, y luego le metí dos dedos dentro. Ella soltó un gemido agudo, se agarró de mi cabeza, y se llevó una mano al pecho, donde se apretó los pezones con fuerza.
—Sí, sí, así —dijo—. Que ya me voy a venir si no me metés el pito ya mismo.
Me paré, le dije que se pusiera de rodillas en el sofá, y le ordené que se inclinara, con las manos apoyadas en el respaldo, el culo en el aire, los pies juntos. Santiago se acercó, se puso detrás de ella, y le acarició el pelo.
—¿Querés que te lo meta lento, Nahuel? —preguntó.
—No —dije, apretando el pito entre mis manos—. Quiero que se lo meta hasta la base, que sienta todo, que me pida más, que me suplique que le rompa el culo.
Lucía giró la cabeza y me miró por encima del hombro. Tenía los ojos vidriosos, los labios hinchados, la piel roja.
—Sí —dijo—. Rompeme el culo, maldito.
Le dije que se abriera, y cuando lo hizo, le clavé el pito de una vez, sin cuidado, sin pedir permiso. Ella gritó, pero no de dolor. De placer. Su cuerpo se arqueó, y su culo se hundió contra mis testículos, que rebotaron contra su piel con un sonido seco.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Está duro! ¡Está gigante!
Empecé a meterla y sacarla con fuerza, con golpes secos, con la mano derecha apretándole el pelo y la izquierda buscándole el clítoris. Ella se mordió el antebrazo para no gritar demasiado, pero cuando Santiago le metió los dedos en el otro coño, ella se descontroló.
—¡Sí, sí, los dos! —gimió—. ¡Me están partiendo en dos! ¡Me voy a venir! ¡Me voy a venir ahora!
Le apreté el pene con fuerza y le metí dos dedos más en el coño, tres en total, y cuando sentí que se tensaba, cuando sentí que su cuerpo se cerraba alrededor de mí, le dije:
—Me voy a correr dentro de vos, Lucía. Me voy a correr en tu coño, y después le voy a dar tu culo a Santiago, y vos me vas a chupar hasta que me llore.
Ella asintió con la cabeza, jadeando, y yo le clavé el pito hasta la base y solté el primer chorro de semen, caliente, espeso, que le inundó el fondo del coño. Le seguí metiendo, sacando, dando pequeños golpes de cadera, hasta que sentí que se vaciaba por dentro, y entonces me retiré.
Lucía se dio vuelta, se arrodilló frente a mí, y sin pedir permiso, me agarró el pito flácido y lo metió en su boca. Lo chupó con fuerza, con la lengua, con los labios, hasta que volvió a ponerse tieso. Entonces se paró, le hizo una señal a Santiago, y se sentó sobre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho.
—Ya le dije que me lo iba a hacer —susurró—. Ahora es tu turno.
Santiago se acercó, le separó el pelo de la nuca, y le besó el cuello. Le metió un dedo en el culo, luego dos, y cuando lo sintió relajado, le pasó el pito por el borde del ano, mojándolo con saliva y con el preseminal que aún le goteaba de la punta.
—¿Estás lista? —le preguntó.
—Sí —dijo ella—. Metélo. Que ya me lo merezco.
Y así lo hizo. Le metió el pito en el culo con un movimiento brusco, y Lucía soltó un grito agudo que se perdió en la almohada. Santiago empezó a empujar con fuerza, y yo me paré, me acerqué, y le pasé la lengua por el coño, que ya estaba hinchado, húmedo, y empezaba a sangrar un poco por el fondo, por el esfuerzo de la primera vez.
—Está rico —dije, mirando a Santiago—. Me encanta verla así.
Lucía se dio vuelta, me besó en los labios, y me pidió con voz rota:
—Volvé a meterme el pito. Esta vez, en el coño.
Y yo se lo cumplí.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.