Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi amiga
6 minLo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi amiga
La primera vez que lo vi, me dijo “¡Ay, camina pa’ acá, que no te he visto en toda la noche!” y me sonrió como si ya me conociera desde siempre. Era李, el novio de Mariana, mi amiga desde la universidad. Alto, piel morena clara con reflejos dorados bajo las luces de la fiesta, camisa abierta sobre una playera negra ajustada, y esos ojos que parecían saber algo que yo aún no sabía. Me pidió un cigarro, y aunque yo no fumaba, le dije: “Dame uno pa’ ver cómo se hace”, y me lo encendió con esa calma que solo tienen los que saben disfrutar el momento.
Estábamos en el jardín trasero de la casa de Mariana, bajo la sombra de un árbol de naranjas que olía a lluvia y tierra mojada. El viento jugaba con la tela de mi blusa, y sentí su mirada recorrerme lentamente, como si con las manos pudiera tocar lo que solo los ojos decían. Me acercó un vaso de ron con limón, hielo crujiente y gotas de condensación resbalando por el cristal. “Toma, que aquí hace calor de verga”, me dijo, y me rozó los dedos al entregármelo. Un calor que no venía del clima.
—¿Tú también te escondes cuando la fiesta se pone fuerte? —le pregunté, y me di cuenta de que mi voz sonaba más suave de lo que quería.
—A veces —respondió—. Pero hoy vine por ella. Por Mariana. Y por ver si encontraba algo que no esperaba.
Me miró a los ojos y me sentí desarmada, como si él ya hubiera leído mis pensamientos y no les encontrara reparo. La música seguía sonando desde adentros: reggaetón lento, con ese ritmo que te pone la piel de gallina y te hace pensar en manos grandes que acarician la cintura, en respiraciones entrecortadas, en labios cerca de tu cuello.
—¿Y qué es lo que encontraste? —le pregunté, y me di cuenta de que ya estaba jugando, de que había cruzado la línea sin darme cuenta.
Me sonrió otra vez, esa sonrisa que le hacía temblar un poco el labio inferior.
—Tú.
La palabra cayó como una gota de humedad en la espalda. No dije nada. Simplemente me incliné un poco hacia adelante, dejando que el viento levantara un poco la tela de mi falda, y le pregunté: —¿Y si no quieres lo que encontraste?
—Entonces lo dejo ir —dijo—. Pero si no lo dejo ir, es porque no pienso hacerlo.
Me tomó de la muñeca. No con fuerza, pero con una firmeza que no dejaba lugar a la duda. Me llevó por el costado de la casa, entre macetas y luces tenues, hasta un área más oscura, donde el suelo estaba cubierto de pasto fresco y el cielo parecía más cercano. Se sentó y me tiró su camisa encima, creando un cojín suave.
—¿Te sientes segura? —me preguntó, y en su voz no había deseo sin control, sino cuidado.
Asentí. Me acerqué a él, sentada a su lado, con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas. Me quitó la blusa sin pedir permiso, pero sin apuro, como si ya supiera que yo no me iría. La dejó tirada sobre el pasto, y entonces me tocó el pelo con una ternura que me hizo cerrar los ojos. —Eres linda —dijo—. No como en las fotos, sino real. Con esa sonrisa que te cuesta mostrar, pero cuando sale… es como el sol después de la lluvia.
Me incliné hacia él, y cuando mis labios rozaron los suyos, sentí un temblor que empezó en el estómago y me subió por la columna. No era un beso agresivo, sino explorador, con lengua suave y respiración pausada. Me lo comí con paciencia, como si cada segundo fuera un regalo.
Me soltó un poco, y me miró con los ojos entreabiertos, los labios húmedos.
—¿Quieres que pare? —me preguntó.
Negué con la cabeza. —No.
Me tomó de la cintura y me llevó a acostarme sobre la camisa. Me quitó los pantalones con cuidado, como si me estuviera desvistiendo en la oscuridad de un cuarto, sin prisa. Cuando me tocó el culo, con las manos anchas y calientes, sentí que me arqueé sin querer, como una gata que busca más contacto. Me rozó el vello púbico con los dedos, y me separó los labios con una ternura que me hizo soltar un suspiro largo.
—Eres rica… —dijo—. Tan húmeda, tan buena.
Me besó de nuevo mientras me metía dos dedos dentro, lentamente, con la muñeca apoyada en mi abdomen, presionando suavemente contra el punto que ya sabía que me hacía gemir. Sentí cómo se estiraba dentro de mí, cómo mi cuerpo se abría, cómo el aire se volvía más denso, más caliente. Me miraba fijamente mientras me meneaba con los dedos, y cada vez que cerraba los ojos, me decía: “Mírame, Camila. Mírame cómo te mamo”.
Y entonces me bajó la braga y se puso sobre sus manos y rodillas frente a mí. Bajó su cabeza y me lamió como si me estuviera devorando con la mirada. Me mordió el labio menor con su boca, su lengua pegada a mi clítoris, presionando fuerte y luego suave, suave y luego fuerte, hasta que no pude más. Me llegué con la mano y me toqué mientras él me chupaba con una intensidad que me hizo gritar su nombre.
—¡Lí! —exclamé, y me sentí vergonzosa por decirlo en voz alta, pero no me importó.
Se paró entonces, se desabrochó el pantalón y sacó su pito, grueso, bien formado, con la punta brillante de humedad. Me lo pasó por los labios, y lo chupé como una loca, con ganas de probarlo todo. Me lo metí hasta la mitad, sintiendo su sabor, su calor, su olor a hombre y a deseo. Me separó los labios con los dedos y me lo empujó dentro con un movimiento suave, pausado, hasta que se hundió hasta la base.
Me sostuvo las caderas y empezó a moverse con lentitud, como si no quisiera acabar aún. Me besó mientras me meneaba, con la lengua dentro de mi boca y las manos apretando mis pechos, con los pulgares pasando por mis pezones ya duros de tanto deseo. Me giró, me pidió que me pusiera de cuatro, y lo hice con la frente apoyada en la camisa, sintiendo su vientre contra mis glúteos, su pito entrando y saliendo con fuerza creciente.
—Eres mija… —me dijo, jadeante—. Tú eres mija…
Y entonces me agarró de la cintura con más fuerza y me empujó hasta el fondo, y cuando sentí que me llegaba, que el vacío se llenaba de calor, de peso, de placer, grité su nombre otra vez, y él me agarró la cabeza y me obligó a mirarlo mientras me corrió dentro, con suaves empujes que me hicieron temblar como una hoja.
Se quedó dentro de mí un buen rato, sin moverse, con la frente apoyada en mi espalda, respirando fuerte. Me pasó la mano por la nuca y me besó entre los hombros.
—Gracias —me dijo—. Por dejarme sentir esto.
No supe qué responder. Simplemente me volví hacia él y lo besé, con los ojos cerrados, con la boca llena de su sabor y el cuerpo aún vibrando. Cuando nos levantamos, la camisa de él estaba arrugada, mis pantalones en el suelo, y la brisa del jardín jugaba con mi piel desnuda.
No supimos qué diría Mariana si nos veía. Pero tampoco nos importó. Porque en ese momento, el mundo se reducía a dos cuerpos sudados, a un beso compartido y a un silencio que decía más que mil palabras.
Y aunque todo era efímero, algo quedó: el recuerdo de cómo se siente estar con alguien que te mira como si fueras lo único que has querido encontrar.
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.