Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la vecina

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la vecina

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La casa de la señora Lupita, en la esquina de Insurgentes y Viena, siempre olía a comida fuerte y jabón de barra. Pero esa noche, entre los aromas de mole y chile habanero, había algo más: una tensión sutil, como el zumbido de una bombilla vieja antes de dar el último parpadeo. Camila, que había crecido viendo cómo su mamá le arreglaba los chilogramos a Lupita para sus fiestas, sabía que esa no sería una noche cualquiera.

Lupita celebraba sesenta y cinco, aunque lo decía con un guiño: “Sesenta y cinco, pero con los sesenta y siete que me faltan para estar bien”. Invitó a sus amigas de la colonia, a algunos vecinos de confianza y, por primera vez en veinte años, a la hija de su prima, que volvía de Cancún después de tres años sin verse.

Camila la reconoció enseguida: morena, alta, pelo suelto y una sonrisa que parecía tener secretos guardados bajo el esmalte negro de sus dientes. Se llamaba Fernanda. Llevaba un vestido de tirantes negros que dejaba al descubierto los hombros y la espalda, con una renda fina que se abría hasta la mitad del muslo derecho. Camila, que usaba un blusón bordado y jeans ajustados, sintió de inmediato el peso del aire en la nuca, como si alguien hubiera encendido un fuego invisible.

—¡Ay, mira quién viene! —dijo Lupita, agarrando el brazo de Camila y acercándola—. Esta es Fernanda, la prima de la otra rama. Tú le arreglabas los papeles del INE cuando era chiquita, ¿no?

Camila sonrió, nerviosa. Fernanda la miró con calma, como si ya la hubiera reconocido antes, como si hubiera estado esperando ese momento.

—Claro que sí —dijo Camila—. Aunque ahora veo que ya no necesitas que te lo arregle.

—A veces sí, hija —respondió Fernanda—. A veces necesito que me lo arreglen bien.

La fiesta era como todas: música norteña a volumen moderado, cervezas bien frías, tablas de jamón y queso, y una mesa de dulces que parecía salida de un sueño. Pero algo se movía distinto. Las risas tenían un tono más bajo, más húmedo. Las miradas se detenían un segundo de más. Camila sentía los ojos de Fernanda en su espalda cada vez que pasaba cerca del sofá donde se sentaba a charlar con una amiga.

Alrededor de las once, Lupita se levantó con un vaso de pulque en la mano y pidió silencio con un golpe seco sobre la mesa.

—Hoy no solo celebramos los años que ya tengo —dijo, con la voz un poco pastosa—, sino también los que nos faltan. Y entre más nos faltan, más los queremos aprovechar. ¡Por la vida, por el vicio y por los que nos hacen sentir bien!

El brindis fue general. Camila bebió un sorbo de su cerveza, los ojos puestos en Fernanda, que la miraba desde el otro lado de la habitación, con la frente ligeramente inclinada, como si ya hubiera leído lo que Camila pensaba.

—¿Por qué no te sientas aquí? —preguntó Fernanda, de pronto, cuando Camila pasó junto a la cocina para recargar su vaso—. Que aquí hace más fresco.

La cocina era pequeña, de cerámica amarilla y gabinetes blancos. Había una ventana que daba al patio trasero, donde las luces de las lámparas solares brillaban como luciérnagas. Fernanda estaba apoyada en el mostrador, con una pierna cruzada sobre la otra, el vestido subiéndole hasta el muslo.

—¿Te gusta la fiesta? —preguntó, tomando un trago de su refresco.

—Sí. Es bonita. Como de antes.

—¿De antes?

—Cuando Lupita todavía no había envejecido tanto. Cuando todo era más sencillo.

Fernanda soltó una risita baja, casi un susurro. Se llevó la mano al cuello y se deshizo un nudo en el tirante del vestido. No lo soltó del todo, solo lo dejó colgando, como una promesa a medio cumplir.

—La veo más bien como una oportunidad —dijo—. Para volver a sentir que la vida se mueve.

Camila tragó saliva. Sintió el pulso en la muñeca, acelerado, como si el tiempo se hubiera encogido dentro de su cuerpo.

—¿Y qué clase de oportunidad?

Fernanda la miró fijamente, sin pestañear. El silencio entre ellas era espeso, como el humo de un cigarro recién encendido. Luego, con lentitud, rozó con la yema del dedo el borde del vaso.

—La de que tú me ayudes a arreglarme un poco. La señora Lupita dice que tú sabes hacerlo bien.

Camila supo que era una excusa. Una que todos entendían, pero nadie cuestionaba. Se acercó, puso las manos sobre el mostrador y sintió el calor de Fernanda a pocos centímetros.

—Dime qué necesitas arreglar.

—Tal vez… el peinado. O algo más íntimo. Algo que no se vea, pero que se sienta.

Camila no respondió enseguida. Se limpió una gota de sudor en la sien con el dorso de la mano. Luego, con voz baja, casi un susurro, dijo:

—Tengo que ir al baño a recargarme de maquillaje. Pero si quieres, puedo llevarte por un lado. Es más tranquilo.

Fernanda asintió, sin apartar la mirada. Camila se dio la vuelta y caminó hacia el pasillo, sabiendo que Fernanda la seguiría. No por curiosidad, sino porque el cuerpo, cuando está listo, no necesita más palabras.

El baño era pequeño, de azulejos blancos y espejo con marco dorado. Camila cerró la puerta con cuidado, sin cerrojo, pero con la mano sobre el picaporte como si fuera una promesa. Fernanda entró detrás de ella, con la misma calma de quien se entrega sin perder el control.

—¿Te parece si te arreglo el pelo? —preguntó Camila, tomándole una mecha entre los dedos.

—Sí. Pero no lo hagas bien.

—¿No lo hago bien?

—Hazlo como si te costara trabajo hacerlo. Como si estuvieras tentando.

Camila soltó la mecha. Se acercó, puso las manos en los hombros de Fernanda y bajó los dedos por su espalda, sintiendo la textura de la renda, el calor de su piel. Fernanda se estremeció, pero no se movió.

—¿Y si no me quieres dejar ir? —preguntó Fernanda, con la voz más baja.

—Entonces no te dejo ir.

Camila le acercó la boca al oído y le susurró:

—Pero solo si tú me lo pides.

Fernanda giró lentamente, puso una mano en la nuca de Camila y la acercó. Sus labios se tocaron como si fuera la primera vez que se acercaban, suaves, preguntando. El beso no fue profundo, pero sí completo. Como si hubieran estado esperando diez años para hacerlo así.

En ese instante, Camila supo que no se trataba de arreglar el pelo. Ni de la fiesta. Ni de Lupita. Se trataba de algo que se construye con un silencio compartido, con el roce de una mano que sabe dónde detenerse.

Y cuando Fernanda apartó la cara, con los labios rojos y los ojos brillantes, le dijo:

—Mañana, a las ocho, en el parque. Trae tu bicicleta. Y ven sola.

—¿Y si no puedo?

—Entonces no vas.

Fernanda le sonrió, se ajustó el tirante del vestido y salió del baño como si nada hubiera pasado. Pero Camila sabía que algo ya no iba a ser igual. Algo había comenzado, lento, como un fuego que no se apaga con el viento.

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