Lo que pasó en la fiesta de aniversario
4 minLo que pasó en la fiesta de aniversario
La fiesta estaba a punto de terminar. En la terraza del departamento de los Martínez, el aire olía a humo de cigarro, cerveza tibia y perfume barato. Las risas se habían vuelto más lentas, los abrazos más prolongados. Entre los últimos invitados, Elena se deslizó hacia la escalera que daba al segundo piso, donde sabía que nadie la seguiría. Tenía veintiséis años, piel morena mate, labios brillantes por el brillo labial de cereza, y los ojos oscuros que no parpadeaban cuando mentía. Llevaba un vestido negro ajustado hasta las caderas, con un escote profundo que apenas contenía su pecho redondo y firme.
En el rellano, apoyado contra el marco de la puerta del baño, estaba Daniel. Su amigo de la universidad, ahora socio en su empresa de consultoría. Treinta y ocho, cabello oscuro recortado con precisión, camisa blanca desabotonada hasta el ombligo, pantalones de vestir arrugados por las horas sentado. Elena lo había estado evitando toda la noche. No porque no quisiera, sino porque quería demasiado.
—Te vi mirando mi cintura cuando pasé frente al espejo —dijo él, sin sonreír. Su voz era grave, baja, como si hubiera estado practicándola todo el día.
Elena se detuvo a dos pasos. No huyó.
—¿Y tú me viste mirar tus manos? Las que hojeaste el libro de fotografías, pero siempre volvías al anillo que llevas en la muñeca izquierda.
Daniel se impulsó del marco y dio un paso. El mueble chirrió. Entre ellos quedó el espacio suficiente para respirar, pero no para pensar.
—Está casado —dijo ella, como si eso cambiara algo.
—Y tú estás casada.
Ella soltó una risita corta, casi un suspiro.
—Sí. Pero hoy es el aniversario de mi marido con su trabajo. No conmigo.
Daniel no movió las manos. Solo la miró. Y entonces, como si hubiera estado esperando esa señal desde que ella entró por la puerta, inclinó la cabeza y besó su cuello. No fue un beso de prueba, ni de descuido. Fue un mordisco suave, una succión lenta sobre la piel sensible justo detrás de la oreja. Elena exhaló, y su cabeza se inclinó hacia atrás, ofreciéndole más.
—Hace meses que no me tocan así —susurró, con los ojos cerrados.
Él le acarició la nuca con la palma, luego bajó la mano por su brazo hasta agarrarle la muñeca. La llevó hacia su propio pecho, donde el corazón golpeaba fuerte contra la tela del camisón.
—¿Te gustaría que te tocara así otra vez?
Ella no respondió con palabras. Solo apretó su dedo entre los labios, lo chupó con lentitud, y luego lo soltó con un sonido húmedo que hizo que Daniel tensara la mandíbula.
—Vamos al baño —dijo ella.
La puerta se cerró tras ellos con un clic seco. El espacio era pequeño: azulejos blancos, espejo empañado, lavabo de mármol. Elena se giró de espaldas, deshizo el nudo del vestido con un movimiento rápido, y dejó que la tela se deslizara por sus hombros hasta el suelo. Quedó en sostén de encaje negro y medias de red, los tacones altos still en sus pies. Se volvió lentamente, observando cómo Daniel la devoraba con la mirada.
—Quítate la camisa —le pidió.
Él obedeció, dejando al descubierto un pecho ancho, vello oscuro apenas visible, y un tatuaje pequeño en la clavícula: una letra griega que nadie sabía qué significaba.
—¿Te acuerdas de la primera vez que estuvimos solos? —preguntó Elena, acercándose.
—Fue en el ascensor. Tú tenías ese vestido azul. Yo, el corbatín rojo.
—Y te puse la mano en el pantalón. Pero no te atreviste.
Daniel la tomó por la cintura y la levantó como si fuera ligera. La sentó sobre el lavabo, de modo que sus pies quedaron suspendidos.
—Hoy no me detengo —dijo, y metió una mano entre sus piernas, ya húmeda, ya temblorosa.
Elena gimió, arqueó la espalda, y cuando él se inclinó para besarle el pecho, su dedo encontró el clítoris hinchado, pulsante, ansioso.
—Sí… sí… —repitió, como una oración.
Daniel no necesitó más. Deslizó los dedos con lentitud, la hizo arquear más, y luego, sin romper el ritmo, se levantó, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera, y se sacó la ropa interior. Se posicionó entre sus muslos, y con un solo movimiento suave, la penetró.
Elena gritó su nombre. No era un grito de sorpresa, sino de reconocimiento. Como si hubiera estado esperando ese sonido desde que se casó.
Daniel comenzó a moverse, lento, constante, con la mirada fija en la suya. En el espejo, veían su cuerpo entrelazado, sus pechos chocando con cada embestida, el sudor en sus frentes, los labios de ella entreabiertos en un sonido que ya no era palabra, sino puro deseo.
—No te detengas —le pidió ella, aferrándose a sus hombros.
—No pienso detenerme —respondió él, y la besó entonces, profundamente, con lengua y saliva y sabores de cerveza y perfume—. Hasta que me pidas que lo haga.
Y así, en la pequeña habitación empañada, entre el son
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