Lo que pasó en la casa del lago
Yo siempre supe que Laura era diferente. No por cómo se vestía —que sí, con sus blusas de flores y esos jeans ceñidos que le quedaban de perlas—, sino por la forma en que miraba. No miraba como cualquiera, con curiosidad rápida o indiferencia. Ella observaba con lentitud, como si cada detalle mereciera un segundo extra, como si le gustara saborear lo que veía antes de asimilarlo.
Era finales de mayo, y la casa del lago —esa que compramos con mi hermano y su esposa— estaba vacía porque ellos se habían ido a Medellín por unos días. Yo me había quedado para cuidarla, aunque en realidad, la verdad sea dicha, solo quería estar solo, con el silencio y el eco de las olas en la orilla. Pero Laura apareció un viernes por la tarde, con su moto pequeña y una bolsa de tela llena de vino y pan.
—¿Me dejaste entrar? —me preguntó, con una sonrisa que le temblaba un poco en los labios—. Se me rompió la carretera en el puente viejo y el sol ya se me iba a la espalda…
Le abrí la puerta. El aire ya estaba cargado de calor, pero cuando ella entró, pareció que el ambiente se volvió más espeso, como si hubiera una bruma invisible que solo nosotros sentíamos.
Me ofreció una botella de tinto. Le dije que sí con la cabeza, sin quitarle la vista de encima. Ella se descalzó en la entrada, como si conociera la casa desde siempre, y se sentó en el sofá de tela beige, con las piernas juntas, las manos apoyadas sobre las rodillas. Yo me senté en la butaca frente a ella, entre ambos, una mesa baja de madera con dos vasos y el vino ya vertido.
—¿Te acuerdas cuando éramos niños y jugábamos en el río de tu tía? —me preguntó, tomando un sorbo—. Tú me empujaste y caí al agua. Me limpiaste la cara con tu camiseta.
—Me acuerdo —dije—. Y tú me dijiste que no volvería a empujarte.
—Mentira —rio suavemente, con los ojos bajos—. No fue un empujón. Fue un balanceo. Tú querías que me cayera.
Hubo un silencio que se volvió caliente, que se volvió húmedo. El sol se fue ocultando tras los pinos, y la luz se volvió dorada, suave, como un velo sobre su piel. Yo noté entonces cómo le brillaban los hombros, cómo el vello fino de sus brazos se erizaba con la brisa que entraba por la ventana abierta.
Me levanté sin pensar, sin pedir permiso. Caminé hasta ella, me detuve frente al sofá, y le pasé el dedo índice por el dorso de la mano. Ella no se movió. Solo me miró, con los labios entreabiertos, con esa respiración que ahora sí noté: breve, irregular, como si su corazón hubiera empezado a correr sin avisarle.
—¿Tú también recuerdas lo del río? —susurró.
—Sí —dije—. Pero no por lo que crees. Yo no quise que te cayeras. Quise tocarte. Solo que no sabía cómo.
Ella soltó el vaso con cuidado, se paró lentamente, y se acercó hasta mí. Nos quedamos así, frente a frente, a un palmo de distancia, sin respirar. Hasta que ella alzó la mano y me acarició la mejilla, con la palma caliente, con los dedos que temblaban apenas.
—Ahora sí sabes cómo —dijo.
Me incliné. No un beso rápido. Un beso que empezó en la comisura de su labio, bajó por su cuello, rozó la curva de su clavícula, y luego, cuando sentí su respiración entrecortada, le abrí la blusa. No con urgencia, sino con la paciencia de quien sabe que tiene toda la noche.
Sus pechos salieron como flores al amanecer, suaves, perfectos, con pezones ya duros y oscuros. Le besé uno, luego el otro, y mientras, mis manos subieron por su cintura, por su estómago, hasta que encontré la cintura de sus pantalones. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera, y la tela se deslizó por sus caderas, por sus muslos, hasta que quedó solo en camiseta y slips.
—Quiero verte —dije.
Y ella me ayudó a quitarme la camisa, los pantalones, los calcetines. Estábamos ahí, en medio de la sala, con la luz del atardecer puesta sobre nosotros, con el olor a pineal y a vino en el aire. Ella me tomó del pito, suave, con los dedos templados, y me guió hacia su cuerpo.
Estaba mojada. No por ansiedad, sino por espera. Por tanto tiempo callando lo que quería.
—¿Te lo voy a mamar? —le pregunté, con la voz ronca.
—Sí —dijo—. Pero no rápido. Que me lo sienta todo.
Y así fue. Me puse de rodillas frente a ella, le separé las piernas, y le metí la lengua adentro, lento, saboreando su dulzura, su sal, su calor. Ella se aferró a mis hombros, gimió un nombre, luego otro, y cuando su cuerpo se tensó, cuando su culito se estremeció contra mi cara, le dije:
—Dime qué quieres.
—Te quiero dentro —susurró—. Lento. Que no se pase.
Y así lo hice. Le entré con cuidado, con la punta primero, dejándole acostumbrarse, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cómo su culo se estrechaba alrededor de mí, cómo su respiración se volvía una melodía
¿Te ha gustado? Valóralo