Lo que pasó en la casa de mi tía
6 minLo que pasó en la casa de mi tía
Yo tenía veintitrés años, y él, cincuenta y uno. Sí, lo sé: la diferencia se sentía desde el primer momento, como un hilo invisible pero tenso entre nosotros. Aunque él no hacía nada por forzarla, su presencia era un peso cálido, seguro, dominante sin esfuerzo. Yo era la sobrina de su esposa, sí, esa relación que siempre fue más formal que cálida, hasta ese fin de semana en la casa de madera junto al lago, donde mi tía había insistido en que pasáramos tres días juntos como familia.
Pero mi tía se fue temprano el viernes por la noche: “una emergencia familiar”, dijo, y nos dejó a nosotros, a la distancia prudente que siempre habíamos mantenido, pero que ese viernes se deshizo como azúcar en agua caliente.
La primera señal fue cuando me sirvió un vino tinto en la terraza, con la luz del atardecer poniéndole un bronceado dorado en los brazos, en la barba canosa que había dejado crecer para el verano. Me miró más de la cuenta mientras lo movía en la copa, y yo, con los ojos bajos, sentí un cosquilleo en la entrepierna. Me dije: *es solo la edad, es solo la diferencia*. Pero mi cuerpo no se tragó esa excusa.
—¿Te gusta el vino de aquí? —preguntó, voz grave, arrastrando la “s” como si cada palabra fuera un suspiro retenido.
—Sí —respondí, y mi voz salió más aguda de lo que quería.
—Entonces bebe despacio. No quieres empezar borracha.
Me reí, nerviosa, y ese fue el momento en que su mirada bajó, lenta, desde mis ojos hasta mis pechos, pasando por el escote profundo de mi blusa de verano, y luego hasta mis muslos, donde el shortito se veía apenas debajo del vestido ligero que llevaba. No lo hizo con crudeza, sino con una calma que me heló y me encendió al mismo tiempo.
Esa noche, cuando me fui a dormir, me dije que era solo imaginación. Pero al día siguiente, cuando lavaba los platos y él se acercó a ponerse detrás de mí para sacar una taza del gabinete, su pecho rozó mi espalda, y su respiración —cálida, lenta— me rozó la nuca.
—¿Te importa que te ayude? —murmuró, con la voz pastosa, como si estuviera a punto de hacer algo que ambos sabíamos que no debíamos.
—No —susurré.
Y entonces, sin más, sus manos —grandes, curtidas, con venas azules y una mancha de edad en el dorso— se posaron sobre mis caderas, y me giró despacio. Me miró a los ojos, y yo no aparté la vista. Me besó entonces, con una lentitud que me hizo temblar: primero los labios, luego la lengua, lenta, segura, como si tuviera toda la vida para hacerlo. Me recordó a una copa de buen vino: primero la nariz, luego el primer sorbo, y luego la degustación completa.
Sus manos subieron por mis costillas, y con un solo movimiento, me subió la blusa por encima de la cabeza. Me miró los pechos, los mismos que yo había criado con vergüenza durante años, pero que ahora, bajo su mirada, se volvieron pesados, sensibles, hinchados.
—Hermosos —dijo, y me tomó uno en cada mano, masajeándolos con firmeza, los pezones endureciéndose enseguida al roce de sus pulgares.
Me empujó suavemente contra la encimera, y yo sentí el frío del granito bajo mis talones. Entonces, bajó las manos a mi cintura, desabrochó el cierre de mi short y lo bajó con lentitud, dejando al descubierto la parte superior de mis muslos, y luego, con un movimiento suave pero seguro, me deslizó el short y la braguita por debajo de los tobillos. Me los quitó con los dientes, y me los puso en el bolsillo trasero del pantalón con una sonrisa que me hizo perder el aliento.
—¿Tienes miedo? —preguntó, y su voz era ahora más grave, más ronca, casi un gruñido.
—No —mentí.
—Mentira —sonrió él—. Pero no importa. Yo sé lo que hago.
Y entonces, con una mano, me abrió las piernas y se arrodilló frente a mí, sobre el suelo frío de la cocina, y me besó la entrepierna a través de la tela de la braguita, que ya estaba empapada. Me la bajó con los dedos, y cuando por fin me tocó allí, con la punta de los dedos, con la palma, con una suavidad que me hizo gemir sin querer, supe que no había vuelta atrás.
Me lamía el clítoris con una técnica que solo la experiencia da: no rápido, no urgente, sino con pausa, con saboreo, como si cada segundo fuera un regalo que no quería desperdiciar. Me lamió como si me conociera desde siempre, como si supiera exactamente dónde sentía más, dónde me volvía loca, dónde debía presionar con la lengua y dónde debía aspirar suavemente.
Y cuando ya no aguantaba más, cuando mis piernas temblaban y mi respiración se había vuelto entrecortada, se puso de pie, desabrochó su pantalón, y sacó su pene, grande, grueso, ya bien duro, con el prepucio oscuro y una vena azulada que palpitaba.
—Quiero sentirte dentro de mí —susurré, y ese fue el momento más valiente de mi vida.
Me tomó de la cintura, me levantó con facilidad, y me sentó en la encimera. Me abrió las piernas con las rodillas, y con la punta de su pene, buscó mi entrada. Me empujó con un solo movimiento lento, profundo, hasta la raíz, y yo grité, no de dolor, sino de plenitud. Se quedó quieto un instante, con la frente apoyada en mi hombro, respirando fuerte.
—Dime si es demasiado —murmuró.
—No —susurré—. Sí. Más.
Y entonces empezó a moverse: lento al principio, cada empuje hundiendo todo su grosor en mí, rozando mi punto G con precisión letal. Yo le agarré los brazos, y luego sus glúteos, jalándolo hacia mí, pidiéndole más, pidiéndole que me rompiera, que me hiciera suya. Sentí sus pelvis chocando contra las mías, el sonido de su piel contra la mía, el sudor en mi cuello, su aliento caliente en mi oreja.
—Eres tan apretada… tan húmeda… —musitaba entre dientes—. Tan buena…
Y cuando me sentí a punto de explotar, cuando mis pechos se balanceaban con cada embestida y mis uñas le clavaban la espalda, él me agarró del pelo, me tiró suavemente de la cabeza hacia atrás, y me chupó el cuello con fuerza, dejando una marca roja que sabía que duraría días.
—Voy a correrme dentro de ti —dijo, voz quebrada—. No me voy a contener.
Y entonces, con un último empuje profundo, se corrió, bombeando su semilla dentro de mí, llenándome, marcándome, dejándome llena hasta el fondo. Lo sentí temblar contra mí, con los hombros caídos, la cabeza entre mis pechos, respirando como si acabara de correr una maratón.
Me besó la frente, me acarició el pelo, y luego, con la misma calma con la que había comenzado, me bajó de la encimera, me ayudó a ponerme la ropa, y me sirvió un vaso de agua.
—Esto no cambia nada entre nosotros —dijo, y su voz ya había recuperado la serenidad.
—No —asentí, y por primera vez, no mentí. No cambiaría nada, porque yo ya no era la misma. Yo había sentido lo que se siente cuando un hombre maduro, con toda su experiencia, con toda su seguridad, te toma como si fueras lo único que importa en el mundo.
Y aunque mi tía regresó al día siguiente, yo ya sabía que aquella cocina, aquella encimera fría, y aquel pene grande y tembloroso, se quedarían conmigo para siempre.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.