Lo que pasó en la casa de campo de mi cuñada
7 minLo que pasó en la casa de campo de mi cuñada
La lluvia golpeaba suave sobre el techo de zinc cuando Clara se sentó en el sofá, justo frente a Juan, con las piernas juntas y las manos entrelazadas sobre el muslo. Él había llegado hacía apenas dos horas, después de un viaje de dos horas desde Medellín, con la ropa empapada y el pelo pegado a la frente por el aguacero que le había detenido en la carretera. Ella, en cambio, llevaba toda la tarde esperándolo: la casa de campo de su cuñada, en el fondo del barrio La Candelaria, en Rionegro, le había quedado vacía por un fin de semana y ella, con esa chispa de atrevimiento que siempre le había tenido a la vida, lo había invitado sin pensarlo dos veces.
—¿Tienes frío? —le preguntó ella, inclinándose un poco hacia adelante, el pelo suelto sobre los hombros, la blusa blanca —la que usaba para ir a la universidad, esa que él recordaba de una cena de Año Nuevo— se le pegaba al pecho con el humedecido del ambiente.
Juan la miró sin disimulo, y esa mirada era lenta, de esas que no se apuran, que saben que tienen tiempo. Tenía los ojos verdes, claros, como el esmalte de un vidrio viejo, y en ellos había una chispa que no era solo atracción, sino complicidad. Se había conocido con Clara hace tres años, en un seminario de literatura en la Universidad de Antioquia, y aunque luego no habían seguido en contacto, esa noche —la que él recordaba como una de esas conversaciones que no terminan, las que se alargan hasta que el sol se acuesta y el café ya está frío— él sintió que algo se había quedado pendiente, como una palabra que no se había dicho.
—No —respondió él, con voz pausada, esa que usaba cuando leía poesía en voz alta—, pero sí tengo ganas de escucharte. Hace días que no pienso en otra cosa.
Clara sonrió, pequeña, de lado, como si hubiera escuchado esa frase antes y la hubiera guardado en algún cajón del corazón para sacarla ahora, con calma.
—Pues hoy no te la voy a negar.
La casa olía a madera vieja, a humedad suave y a lavanda. Habían encendido la chimenea, y las llamas bailaban tras la rejilla, proyectando sombras largas sobre las paredes de piedra vista. Afuera, el trueno retumbaba, pero adentro todo era silencio cómplice, como si el mundo se hubiera detenido para dejarlos solos.
—¿Te acuerdas de cuando leíamos *Las ciudades invisibles* en el parque de Lleras? —le preguntó ella, levantando los ojos hacia él, mientras se ajustaba el cabello detrás de la oreja.
—Sí —respondió Juan, acercándose un poco más—. Tú siempre decías que Calvino escribía con las manos sucias de arena. Que cada ciudad era un deseo que alguien había enterrado.
Clara se levantó entonces, despacio, como si su cuerpo fuera un instrumento que había que afinar con cuidado. Se acercó a la chimenea, se arrodilló frente a ella, y dejó caer las zapatillas. Llevaba unos pantalones negros de algodón, ajustados en las piernas, y la tela se le estiraba suave cuando se movía. Juan la observaba sin moverse, con las manos apoyadas en los muslos, los dedos ligeramente abiertos, como si estuviera aprendiendo a leer algo nuevo.
—¿Y qué deseo enterraste tú? —le preguntó ella, sin voltear, solo con la voz un poco más baja, como si no quisiera que el fuego la escuchara.
Juan tardó un poco. Miró el fuego, luego sus manos, luego su cara. Se acercó hasta donde ella estaba, sentándose al lado, pero no tan cerca como para tocarla. Solo lo suficiente para que su aliento se encontrara con el suyo, para que sintiera el calor de su piel a través del aire.
—El deseo de tenerte —dijo, sin apuro—. Pero no el de ahora, Clara. El de siempre. El que no tuve el valor de decirte cuando teníamos veintitantos años.
Ella se giró entonces, lentamente, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso. Y lo miró. No con miedo, ni con duda. Con algo más profundo: con reconocimiento.
—Yo también —dijo, casi en un susurro.
Y entonces, sin más, Juan la tocó. Con la mano, con una sola mano, acariciándole la mejilla, el cuello, bajando despacio, hasta que su pulgar rozó su labio inferior. Clara no apartó la cara. Solo cerró los ojos, y dejó que su respiración se hiciera más profunda, más lenta, como cuando se bebe un buen vino, saboreando cada gota.
—¿Quieres que pare? —preguntó él, sin soltarla.
—Nunca —respondió Clara, abriendo los ojos de nuevo, con una sonrisa que no era solo sensual, sino íntima, como una confesión que se entrega sin temor.
Él la atrajo hacia él entonces, suavemente, sin apuro, y sus labios se encontraron. No fue un beso de fuego, ni de prisa. Fue un beso que sabía a café frío y a promesas largas. A humedad y a madera. A años de silencio que se disolvían en una sola palabra: *ahora*.
Clara se puso de pie, y él la siguió. Ella le quitó la camisa mojada, con calma, como si fuera desdoblando un papel antiguo, cuidando cada pliegue. Juan, a su vez, desabrochó el sostén de Clara, con los dedos temblorosos pero firmes, y dejó que sus pechos salieran suaves, redondos, con los pezones pequeños y oscuros, como semillas de uchuva. Ella no se ruborizó. Solo se acercó, y con la mano le rozó el pito, a través del pantalón, como si lo conociera desde siempre.
—Estás duro —dijo ella, con una sonrisa.
—Tú me haces eso —respondió él, arrastrando las palabras—. Tú siempre me hiciste esto.
Clara se arrodilló entonces, frente a él, y le desabrochó el cinturón, con lentitud. Bajó la cremallera, y sacó su pito, que estaba grande, ancho, con la punta húmeda y oscura. Lo miró como si fuera una obra de arte, como si nunca lo hubiera visto, y con la mano lo acarició suave, desde la base hasta la cabeza, con un movimiento lento, rítmico, como quien acaricia el lomo de un caballo tranquilo.
—Estás rico —dijo ella, y le sonrió—. Muy rico.
Juan dejó que ella lo tomara, que lo llevara entre sus labios, que lo mamar con esa naturalidad que solo tienen quienes saben lo que quieren y no tienen miedo de pedirlo. Él cerró los ojos, apoyó las manos en sus hombros, y dejó que el placer lo tomara, primero como una ola suave, luego como un trueno lejano. Cuando sintió que iba a explotar, la sacó con suavidad y la levantó, cargándola como si fuera una pluma.
La acostó sobre el sofá, sobre la manta de lana, y se colocó entre sus piernas. Ella se abrió con él, sin dudar, con las rodillas levantadas, los pies apoyados en el borde del asiento. Él la miró, con el pito en la entrada, y ella le dijo:
—Mírame mientras entro.
Y así lo hizo. Entró poco a poco, lentamente, como si estuviera escribiendo una carta, cada palabra con cuidado, cada frase con intención. Clara gimió, bajito, como si no quisiera romper el hechizo, pero sus dedos se crisparon en sus hombros, y su espalda se arqueó, como si su cuerpo la reconociera.
—¿Duele? —le preguntó él.
—No —dijo ella—. Me duele lo que no hicimos antes.
Y él comenzó a moverse, con calma, con ese ritmo que solo tienen quienes saben que tienen tiempo. Clara lo recibía todo, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con los pechos moviéndose suaves, con el sudor en la frente y el cabello pegado a las sienes. Y cuando él sintió que ella se acercaba, que sus caderas empezaban a subir, a buscar más, él se inclinó y le chupó un pezón, con fuerza, con deseo, y ella se vino entonces, con un grito que no era de vergüenza, sino de entrega.
—¡Juan! —dijo—. ¡Juan!
Él la siguió poco después, con un movimiento profundo, y se vació dentro de ella, con un gemido que no era de placer solamente, sino de alivio, de paz.
Después, quedaron quietos, abrazados, con el corazón latiendo fuerte, con la lluvia still cayendo afuera, con el fuego ya casi apagado.
—¿Volvemos a hablar? —le preguntó ella, con la cabeza sobre su pecho.
—Cada vez que tú quieras —respondió él, besándole la frente—. Porque esto… esto no fue casualidad.
—No —dijo ella—. Fue un deseo que, al final, no se enterró.
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.