Lo que pasó en la casa de campo
La lluvia golpeaba suavemente las tejas del antiguo chalet de madera, ese que Laura y Mateo habían heredado de su abuela y que ahora, después de diez años de silencio, volvía a respirar con el eco de sus pasos. Laura había insistido: “Es solo por una noche. El coche se rompió en la carretera y no hay habilitado hasta mañana temprano. No es para tanto.” Mateo, siempre más escéptico, había accedido —no por el coche, sino porque Laura, ahora con treinta y ocho años, seguía siendo la misma mujer que lo había dejado temblando de deseos en su juventud, con esa sonrisa que no necesitaba palabras para ser una promesa.
La casa olía a humedad, madera vieja y un toque de lavanda que aún persistía en los armarios. Apenas habían desempaquetado las mochilas cuando Laura se acercó a la chimenea, encendió las velas que encontró en un cajón polvoriento, y puso una música suave: jazz de los años 60, ese que sus padres escuchaban en las cenas de domingo. Mateo la observaba desde la puerta de la cocina, con una botella de vino tinto entre los dedos. Ella llevaba una camiseta de algodón blanca, un poco grande, que le dejaba al descubierto la curva de su hombro y parte del talle. Los pantalones cortos que habían sobrevivido a la lluvia y el camino de tierra marcaban la línea de sus muslos, tersos y bronceados.
—¿Te parece bien si abro una ventana? —preguntó Laura, sin voltear—. Huele a moho, pero también a recuerdos.
—Si abres la ventana, entrará un huracán y nos secará el pelo por completo —respondió Mateo, acercándose—. Pero si quieres respirar aire limpio… aquí tienes.
Le tendió el vaso de vino que ya había servido. Ella lo tomó con los dedos, y por un instante, sus manos se tocaron. No fue un roce accidental: fue una decisión, lenta, deliberada. Laura no retiró la mano. Mateo tampoco.
—¿Crees que ella nos ve desde el cielo? —preguntó Laura, de pronto—. Que nos vio volver juntos.
—¿Quién?
—Nuestra abuela. Siempre dijo que íbamos a terminar aquí.
Mateo rió, pero no era una risa burlona. Era una risa que contenía otra cosa: una emoción vieja, reprimida, que ahora subía como una marea.
—Tú dijiste que no ibas a hablar de eso.
—Lo sé. Pero hoy no es un día cualquiera. Hoy es el aniversario de… del último día que estuvimos juntos.
No mencionaron el nombre. No necesitaban hacerlo. El último verano, antes de que Mateo partiera a estudiar al extranjero, antes de que Laura se quedara con el embarazo y la decisión de abortar por miedo a no estar lista, antes de que el silencio los separara sin que ninguno supiera cómo detenerlo.
Laura apoyó su frente en el hombro de Mateo. Él la rodeó con un brazo, sin presión, como si temiera que el más mínimo movimiento la hiciera desaparecer. Sentía su respiración, más rápida ahora, el latido de su corazón contra su pecho, tan familiar y tan distinto a como lo recordaba. Diez años no habían borrado la química: la habían pulido, la habían dejado más fina, más intensa.
—¿Te acuerdas de cómo solíamos estar así? —susurró Laura—. Sin hablar. Solo estando.
—Sí. Pero hoy no vamos a hacerlo sin hablar.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos, ese color avellana que cambiaba con la luz, lo miraron sin miedo. Con curiosidad. Con deseo.
—Entonces háblame.
Mateo no tardó en responder. Se inclinó, lentamente, hasta que su aliento se mezcló con el de ella. No la besó. Solo se quedó así, a centímetros, sintiendo su piel, el calor, la textura de su cuello bajo sus dedos cuando los rozó con la yema de los pulgares.
—Háblame de lo que quieres —dijo, con voz más baja—. De verdad.
Laura suspiró. Y por primera vez en diez años, permitió que la palabra “quiero” no fuera un silencio, sino una confesión.
—Quiero que me toques como si no hubieras estado lejos. Quiero que me recuerdes lo que era mío. Quiero que me hagas sentir que este lugar es nuestro de nuevo.
No esperó más. Se acercó, lentamente, y colocó sus manos sobre las de Mateo, guiándolas hasta su cintura. Luego, con un movimiento suave, se deshizo de la camiseta. Quedó frente a él, en ropa interior de algodón color crema, con encajes desgastados por el tiempo y el uso, pero que aún conservaban algo de elegancia. Mateo no se precipitó. Se puso de pie, quitó su propia camiseta, y por primera vez en mucho tiempo, Laura vio su torso desnudo: más ancho, más marcado por los años, pero igual de tibio, igual de suyo.
—Tú nunca fuiste de los que usan mucha ropa —dijo él, acercándose—. Siempre decías que la tela era una mentira.
—Sí. Pero hoy… hoy me gusta que estés viendo lo que me quedó.
Él pasó las manos por su espalda, desde los omóplatos hasta la curva de sus glúteos, y ella se estremeció. No por sorpresa. Por reconocimiento. Porque aquella sensación, la de sentirse deseada sin condiciones, era tan antigua que se sentía nueva. Mateo bajó los pantalones cortos de Laura con calma, dejando al descubierto sus muslos, su vientre plano, la línea de vello que seguía siendo suya. Ella no se avergonzó. No hubo tímides. Solo entrega.
Lo atrajo hacia ella y finalmente, con los ojos cerrados, lo besó.
Fue un beso antiguo y nuevo, con sal y vino tinto en los labios, con el sabor de la lluvia y el calor de la chimenea. Mateo la sostuvo con fuerza, pero sin apuro, y la llevó hacia el sofá, donde las almohadas aún olían a lavanda. Allí, entre susurros y gestos que habían aprendido a leer sin palabras, se desvistieron con la lentitud de quienes saben que el tiempo es un lujo.
Mateo besó cada centímetro de piel que encontró: el hueco de su cuello, la curva de sus senos, el ombligo, la línea de su vientre… Laura arqueó la espalda, soltó un grito contenido cuando él introdujo un dedo en su interior, con cuidado, con precisión. Ya estaba mojada, ya lo estaba esperando desde que entró por la puerta.
—¿Te acuerdas? —le preguntó él, sin dejar de mover los dedos.
—Sí —susurró ella—. Siempre. Aunque haya querido olvidarlo.
—Entonces recuérdalo bien esta vez.
La levantó y la colocó sobre sus rodillas, de espaldas. Con las manos en sus caderas, la empujó hacia atrás, hasta que su torso descansó sobre el suyo. Laura respiró hondo, sintiendo el calor de su pecho contra su espalda, el latido de su corazón acelerado, el aliento en su oreja.
—Dime qué más quieres —dijo él.
—Que me tomes. Que me tomes como si no hubiera pasado nada.
Él se incorporó, la giró suavemente, y la miró a los ojos mientras se colocaba el preservativo que habían encontrado en el cajón de la cocina —un regalo de bodas de papel de su tía, guardado como un secreto.
—Estoy aquí —dijo Laura—. Solo tú. Solo ahora.
Y cuando Mateo la penetró, lentamente, con una fuerza que no era brusca sino necesaria, Laura cerró los ojos y dejó que el mundo se disolviera. La lluvia seguía cayendo. El viento movía las cortinas. Pero nada existía fuera de ese cuerpo que la llenaba, fuera de ese ritmo que era suyo, de ese suspiro que se volvía suyo también.
Se movieron juntos, con la confianza de quienes han perdido y recuperado. Con la urgencia de quienes saben que el tiempo se acaba. Con la ternura de quienes nunca dejaron de amarse, aunque nunca lo dijeran.
Cuando ella vino, fue con los ojos abiertos, mirando los de Mateo, sin vergüenza, sin disimulo. Él vino poco después, con un gemido contenido y una mirada que no necesitaba palabras.
Se quedaron abrazados, en silencio, hasta que el viento se calmó y la lluvia se volvió gota a gota. Laura apoyó su cabeza en su pecho y le preguntó:
—¿Ahora sí crees que ella nos vio?
Mateo sonrió, y por primera vez en diez años, no respondió con una broma. Solo susurró:
—Creo que nos bendijo.
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