Lo que pasó en la casa de campo
La primera vez que la vi en el fondo del río, con esa bragueta mojada pegada a las caderas, pensá que era otra de las amigas de mi vieja que venían a pasar el fin de semana en la casa de campo de la familia. Pero no. Era Lucía, la nueva novia de mi hermano. Tenía los labios entreabiertos cuando salió del agua, con el pelito rubio pegado a la frente, los pechos pequeños pero duros bajo el bikini color mostaza, y una sonrisa que no era del todo inocente. Yo, sentado en el banco de madera, con una cerveza fría que no sentía en la mano, ya tenía el pene tieso contra el pantalón corto.
—Vos sos el hermano del Lucas, ¿no? —me preguntó, acercándose, con esa voz aguda y juguetona que tenía, como si cada palabra la soltara con cuidado, sabiendo exactamente cuánto daño podía hacer.
—Sí —respondí, tratando de sonar firme, pero me salió un poco ronco, como si me hubiera trago algo caliente de golpe—. Yo soy el que siempre está en el fondo, escribiendo sus putitas novelas.
Se rió, de verdad, con una risa que le tembló en el cuello y le hizo vibrar los pezones bajo el bikini. Me miró fijo, sin pestañear, y me di cuenta de que ya me había estado mirando desde antes, cuando fingía no verla, cuando ella caminaba descalza por el césped húmedo, cuando se estiraba para alcanzar una toalla y el culo se le marcaba en el bikini, redondo y apretado, como una naranja madura.
—¿Novelas? —dijo, sentándose a mi lado, tan cerca que el muslo de ella rozó el mío—. ¿Y qué escribís, hermano mayor? ¿Amores tristes?
—No —le dije, mirándole la boca—. Cosas que pasan cuando uno se olvida de que es casado.
Ella no apartó la vista. Solo se lamió el labio inferior, despacio, como si saboreara mis palabras. Y entonces, sin cambiar de expresión, me dijo:
—Andá a ducharte. Yo te espero.
La ducha estaba afuera, bajo el toldo de lona, con el agua tibia que bajaba desde el tanque de techo. Me lavé con calma, con el jabón de menta que olía a frescor falso, y me dije: *no lo hagas. Es la novia de tu hermano. Es una mala idea. Es peligroso*. Pero el cuerpo no escucha esas razones. El cuerpo se pone duro al pensar en su piel mojada, en su respiración corta, en el modo en que se mordía el labio cuando creía que nadie la miraba.
Cuando salí, con una toalla enrollada en la cintura, ella ya estaba sentada en el sofá de cuero, con una pierna cruzada sobre la otra, las uñas pintadas de negro, los pies descalzos y los dedos ligeramente arqueados, como si estuviera a punto de tocar algo que le gustaba. Me miró de arriba abajo, lentamente, y cuando llegó a la entrepierna, donde la toalla se abultaba, sonrió de verdad, con una sonrisa de quien ya ganó.
—Sentate —me dijo, sin moverse—. Quiero hablar de tus novelas.
Me senté a un metro de ella, con las manos en los muslos, la respiración cortada. Ella se inclinó hacia adelante, con las rodillas juntas, y me acarició la rodilla con la punta de los dedos.
—¿Te gusta que te toquen ahí? —me preguntó, bajando la mano un poco más, hacia el interior del muslo—. ¿O preferís que lo hagan por atrás?
Me puse rígido. Me dolía.
—Vos sabés qué me gusta —le dije, y la mano de ella se detuvo.
—¿Sí? —preguntó, acercándose más, hasta que su aliento me calentó el cuello—. ¿Y si te digo que ya soñé con vos hace una semana?
—¿Sí? —repetí, imitándola.
—En el sótano de la casa de tu vieja —susurró—. Estabas encima de mí, con la verga dentro de mi concha, y yo te decía: “Más fuerte, imbécil, que me la querés romper”.
Me agarró la toalla y la deshice con un solo movimiento. Mis testículos se apretaron, duros, colgando pesados. Me puse de pie, sin despegar los ojos de los suyos, y la jalé hacia atrás, hasta que quedó recostada en el sofá, con las piernas abiertas sin querer, como si su cuerpo ya lo hubiera decidido antes que ella.
—Decime qué querés —le dije.
—Quiero que me garches como si no hubas mañana —dijo, desabotonándose el bikini por arriba—. Quiero que me rompas el cuello con la verga. Quiero que me agarrés de los pelos y me metás hasta la base.
Deslicé la mano por su muslo, subí hasta la entrepierna, y sentí su humedad ya, por encima del tejido mojado. La separé un poco, y vi su concha, pelada, hinchada, con los labios oscuros y brillantes. Me incliné y le lamí el clítoris, una sola vez, rápido, y ella gimió, una queja ahogada, como si el sonido le hubiera dolido.
—No grites —le susurré—. Si gritás, viene Lucas.
Me separó la cabeza con la mano, me miró a los ojos, y me dijo:
—Dame tu verga.
Me senté en el borde del sofá, con la verga tiesa y sangrando de ganas. Le puse la punta en la entrada, y ella me tomó con la mano, me guió, y cuando la punta la rozó, se abrió sola, como si la hubiera estado esperando toda la semana. Me metí un poco, lento, hasta que el pellejo de mi vientre se apretó contra su pubis. Ella suspiró, con los ojos cerrados, y me dijo:
—Sí. Sí. Dáme todo.
Empecé a moverme, con la cadera baja, golpeándole el fondo, sintiendo cómo su concha se estrechaba, cómo se contraía alrededor de mi verga, cómo sus caderas venían al encuentro de cada embestida. Le agarré los pechos, le apreté los pezones, y ella jadeaba, con la boca entreabierta, con la lengua fuera, con los ojos vidriosos.
—Me voy —me dijo, cuando ya no podía más.
—Yo también —le contesté, y le clavé las uñas en el culo, tirando de ella hacia atrás, mientras me metía hasta el fondo, una, dos, tres veces, rápido, y sentí cómo ella se tensaba, cómo su concha se contrajo en espasmos, cómo gritó, un grito corto, ahogado, como si le hubieran pinchado el corazón.
Y yo la seguí cogiendo, con fuerza, con rabia, hasta que sentí el calor subirme por la espina, hasta que me derramé dentro de ella, todo, hasta la última gota, con un grito que me salió del pecho como un lamento.
Se quedó callada un rato, con los ojos cerrados, la respiración pesada. Yo me deslicé afuera, con una punta de verga que aún palpitaba, y me senté a su lado, sin decir nada.
—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó, sin abrir los ojos.
—Ahora —le dije, besándole el cuello— —vos te vas a dormir en la habitación de al lado, y yo me voy a sentar en el jardín, a esperar que el sol se ponga.
Se rió, otra vez, con esa risa que le temblaba en el cuello, y me dio una palmada en la cara.
—Sos un idiota —dijo.
—Sí —le dije—. Pero vos lo sabías, ¿no?
Y ella no respondió. Solo se levantó, se puso de pie, y caminó hacia la habitación, con las piernas temblorosas, con el culo aún marcado por mis dedos, con la concha aún húmeda y tibia, y con la certeza de que, cuando volvíamos a casa, ella iba a besar a mi hermano en la mejilla, y yo iba a besar a mi esposa en la frente, y nadie iba a saber jamás lo que pasó en la casa de campo.
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