Lo que pasó en la casa de campo
Nunca imaginé que una simple cena de despedida entre amigos terminaría con mis muñecas atadas a los postes de madera de la cama, el corazón latiendo tan fuerte que sentía el eco en los oídos. Todo empezó con un chiste pesado en torno a la fogata —yo, con el vino en la mano, le había dicho a Lucas que si alguna vez me ponía en su posición, me juraba que no me arrepentiría—. Él, siempre con esa sonrisa tranquila que ocultaba tanta intensidad, solo asintió y bebió un trago, sin quitar los ojos de mí. Nadie pensó que aquello iba en serio. Menos yo.
Lucas es mi mejor amigo desde la universidad. Alto, de hombros anchos, manos grandes pero suaves, siempre con esa voz grave que hacía callar hasta los gritos más histéricos en las fiestas. Pero hoy no había fiesta, ni risas forzadas, ni música de fondo. Solo la casa de campo de su familia, en las afueras de Cuernavaca, con su aire cálido y el olor a tierra mojada después de la lluvia temprana.
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a los piratas en el jardín? —me preguntó mientras encendía la chimenea—. Tú siempre eras la rehén. Hoy… podrías ser mi prisionera.
No reí. No me levanté. Me quedé allí, sentada en el sofán de cuero, con la falda subida hasta las muslos, las piernas cruzadas, y sentí cómo el deseo me subía por la columna como una ola lenta pero ineludible.
—¿Estás seguro? —pregunté, voz apenas más alta que el crujido de la madera en la chimenea.
—Tú me dijiste que no te arrepentirías —respondió, acercándose con pasos lentos, los ojos oscuros bajo las cejas ligeramente fruncidas.
Me puse de pie. No con temor, sino con esa certeza que late en la base del estómago cuando sabes que estás a punto de cruzar un umbral que no podrás olvidar. Lucas sacó una cinta negra de seda de su bolsillo trasero —algo que llevaba siempre, me dijo después— y me tendió una mano.
—Si quieres parar, solo di la palabra. Una sola. Y se acaba.
Asentí. Él me tomó de la muñeca izquierda y la acercó al poste de la cama, el que quedaba al lado derecho. La cinta era suave, pero firme. Me miró mientras hacía el nudo, con una atención que no era de quien atad, sino de quien cuida. Y entonces me pasó la otra mano, la derecha, al poste opuesto. El nudo fue igual de preciso. Yo respiré hondo. No era miedo. Era anticipación.
—¿Te sientes bien? —me preguntó, acariciando el nudo con el pulgar.
—Sí —susurré—. Mucho.
Se arrodilló frente a mí, lentamente, como si el mundo se hubiera detenido. Con los dedos, desabotonó mi blusa hasta el ombligo. No me quitó la camisa, solo dejó al descubierto la parte superior del pecho, el encaje delicado de mi sujetador, y luego, con una paciencia que me hacía temblar, deslizó una mano por dentro del borde de la tela, hasta rozar mi pezón con la yema de los pulgares. No apretó. Solo rozó, en círculos pequeños, mientras me miraba fijamente, como si buscara una señal en mis ojos.
—¿Así te gusta? —me preguntó.
—Sí —respondí, y la voz se me quebró.
—Dime qué más.
—Más… —susurré—. Por favor.
Entonces, con la palma abierta, frotó suavemente los dos pezones a la vez, con presión controlada, lenta. Sentí el calor subirme por el cuello, el vello erizado en los brazos, en las piernas. Me mordí el labio inferior, y él lo notó.
—No muerdas —dijo, y con un dedo me separó el labio—. Déjame ver cómo te sientes.
Y sí, sentía. Sentía cada latido en los oídos, sentía el peso de mi cuerpo en las cuerdas, sentía que mi mente se vaciaba de todo menos de la sensación de sus manos, de su presencia. Me gustaba que me controlara. Me gustaba no tener que decidir nada por un momento. Me gustaba que él supiera exactamente qué hacer, y que yo no tuviera que fingir que sabía.
Se levantó, y por primera vez, me quitó la blusa por completo. La dejó caer al suelo sin prisa, y luego desabrochó mi falda. Me ayudó a quitármela, y luego las medias, con una lentitud que era parte del juego. Cuando quedé solo en ropa interior, él se puso de pie frente a mí, y por fin, con la palma de la mano, me acarició el vientre, bajando despacio, hasta rozar el borde del calzoncillo de encaje.
—¿Quieres que te lo quite? —preguntó.
—Sí —dije.
—¿O prefieres que lo rompa?
Me hizo reír. Una risa leve, nerviosa, que cambió de tono en cuanto sus dedos se introdujeron por el costado y tiraron con suavidad. El tejido cedió, y él lo deslizó por mis piernas con una atención tan intensa que sentí que cada centímetro de piel expuesta era un regalo.
Se sentó en el borde de la cama y me indicó con una mirada que me acercara. Me incliné, con las muñecas atadas, y él me tomó de las caderas. Primero besó la parte interna de mis muslos, con la lengua húmeda y cálida, y luego subió, lentamente, hasta rozar el clítoris con los labios. No lamió. Solo presionó, con un calor que me hizo arquear la espalda.
—Dime si es demasiado —dijo, entre besos—. Si no es así, si no es justo… lo cambio.
—No cambies nada —murmuré, con los ojos cerrados—. Solo sigue.
Y siguió. Con la lengua esta vez, con suaves lamidos que iban y venían, sin presión excesiva, pero con una insistencia que no dejaba espacio a la duda. Mis caderas empezaron a moverse de forma automática, como si mi cuerpo hubiera olvidado que no era yo quien decidía. Sentí que me acercaba al borde, que el aire se volvía escaso, y entonces él se detuvo.
Un segundo. Tal vez dos.
—¿Quieres que siga? —preguntó, sin moverse.
—Sí —respondí, con voz de quien ya no puede negarse—. Por favor.
Pero no siguió de inmediato. Me tomó del mentón y me obligó a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, pero no con crueldad, sino con una ternura intensa, como si me estuviera diciendo: *Estoy aquí. Estoy contigo. Todo esto es tuyo*.
—No te olvides de eso —dijo—. No te olvides de que eres libre.
Y entonces me besó. Un beso profundo, húmedo, con su lengua entrando en mi boca como una promesa. Al mismo tiempo, sus manos volvieron a mi entrepierna, con los dedos ya humedecidos por mí misma, y me tocaron con una seguridad que me hizo gemir contra su boca.
—Tú eres la que manda —dijo, apartándose apenas para respirar—. Solo que hoy lo hacemos a mi manera.
Y yo, con las muñecas atadas, con el cuerpo temblando, con el corazón a punto de reventar, le sonreí.
—Entonces… hazme tuya.
Y así fue.
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