Lo que pasó en la cabaña del río

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La cabaña de madera, medio comida por el musgo y el tiempo, quedaba escondida tras el último recodo del río Piedras. Nadie subía hasta allá desde que el viejo Tula se murió. El techo goteaba en dos esquinas, las hojas secas se amontonaban en el porche como si el viento las hubiera llevado a propósito, y las cortinas, grises de polvo, bailaban con cualquier soplo de brisa. Pero a Andrés le gustaba ese olor a madera mojada, a tierra húmeda, a silencio que pesa. Había subido caminando desde el pueblo, mojándose los botines en los charcos, con la mochila al hombro y el corazón tranquilo. Necesitaba escribir. O mejor dicho, necesitaba sentir.

Cuando llegó, el sol ya se escondía detrás de las montañas, pintando el cielo de un morado oscuro, casi obsceno. Abrió la puerta con la llave vieja que le había dado el alcalde —amigo de su papá— y encendió una vela. No había luz, ni agua corriente, pero eso no le importaba. Dejó la mochila en el suelo, se quitó la camisa y se sentó en el sillón de mimbre, frente a la ventana que daba al río. El sonido del agua bajando entre las piedras era como un susurro antiguo, de esos que te hablan al oído sin decir nada.

A eso de las ocho, oyó pasos en la escalera de madera. Se paró despacio, sin apuro. No llevaba arma, pero tampoco sentía miedo. Solo curiosidad.

—¿Andrés? —dijo una voz conocida.

Era Lucía. La hermana de su ex, la que siempre había mirado de reojo en las fiestas del pueblo, con esos ojos grandes, oscuros, que parecían saber más de lo que decían.

—¿Tú por acá? —dijo él, sin sorpresa.

—Me dijeron que estabas aquí. Vine a traerte unas cosas. Queso, café, una manta. El frío de noche es traicionero.

Ella traía una bolsa de lona, la dejó sobre la mesa. Llevaba un vestido floreado, corto, de esos que se pegan en las piernas cuando hay humedad. El pelo, largo y ondulado, le caía por un hombro. No se había maquillado, pero tampoco hacía falta. Era de esas mujeres que, al natural, se ven más peligrosas.

—Gracias —dijo él—. Pero no tenías que molestarte.

—No es molestia —dijo ella, y se sentó en el sillón frente a él—. Además, quería verte.

Hubo un silencio. No incómodo. Más bien denso. Como el aire antes de la primera gota de lluvia.

—¿Y qué haces aquí arriba? —preguntó ella.

—Escribir. O mejor dicho, tratar de escribir. A veces el silencio ayuda más que las palabras.

—Ajá —dijo Lucía, con una sonrisa leve—. Y ¿de qué escribes?

—De cosas. De cuerpos. De lo que pasa cuando dos personas se miran sin hablar. De lo que se siente cuando una mano toca una espalda y nadie dice nada.

Ella lo miró fijo.

—¿Y has escrito algo de eso?

—No todavía. Pero lo voy a hacer.

—¿Y si te falta inspiración? —preguntó, y se mordió el labio inferior, suave, sin fuerza.

Andrés no respondió. Solo la miró. Ella se paró, despacio, y se acercó al río. Él la siguió con los ojos. Lucía se quitó los zapatos, los dejó en el porche, y bajó los escalones de piedra que llevaban al agua. El río le llegaba por los tobillos.

—¿Vienes? —dijo, sin voltear.

Él se levantó, se quitó los calcetines y los botines, y bajó tras ella. El agua estaba fría, pero no tanto como para no soportarla.

—Aquí el agua siempre es fría —dijo Lucía—, pero si te quedas un rato, te acostumbras.

—Como con las personas —dijo él.

Ella se rio. Una risa baja, de garganta, que le tembló en el aire.

—¿Sabes? —dijo—, siempre me gustaste. No te lo dije porque eras el novio de mi hermana. Pero ahora…

—Ahora no soy el novio de nadie —terminó él.

Ella se acercó más. El agua les llegaba por las rodillas. Lucía levantó una mano, le tocó el pecho con la yema de los dedos, como si estuviera probando la textura de la piel.

—Estás tenso —dijo.

—No estoy tenso —respondió él—. Solo estoy quieto.

—A veces lo mismo —dijo ella, y se acercó más, hasta que sus cuerpos se rozaron.

El aire se espesó. El ruido del agua, que antes era música, ahora era fondo. Lo único que importaba era el calor que se escapaba de sus pieles, el roce del vestido mojado contra sus piernas, el aliento de ella en el cuello de él.

—¿Y si te digo que quiero que me beses? —preguntó Lucía, casi en un susurro.

—Te digo que no hace falta que lo digas —respondió Andrés, y le tomó la cara con ambas manos.

El beso fue lento. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Primero los labios, suaves, probándose. Luego la lengua, tibia, que entró sin pedir permiso, pero con cuidado. Lucía se aferró a su camisa, la apretó con los puños, como si temiera que él se fuera. Pero él no se iba. No esa noche.

Cuando se separaron, ella le miró los ojos.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora —dijo él—, vamos adentro.

Subieron los escalones. El vestido le pesaba, se le pegaba a las piernas. Andrés le secó la espalda con la manta, sin prisa, pasando la tela por cada centímetro como si estuviera descubriendo un mapa. Ella se dejó hacer. Luego, se sentó en la cama vieja, de colchón blando, y se quitó el vestido. Quedó en ropa interior: un brasier negro, viejo, con encajes deshilachados, y unas bragas delgadas, de algodón.

—No tengo nada bonito —dijo.

—Estás perfecta —respondió él.

Se acostó junto a ella. Le besó el cuello, el hombro, el pecho por encima del brasier. Le mordió suave el pezón, a través de la tela. Ella gimió, bajo, como un animal que no quiere que lo oigan.

—¿Y tu pito? —preguntó, y le tocó la entrepierna con la palma abierta.

—Aquí —dijo él—, esperando.

Ella le desabrochó el pantalón, le bajó el cierre con calma, como si estuviera abriendo algo precioso. Le tocó por encima de los calzoncillos, sintiendo el calor, la forma.

—Está duro —dijo.

—Desde que llegaste —respondió él.

Entonces, Lucía se puso de rodillas sobre la cama, le bajó los calzoncillos despacio, hasta que el pito quedó al aire, tieso, con una gota de humedad en la punta.

—Déjame —dijo, y se lo llevó a la boca.

No lo mordió. No lo tragó. Lo mamó como si fuera un dulce que no quiere terminarse. Con la lengua, con los labios, con los dientes suaves en la base. Andrés cerró los ojos, respiró hondo, sintió que el cuerpo le ardía.

—Para —dijo, y ella se detuvo.

—¿No te gusta?

—Me gusta demasiado —dijo él—. Pero quiero estar dentro de ti.

Ella se quitó las bragas, se acostó boca arriba, y abrió las piernas.

—Entonces ven —dijo—. No me hagas esperar.

Andrés se acomodó entre sus piernas, le separó los labios con los dedos, sintió el calor, la humedad.

—Estás rica —dijo.

—Y tú estás entrando —respondió ella, y cerró los ojos.

Cuando lo sintió dentro, suspiró. No gritó. No se quejó. Solo se abrió más, como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento.

Fuera, el río seguía bajando. El viento movía las cortinas. Pero adentro, el tiempo se había detenido.

Esa noche, no se escribió nada. Pero todo se sintió.

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