Lo que pasó en la bodega del edificio
4 minLo que pasó en la bodega del edificio
La llave chirrió al girar en la cerradura de la bodega del edificio. No era la primera vez que Edgar entraba ahí —sí, era el encargado de mantenimiento y tenía llave maestra—, pero nunca había estado con el corazón bombeando como ahora. El aire olía a polvo, madera vieja y, bajo eso, algo más sutil: el perfume de café con canela que usaba Óscar.
Óscar, el nuevo arquitecto que llegaba cada semana para revisar los planos de la remodelación del sexto piso. Alto, de hombros anchos, manos fuertes pero cuidadosas con los rollos de papel. Y ojos que, desde el primer día, se quedaban un segundo más de la cuenta en el cuello de Edgar, en sus muñecas, en sus labios cuando hablaba.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó Óscar, de pie en la entrada, con la luz del pasillo marcándole el contorno del cuerpo. Llevaba una camisa de algodón abierta hasta el pecho, y el cinturón apretado sobre las caderas estrechas.
Edgar no respondió de inmediato. Estaba inclinado frente al estante, fingiendo revisar un rollo de tubos de PVC, pero sentía la tensión en la nuca, el calor subiéndole por la espalda. Se enderezó lentamente, y entonces Óscar cerró la puerta tras de sí. El clic del cerrojo fue como una descarga eléctrica.
—Me dijiste que te esperara —dijo Edgar, con la voz más calmada de lo que se sentía.
—Sí. Dije que sí.
Óscar dio un paso. Otro. La bodega era pequeña, estrecha, con techos bajos. Entre los dos, apenas cabía una persona más. El aire se volvió denso, cargado de algo que ya no podía llamarse coincidencia.
—¿Por qué hoy? —preguntó Edgar, pero ya sabía la respuesta. Había sido él mismo quien le había dejado caer, en el ascensor esa mañana, que su esposa estaría fuera de la ciudad hasta el lunes.
Óscar sonrió, un poco torcido, como si también recordara aquella frase, dicha al oído, con la boca casi pegada al carrillo de Edgar.
—Porque no aguantaba más —dijo Óscar—. Cada vez que te veo, siento que me estás mirando la verga.
Edgar sintió un cosquilleo en la entrepierna, rápido y profundo. No negó la acusación. No mentiría. Solo se acercó hasta quedarse a un palmo de distancia. Respiró hondo: café, canela, sudor, piel.
—Y tú no me has negado nada hasta ahora.
Óscar le tomó la muñeca. La piel de Edgar se erizó. Sintió el pulso de Óscar en el pulgar, presionando suavemente, como evaluando si estaba listo. No lo estaba. Lo estaba más de lo que había estado en años.
—¿Tú crees que no he soñado con esto? —susurró Óscar, inclinándose hasta rozar con la nariz su oreja—. Cada vez que me pasas un clavo, un tornillo, una taza de café… me imagino tu boca. Tu lengua. Tus manos.
Edgar giró la cabeza. Los labios de Óscar estaban a centímetros, secos, calientes. No los besó. Solo los rozó con un suspiro.
—¿Y qué has imaginado?
—Que me agarras por las nalgas. Que me jala hacia ti hasta que sientas la verga dura. Que me dices “chinga tu madre, qué rico estás”. Que me muerdes el cuello y no te importa si luego no puedo salir a la calle.
Edgar soltó una risita baja, ahogada, con el corazón en la garganta. Le soltó la muñeca y le pasó la mano por el cuello, bajando hasta el borde de la camisa, donde el vello del pecho era más espeso.
—¿Y qué harías tú si te agarrara así?
Óscar le mordió el labio inferior, un mordisco breve, dulce, prometedor.
—Te dejaría. Pero después te pediría que volvieras a hacerlo. Porque, cariño, esto no es solo deseo. Esto es una mierda que nos vamos a chingar hasta que no podamos más.
Y esta vez fue Edgar quien lo atrajo hacia sí. Las manos de Óscar se posaron en sus caderas, los dedos clavándosele en las nalgas, apretándole con fuerza, con urgencia. La frente de Edgar chocó contra la de Óscar. Se besaron como si no hubiera mañana, como si la bodega fuera el único lugar del mundo que importara.
No hubo prisa. Solo manos que exploraban, que desabotonaban, que se perdían entre telas y piel. Solo respiraciones entrecortadas, jadeos, palabras sucias que se decían al oído, sin vergüenza ni arrepentimiento.
Porque en la oscuridad de la bodega, con el eco de los pasos del guardia de seguridad en el pasillo, Edgar supo que algo había cambiado. No era solo el deseo. Era más profundo. Era un fuego que ya no se apagaría.
¿Qué tanto te calentó?
Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.