La primera vez que mi jefe me puso las esposas y me obligó a arrodillarme frente a su escritorio
7 minLa primera vez que mi jefe me puso las esposas y me obligó a arrodillarme frente a su escritorio
La oficina estaba vacía. Las luces del techo parpadeaban suavemente, como si el edificio respirara con lentitud cansada. Era casi medianoche. Yo, Lucía, aún no me había ido. No por obligación —el informe ya estaba listo—, sino por miedo. Miedo a lo que había visto ese mediodía, cuando el jefe se inclinó sobre mi hombro para revisar una gráfica y su aliento tibio rozó mi oreja. Miedo a lo que yo misma había sentido: un cosquilleo en la nuca, un apretón en el vientre, una humedad repentina entre las piernas.
Era Rodrigo. Alto, musculoso sin exceso, piel morena ligeramente bronceada por las vacaciones recientes, cabello canoso en las sienes que lo hacían parecer más peligroso de lo que era. Un hombre que no pedía, ordenaba. Y esa tarde, cuando me llamó a su despacho sin dar explicaciones, no había ni un rastro de su habitual frialdad corporativa en su mirada. Había algo más: una intensidad que me había hecho sentir, por primera vez en diez años de carrera, que no era solo la empleada perfecta.
—Cierra la puerta —dijo, sin levantar la vista del portátil.
Hice lo que me ordenaba. El cerrojo hizo *click* con un eco hueco. Él se volvió entonces, con una calma que dolía. Me indicó con un gesto que me acercara. Me detuve a un metro. Él se levantó, desabrochó la primera botón de su camisa blanca, y me tendió las llaves del cajón donde guardaba el portátil.
—Abre el cajón. Toma lo que hay dentro.
No pregunté. No me moví. Él suspiró, como si ya hubiera anticipado mi duda.
—¿O prefieres que vaya yo?
Entonces me di cuenta: no era una invitación. Era una prueba.
El cajón contenía solo dos cosas: una correa de cuero negro con hebilla plateada y un par de esposas de metal pulido, con el borde suave forrado en terciopelo. Las tomé con los dedos temblorosos. Mis uñas, pintadas de un rojo oscuro, contrastaban con el brillo frío del metal.
—Ponte de rodillas —dijo Rodrigo.
El corazón me latía en los oídos. No sabía si era miedo, vergüenza o deseo. Tal vez las tres cosas, entrelazadas como una cuerda de tres cabos que ya empezaba a tensarse.
Me arrodillé frente a su escritorio, las rodillas apoyadas en la alfombra gruesa. El cuero del banco de cuero negro estaba fresco bajo mis manos. Él se sentó, cruzó las piernas, y me miró de pie, como si yo fuera una pieza que acabara de descubrir en su colección.
—Tú no eres Lucía, la analista —dijo, voz grave, lenta—. Hoy eres *mía*. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza baja. No era sumisión. Era elección. Porque desde ese mediodía, cuando su pulgar había rozado la muñeca que tenía apoyada en el escritorio, yo también había elegido.
—Mira mis ojos.
Lo hice. Sus iris eran oscuros, casi negros, pero con un destello dorado que brillaba como el sol en el asfalto mojado. Me sostuvo la mirada mientras se quitaba la chaqueta del traje, la doblaba con precisión y la colgaba en la silla.
—Las esposas. Cógelas. Ponmelas en las muñecas.
Tardé dos segundos. Dos segundos que se alargaron como minutos. Tomé una de las esposas, la abrí con un clic metálico, y le rodeé la muñeca izquierda. El metal se cerró con suavidad. Luego la derecha. Él no me dio tiempo a soltarlas. Con una mano me sujetó el codo y me obligó a estirar el brazo hacia atrás, forzando que las esposas quedaran tensas entre nuestras manos.
—Ahora —dijo—, colócate entre sus piernas.
Me deslicé hasta quedarme de rodillas, con las piernas separadas de él, mis muslos frente a los suyos. El olor a madera, tabaco y su fragancia masculina —algo amaderado, con toques de vainilla— me aturdió.
—¿Sabes qué me gusta de ti, Lucía? —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Que te tremes cuando te ordeno algo. Que tu respiración se acelera. Que tus pechos suben y bajan más rápido. Y que… no te detienes. Aunque sepas que esto es un error.
No negué. No mentí.
—Tú también te tiembles —susurré.
Una sonrisa le curvó los labios. Lenta. Peligrosa. Me soltó una muñeca —solo una— y con la mano libre me levantó la barbilla. Sus dedos eran duros, pero no fueran. Cálidos.
—¿Y si te digo que te quites la blusa? —dijo—. ¿Lo harías?
Asentí. Con las manos aún esposadas a la espalda, usé los codos para desabrochar los botones superiores. El algodón se abrió, dejando al descubierto la encaje negro del sujetador. Él no apartó la vista. Me observó mientras desabrochaba los siguientes, hasta que el tejido se abrió por completo, dejando al descubierto mis pechos pequeños, pero firmes, con pezones erectos ya por el frío del aire acondicionado y el calor de su mirada.
—Mira abajo —ordenó.
Bajé la vista. Su jeans estaba tenso en la entrepierna. El pene, firme y grande, marcaba la tela oscura como una promesa. Me lamí los labios sin pensar. Él lo vio.
—Sí —dijo—. Quieres esto. Y no te avergüences. Yo tampoco.
Con la mano libre, me apartó los tirantes del sujetador. Me bajó los brazos hasta que el sujetador cayó hasta los codos. Me tomó uno de los pechos, lo apretó con suavidad, giró el pezón entre pulgar e índice hasta que jadeé. Lo soltó, pero no retiró la mano. Me acarició el costado del pecho, bajó hasta el ombligo, y luego…
…me metió dos dedos en la boca.
—Chúpame.
Lo hice. Lamiendo, succionando, sintiendo el sabor salado de su piel. Él cerró los ojos por un segundo, y cuando los abrió, la mirada ya no era de control. Era de hambre.
—Ahora —dijo, tirando de mis cabellos para obligarme a levantar la cara—. Quita el pantalón.
Me costó un minuto. Con las esposas me limitaban los movimientos, pero no la voluntad. Desabroché, bajé la cremallera, y bajé el jeans y la ropa interior juntos. Él no me esperó. Ya se había desabrochado, sacado el pene, grande, grueso, la punta húmeda y roja.
—Arrodíllate otra vez. Frente a mí.
Lo hice. Mis pechos colgaban, los pezones aún duros. Él se inclinó y me dio un beso en el cuello. Luego en la clavícula. Y luego, con una mano me apartó los pechos y con la otra me abrió la vagina con los dedos.
—Estás mojada —dijo, voz ronca—. Tanto que gotreas.
Me entró un temblor. No de miedo. De placer anticipado.
—Rodrigo…
—¿Qué? ¿Qué quieres, Lucía?
—Que me cojas. Ya.
Él se rió, bajo. Una risa oscura.
—No me dirás *cojas*. Me dirás *te ruego que me cojas*. Porque hoy eres mía. Y solo te doy lo que yo quiera. ¿Entendido?
—Te ruego que me cojas —susurré, con la voz rota.
Él se puso de pie. Me tomó de las manos esposadas y me obligó a levantarme, con la espalda apoyada en su escritorio. Mis pechos rozaron la madera fría. Él se colocó entre mis piernas, las esposas aún unidas a sus muñecas y a las mías. Me abrió más las piernas con una patada suave en la rodilla.
—Sujétate de la mesa —ordenó.
Lo hice. Con las manos atrás, las esposas tensas, el cuerpo inclinado hacia adelante. Él se colocó detrás, sus muslos contra mis nalgas, su pene rozando mi entrada ya húmeda.
—Dime qué vas a sentir —murmuró en mi oreja—. Dímelo.
—Que me rompes… —respiré—. Que me coges hasta que llore… que me haces tuya…
—Sí —dijo, empujando.
El pene entró de golpe. Grande. Ancho. Me separó, me abrió, me llenó hasta el fondo. Grité. No por dolor. Por la sensación de ser dueña de mí misma, y al mismo tiempo, de entregarla. De perderme. De dejar que él me usara, me llenara, me hiciera suya.
Él empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada empuje me sacaba una palabra, un quejido, una súplica. Me golpeaba el clítoris con cada sacudida, y yo me derrumbaba, me quebraba, me perdía
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.