Me cogí a la suegra de mi mejor amigo en la fiesta de los 40
10 minMe cogí a la suegra de mi mejor amigo en la fiesta de los 40
La fiesta era un desmadre de música, tequila y luces parpadeantes que se colaban por las ventanas del patio trasero de la casa de los padres de la novia. Los vecinos ya debían de estar llamando a la policía por el ruido, pero a nadie le importaba: era la noche de los 40 de Raúl, el mejor amigo de Daniel. Y Daniel, que había llegado con su novia desde Guadalajara, apenas entró sintió el calor de la tensión en el aire —no solo por los termómetros marcando 34 grados, sino por algo más denso, más húmedo, más peligroso.
Luz, la esposa de Raúl, era una mujer hecha a fuego lento: cuarenta años recién cumplidos, piel morena aceitunada que brillaba con el sudor y el brillo de la loción de almendras, cintura fina, caderas anchas y un culo que, aunque cubierto por un vestido negro de tirantes, se notaba firme como una piña madura. Tenía el pelo recogido en un moño alto, pero algunas hebras se habían escapado, pegándosele al cuello y a las sienes. Sus ojos, oscuros y brillantes, tenían algo que no era solo alegría: era una chispa, una promesa, algo que se le escapaba cuando nadie la miraba.
Daniel, a quien su esposa llamaba cariñoso y reservado, no era tonto. Había notado cómo Luz lo miraba desde que llegó —no con descaro, sino con una lentitud deliberate, como si lo estuviera desmenuzando con la mirada, paso a paso. Primero cuando cruzaron la puerta, cuando él se acercó a abrazar a Raúl y Luz, detrás de él, le dio la espalda y se giró lentamente, dejando que sus ojos recorrieran su pecho, sus hombros, su cintura, hasta detenerse en su entrepierna —aunque el jean no dejaba ver mucho, Daniel sintió que le palpitaba el pene, como si su cuerpo ya supiera algo que su mente aún negaba.
—¿Y tú qué miras,Danielito? —le preguntó Luz, acercándose con una copa de tequila en la mano, esa sonrisa suya entre burlona y coqueta—. ¿Te quedaste sin ojos en Guadalajara?
Él rió, un poco incómodo, pero no por miedo, sino por sorpresa. Por la naturalidad con que lo dijo. Por el modo en que su dedo índice rozó el borde de la copa mientras se la ofrecía.
—No, claro que no —respondió Daniel—. Solo pensaba que Raúl se pasó de generoso al invitar a alguien tan… bien conservado.
Ella se rió, esa risa profunda que le salía del vientre, y se acercó más. Tanto que Daniel sintió el aroma de su perfume: jazmín y vainilla, con un trasfondo picante, como si la misma Luz fuera un postre que no sabías si comer o chupar.
—Mmm, ya te veo, Danielito —dijo ella, bajando la voz, pero sin apartar la mirada—. Si sigues así, voy a pensar que me estás chingando con cumplidos.
—No chingar, solo observar —respondió él, y se bebió el tequila de un trago, sintiendo el fuego subirle por la garganta y llegarle al vientre, donde ya le palpitaba duro.
Su esposa, Mariana, estaba al otro lado del patio, riéndole las chistes a un grupo de amigas, segura, tranquila, ajena a la corriente eléctrica que se había disparado entre Daniel y Luz. Él lo notó antes que ella: la forma en que Luz se acercó a Mariana, le dijo algo al oído, y ambas rieron. Pero cuando Luz se volvió hacia Daniel, sus ojos ya no estaban en la risa. Estaban en él. En la verga que le estaba creciendo bajo el pantalón.
La noche siguió su curso: cervezas, shots, baile, risas. Pero Daniel no dejó de sentir la presencia de Luz, como una sombra cálida que lo seguía. Cuando los primeros invitaron a bailar, ella lo hizo con Raúl, y él la observó desde la barra, viendo cómo su cuerpo se movía contra el de su esposo, la cadera girando, las nalgas rozando, las manos en la espalda baja, apretadas, intensas. Y cuando Raúl la apartó un momento para tomar aire, Luz no miró a su esposo: miró a Daniel.
—¿Quieres ir a refrescarte? —le dijo ella, acercándose mientras los demás seguían con la música. Señaló con la cabeza hacia la puerta trasera que daba al jardín, donde había un pequeño cenote artificial, iluminado por luces de colores y velas flotando en la superficie—. Aquí hace más fresco.
Él dudó solo un segundo. Miró hacia Mariana. Ella le sonrió, contenta, sin sospechar nada. Él asintió.
—Un minuto.
—Tómate tu tiempo —dijo Luz, y se marchó, dejando tras de sí un rastro de jazmín y peligro.
Daniel siguió un minuto después. La puerta chirrió al abrirse. El jardín estaba casi vacío. El cenote brillaba con las luces reflejadas en el agua, y el aire olía a humedad, a tierra mojada, a noche. Luz estaba de pie junto al borde, con las manos apoyadas en el mármol, el vestido pegado a la curva de su cadera, el cuello expuesto, la piel erizada por la brisa.
—¿Te asustas? —preguntó sin voltear.
—No —respondió él, acercándose despacio—. Solo dudo si esto es una buena idea.
—¿Y qué es una buena idea? —se giró, con una sonrisa lenta, los labios entreabiertos—. ¿Estar con mi esposo? ¿Estar con Mariana? ¿O estar aquí, contigo, sabiendo que si alguien se entera, la chingamos bien chingada?
Daniel se detuvo a un metro de ella. La miró fijamente. No era solo el cuerpo: era la mirada, la seguridad, el desafío. Ella no lo estaba pidiendo: lo estaba desafiando a tomarlo.
—No te lo pido, Danielito —dijo Luz, acercándose hasta que su pecho casi rozó el de él—. Tú tomas lo que quieres. Y si te da miedo, te vas ahora. Pero si te quedas… —dejó la frase colgando, y con una mano le tomó la muñeca, tirando suavemente—. Si te quedas, te la chingo hasta que no recuerdes ni tu nombre.
Él no respondió. Solo la agarró por la cintura y la besó.
Fue un beso intenso, rápido, húmedo. Ella abrió la boca al instante, y su lengua entró como una explosión, caliente y sabrosa, como si lo hubiera estado esperando desde hace años. Daniel sintió su verga endurecerse de golpe, rozando la entrepierna de ella. Luz se apartó solo un poco para respirar, pero no para soltarlo. Con la mano libre le agarró el pene, apretando con fuerza, frotando contra el jean, y gimió —sí, un gemido bajo, gutural— cuando sintió lo duro que estaba.
—Maldito… —susurró—. Ya te sentí, puto… me la estás poniendo dura solo de tocarte.
Daniel no pudo más. La empujó contra el borde del cenote, con suavidad, pero con firmeza. Ella se dejó hacer, las manos en sus hombros, las piernas separándose automáticamente. Él le subió el vestido hasta la cintura, descubriendo una pequeña bragueta de encaje negro que apenas cubría su culo redondo, su vulva ya húmeda y hinchada bajo el tejido. Luz no se ruborizó. Solo se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el mármol, y se giró para mirarlo.
—No me toques con miedo, Danielito —dijo, con la voz quebrada—. Tú la coges. Como quieras. Como la quieras.
Él se arrodilló frente a ella, sin soltar su mirada. Le separó las nalgas con las manos, descubriendo su coño completamente: la vulva oscura, los labios hinchados, el clítoris ya erguido como una perla. No dudó. Bajó la cara y lo chupó.
Luz gritó. Un grito ahogado, pero fuerte, que se perdió en el aire. Sus piernas temblaron. Daniel la chupó con saña, lamiendo el coño entero, rozando con la punta de la lengua su clítoris, chupándolo, metiendo dos dedos en su vagina mientras con el pulgar le masajeaba el ano. Ella se retorcía, sin poder sostenerse, con la frente apoyada en el mármol, jadeando:
—¡Daniel! ¡Mierda, Daniel! ¡Te voy a cagar si sigues así!
Él le dio un mordisco suave en la nalg derecha, no para doler, sino para marcar. Ella soltó otro grito.
—Quiero tu verga —dijo ella, girándose de golpe, quitándole la ropa—. Quiero que me la metas hasta el fondo. Quiero que me la cagues como si no hubiera mañana.
Él ya estaba duro y pelado, la verga gruesa, la punta húmeda de preseminal. Luz se agachó, lo tomó en la mano, lo frotó contra su coño húmedo, mojándolo todo, y se lo metió de golpe, hasta la raíz.
—¡Ah, mierda! —chilló Luz, cerrando los ojos—. ¡Jodida! ¡Me la estás clavando!
Daniel no se dio cuenta de cómo empezó a embestir. Solo supo que la cogía con fuerza, con una furia que no esperaba, con la urgencia de quien sabe que está a punto de perderse algo que no volverá a encontrar. Ella lo recibía con gemidos guturales, con las nalgas contraídas, con los pechos saltando cada vez que él la empujaba hacia adelante.
—¡Sí! ¡Así! —gritaba—. ¡Me la estás cogiendo, Daniel! ¡Te la chingo, te la chingo, te la chingo!
Él la tomó por las caderas y la levantó, apoyándola completamente contra el borde del cenote, con sus nalgas colgando, la verga metida hasta el fondo, y la cogió con más fuerza, más rápido, con una velocidad que hizo que el agua del cenote se agitara con las embestidas.
—¿Te gusta? —le gritó Daniel, sudando, jadeando—. ¿Te gusta que te la cogue tu cuñadito?
—¡Sí, maldito! —gritó ella—. ¡Te la chingo, te la chingo, te la chingo!
Y cuando ella sintió que venía, que se iba a correr, lo agarró de los pelos y lo jaló hacia ella, besándolo con desesperación.
—No me corras dentro aún —dijo ella—. Quiero sentir tu verga hasta que me la salgas.
Él la cogió con más fuerza, más rápido, y cuando ella se corrió, gritando su nombre, Daniel la cogió más, más, más, hasta que sintió que iba a correr.
—¡Voy a correr! —dijo Daniel.
—¡Cógeme! ¡Cógeme! —gritó Luz—. ¡Dame todo!
Él se corrió dentro de ella, con un gemido gutural, llenándole la vagina con todo su semen, sintiendo cómo su verga palpitaba dentro del calor de ella.
Se quedaron así, un rato, abrazados, la cabeza de él sobre su pecho, la verga aún dentro de ella, still. Luz le acariciaba el pelo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Daniel, por fin, con la voz temblorosa.
—Nada —dijo ella, besándole la frente—. Solo esta noche. Solo esto. Y mañana, seguimos bebiendo, riéndonos, bailando… como si nada.
—¿Y Mariana?
—Mariana es mi amiga. Y tú eres mi… ¿cuándo la chingaste la última vez?
—Ayer —dijo él, y ella se rió.
—Entonces no te preocupes, Danielito. Hoy es el día de Raúl. Y tú me cogiste como si fuera el último día del mundo.
Y así fue. Cuando regresaron a la fiesta, Luz se arregló el vestido, se lamió los labios, y volvió a ser la esposa feliz, la anfitriona, la reina de la noche. Daniel bebió más tequila, bailó con Mariana, y durante toda la noche, cada vez que Luz lo miraba, sabía que entre ellos había algo que nadie más vería: el sabor de su coño en su lengua, el calor de su vagina en su verga, el nombre que ella le susurró cuando se corrió: “Danielito, maldito, te la chingo”.
Y cuando la fiesta terminó, cuando todos se fueron y los padres de Raúl se acostaron, cuando Daniel y Mariana se despidieron con un abrazo y un “nos vemos mañana”, Luz se le acercó una última vez, frente a la puerta, y le susurró:
—Mañana… te la vuelvo a coger. Pero en la cocina. Donde nadie nos vea.
Y con eso, se marchó, dejando a Daniel paralizado, con la verga otra vez dura, y con una sola certeza: había chingado a la suegra de su mejor amigo. Y no iba a arrepentirse.
Nunca.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.