Lo que pasó en la biblioteca universitaria
7 minLo que pasó en la biblioteca universitaria
Yo siempre creí que el deseo se escondía en los rincones más silenciosos. Que no necesitaba fulgor ni alboroto: basta con una mirada sostenida demasiado tiempo entre dos personas que, sin saberlo, llevaban años cruzándose sin verse. Así fue con Clara.
La conocía desde el primer semestre de la licenciatura, aunque no hablamos hasta el último. Trabajaba en la biblioteca universitaria, en la sección de manuscritos y archivos, un lugar que los estudiantes evitábamos por el olor a papel envejecido, a tinta seca y a madera antigua. Clara no llevaba pelo suelto ni falda larga como imaginaba que lo haría una guardiana de viejas cartas y cuadernos polvorientos. Llevaba siempre pantalones rectos de lino, blusas de algodón con los botones subidos hasta el cuello, y gafas de montura metálica que bajaba con lentitud cada vez que me miraba.
La primera vez que hablamos fue por error. Yo buscaba una edición crítica de *La muerte de Artemio Cruz*, y el catálogo me llevó a un estante que no figuraba en el mapa digital. Alguien —ella— ya estaba allí, de pie sobre una banca baja, sacando un fajo de cuadernos de una caja de madera. Le pregunté si sabía si la edición que quería estaba archivada allí, y ella se giró con una sonrisa que no era del todo amable, ni del todo distante. Dijo: «Sí. Pero no está en el estante. Está en la caja que acabo de abrir».
—¿No la puedo tomar?
—No sin solicitud escrita. Y su número de cuenta.
—¿Y si la pido ahora?
—Entonces tendría que esperar a que la revise el archivista. O a que yo lo haga.
Me miró entonces directo a los ojos. No bajó las gafas. Solo dijo: «¿Quiere que se la traiga a su pupitre?».
—Si no le parece una molestia.
—No lo es.
Eso fue todo. Pero desde entonces, volví cada semana. No por los libros. Volví por el silencio de Clara, por el modo en que sus dedos rozaban las hojas con una ternura casi ritual, por el leve fruncimiento de ceño cuando leía algo que le gustaba. Yo simulaba estudiar, pero lo que hacía era aprenderla: el leve temblor en su mano izquierda cuando hacía frío, el modo en que se mordía la mejilla interior cuando estaba concentrada, el perfume de lavanda y papel viejo que la seguía incluso cuando se levantaba a caminar por los pasillos.
La primera vez que me llamó por mi nombre fue un miércoles de octubre. Llevaba dos semanas pidiendo el mismo libro, y ella lo sabía. Me lo entregó con una sonrisa que ya sí era amable, y dijo: «¿Sabías que este texto tiene una nota marginal escrita por el mismo Alarcón?».
—No. ¿Me lo muestra?
—No en este momento. Pero si quieres, puedo traértelo esta tarde, después de que cierren.
El corazón me latió más fuerte. No porque fuera una invitación explícita, sino porque su tono era distinto. Menos formal. Más cercano.
Esa noche, cuando todos nos habíamos ido, ella bajó la persiana del área de archivos y encendió una sola lámpara de escritorio. El resto del lugar estaba en penumbra, y el aire se volvió más denso, cargado del olor a madera y a piel humana. Me ofreció un té de manzanilla, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—¿Te gustan los diarios? —me preguntó, sentada frente a mí, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas.
—No mucho. A menos que estén escritos por alguien que me interese.
—¿Y quién es esa persona?
No respondí. Solo la miré. Ella no desvió la vista. En su mirada no había evaluación, ni expectativa. Solo curiosidad, y algo más: una promesa apenas esbozada.
—¿Tú qué crees que escribiría Alarcón si supiera que alguien lo leería setenta años después? —dijo, levantando un cuaderno encuadernado en cuero agrietado.
—Probablemente, que esperaba que alguien lo leyera.
Clara soltó una risa baja, casi un susurro. Se levantó, caminó hasta la ventana y dejó entreabierta la cortina. La ciudad brillaba al otro lado, lejana, como si estuviéramos en otro mundo.
—¿Te parece si leemos un poco? —preguntó.
—Sí.
Se sentó a mi lado, no enfrente. El cuaderno quedó entre nosotros, abierto en una página con una letra menuda y elegante. Ella comenzó a leer en voz baja, traduciendo al instante los pasajes en francés que Alarcón había dejado sin traducir. Su voz era cálida, pausada, con un dejo de melancolía que me arrastraba a otro tiempo.
Pero mientras leía, su mano izquierda se posó sobre la mía. No con urgencia, ni con coqueteo. Solo así: una presencia suave, como si la piel supiera lo que el resto de nosotros tardaba en entender.
Yo no me moví. No la aparté. Solo sentí cómo su pulso latía contra mi muñeca, y cómo su respiración cambió un poco, como si también ella estuviera conteniendo algo.
—¿Sientes eso? —preguntó, sin mirarme, como si estuviera hablando del libro.
—Sí —respondí, y era cierto.
—Entonces no lo hagas desaparecer.
Bajé la vista. Su mano estaba sobre la mía, los dedos entrelazados con cautela, como si temiera quebrar algo. No era solo deseo lo que sentía: era reconocimiento. Como si hubiéramos estado esperando este momento desde mucho antes de que ella me entregara aquel libro por primera vez.
Me incliné lentamente. Ella no retrocedió. Sus ojos se cerraron apenas, como si supiera lo que venía, como si ya lo hubiera soñado.
El beso no fue apasionado. Fue lento, ceremonial. Su boca estaba seca al principio, y luego, con el roce, se abrió. Me dejó entrar. Me dejó aprender. Su lengua rozó la mía con una timidez que me arrancó un suspiro.
—Esto es peligroso —dijo, cuando nos separamos apenas un centímetro, sin soltar mis manos.
—¿Por qué?
—Porque ya no podré olvidarte después de esto.
—Entonces no lo olvides.
Ella sonrió, y esta vez sí fue la primera vez que su sonrisa no guardaba nada. Fue una entrega.
Me levanté, y ella me siguió. No hacia la puerta. Hacia el fondo del cuarto, donde había una silla de madera y una alfombra vieja que cubría una grieta en el piso. No dijimos nada. Simplemente nos quitamos las gafas, las botas, las blusas. Cada prenda era una confesión. Cada toque, una palabra.
Cuando por fin estuvimos desnudos, la luz de la luna entró por la ventana y la dibujó sobre la alfombra: las curvas de sus caderas, los pechos redondos y firmes, el vello oscuro que marcaba el inicio de un sendero que yo ya quería recorrer.
Me senté frente a ella. Con la punta de los dedos, tracé el contorno de su clavícula, bajé por el esternón, y cuando llegué a su ombligo, ella suspiró.
—¿Te importa si te toco? —pregunté.
—Ya lo estás haciendo.
No fue necesario más. Me incliné, besé su pecho, luego uno de sus pezones, que se endureció apenas con el roce de mi lengua. Ella emitió un sonido que no conocía, un quejido ahogado que me hizo temblar.
—Dime lo que quieres —le dije.
—Que me recuerdes después.
Fue la única orden que me dio.
La levanté suavemente y la senté en mi regazo, con las piernas abiertas, su espalda apoyada en mi pecho. Mis manos rodearon su cintura, mis dedos se hundieron en su vientre, y cuando ella se echó hacia atrás, apoyando su cabeza en mi hombro, supe que ya no había vuelta atrás.
Me deslicé hacia abajo. Besé su muslo interior, luego la parte más sensible, donde su pulso latía con fuerza. No usé mucho tiempo en la espera. Entré en ella con lentitud, con respeto, sintiendo cómo sus músculos se abrían, cómo ella jadeaba, cómo sus uñas se clavaban en mis brazos.
No fue una carrera. Fue un viaje.
Cada movimiento era una promesa. Cada suspiro, un juramento. Cuando ella vino, lo hizo con un nombre en los labios: el mío. Y yo, cuando la seguí, la abracé con fuerza, como si temiera que el mundo volviera a separarnos.
Después, en silencio, con el cuaderno abierto sobre la alfombra, ella se recostó sobre mí y me dijo:
—Esta noche no va a ser la última.
—No —respondí, y la besé en la frente.
Porque, en efecto, no lo fue. Y desde entonces, cada vez que abro una puerta de la biblioteca, sigo esperando que ella me
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