Lo que pasó en la biblioteca municipal
7 minLo que pasó en la biblioteca municipal
Yo tenía veintitrés años, y él, cincuenta y uno. Sí, lo sé: treinta años de diferencia. Pero no fue un crimen, ni una aberración. Fue un desliz, un lapsus de calor y confusión que me dejó temblando de pies a cabeza durante días. Todo empezó porque el aire acondicionado de la biblioteca municipal falló ese jueves por la tarde, y el calor se volvió pegajoso, denso, como una capa invisible que te envolvía los hombros y te hacía sudar en los codos.
Yo estaba sentada en la mesa de lectura del fondo, entre libros de sociología y una botella de agua medio vacía, cuando él apareció. Se llamaba Raúl —yo lo sabía porque lo había visto antes, siempre en el mismo rincón, con gafas de lectura y una camisa de algodón siempre abierta una vuelta de botón de más—. Ese día, sin embargo, no llevaba gafas. Tenía el pelo canoso recogido con un elástico informal, y la piel del cuello, marcada por venas azuladas y arrugas finas, parecía más tersa de lo que recordaba. O eso pensé. O quizás fue el calor.
—Perdón —dijo, acercándose a mi mesa con dos tazas de café—. ¿Puedo sentarme aquí? La otra fila está llena.
No dije nada. Solo asentí. Me senté derecha, ajusté la falda que me subió un poco al moverme, y noté cómo su mirada —rápida, breve— pasó por mis piernas. No fue una mirada de muchacho, ni de viejo. Fue la mirada de un hombre que sabe lo que ve, y lo guarda para sí. Me dio una taza. El café olía a canela y humedad.
—Gracias —murmuré, y me di cuenta de que mi voz sonó más aguda de lo normal.
No hablamos de trabajo. No de libros. Hablamos del tiempo. De la lluvia que no llegó. De cómo en los años ochenta, cuando él era joven, la biblioteca tenía calefacción a leña y los viejos se sentaban a calentarse los huesos. Él contaba, y yo lo escuchaba. Y mientras hablaba, su mano izquierda descansaba cerca del borde de la mesa, justo al lado de la mía. A dos centímetros. A tres. A uno. Luego, sin mirar, sin advertir, sus dedos rozaron los míos.
No los retiré.
—Perdón —dijo, esta vez con una sonrisa lenta, como si le costara sacarla—. No fue intencional.
—Sí lo fue —respondí, y me sonrojé hasta las raíces del pelo.
El calor se volvió eléctrico. Una descarga sutil, apenas perceptible, pero allí. Sentí el pulso en la ingle, un latido rápido, como un pajarito preso. Me levanté para ir al baño. Él me siguió con la mirada. No disimuló. Y cuando volví, había dejado una hoja de papel doblada sobre mi libro. No me di cuenta hasta que ya me iba.
—¿Te importa si te acompaño hasta tu casa? —me preguntó cuando salimos—. El bus se tarda una eternidad.
—Sí —dije, sin pensarlo—. Me encantaría.
Caminamos en silencio, con esa cómoda tensión que solo existe entre dos adultos que saben exactamente qué está ocurriendo y deciden no detenerlo. Llegamos a su casa. Una edificación de los años sesenta, con paredes blancas rayadas por el tiempo, un jardín descuidado y una puerta de madera con un picaporte de latón oscuro. Me invitó a entrar.
—¿Quieres un café? —preguntó, como si aún estuviéramos en la biblioteca.
—Sí —respondí, y entré.
La casa olía a tabaco suave, a papel envejecido y a algo más: a sudor seco, a algo animal. Me senté en el sofá, y él se quedó de pie frente a mí, con las manos en los bolsillos. Me miró como si me estuviera leyendo, como si yo fuera un libro que aún no había terminado.
—¿Sabes cuántos años tengo? —preguntó.
—Cincuenta y uno —respondí.
—¿Y cuántos tienes tú?
—Veintitrés.
—¿Y sabes lo que eso significa?
—Que puedo ser tu hija —dije, y solté una risita nerviosa.
—No —dijo, acercándose—. Significa que puedo saber lo que quieres antes de que tú lo sepas.
Se arrodilló frente a mí. No con humildad. Con intención. Desabrochó la primera manga de mi blusa, despacio, como si descorriera una cortina. Sus dedos, gruesos, con nudillos marcados, rozaron mi muñeca, y luego subieron por mi antebrazo, dejando una línea de piel erecta detrás de ellos. Me besó en la muñeca. Luego en el codo. Luego en el hueso del hombro. Y cuando desabrochó el sostén por detrás, con una sola mano, sin mirar, sin dudar, sentí que mi cuerpo se rendía.
—Dime si quieres que pare —dijo.
—No —susurré.
Se levantó, me tomó de la mano y me llevó a su habitación. La cama era ancha, con sábanas blancas, un edredón viejo y una almohada hundida por el uso. Me senté en el borde. Él se quitó la camisa, y vi su pecho: moreno, con pelos grises en los pezones, la piel suelta en los costados, pero firme. Su abdomen no era plano, pero tampoco flácido. Tenía la marca de los años, sí, pero también la fuerza de quien ha vivido mucho y sigue de pie.
Se quitó los pantalones. Y ahí estaba: su pene, grande, ligeramente curvado, la cabeza rosada, la punta húmeda ya. Tenía las venas prominentes, los testículos pesados, colgando con una naturalidad que me hizo sonrojar. No era un pene de joven. Era un pene de hombre maduro: lento, seguro, consciente.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí —susurré.
Se sentó frente a mí, me quitó la falda y la blusa, y me dejó con el sostén y la bragas. Me besó en el cuello, mordió mi labio inferior, me metió la lengua en la boca como si no hubiera mañana. Y mientras nos besábamos, sus manos exploraron mis pechos. Me apretó suavemente, con una fuerza que no era brusca, pero sí firme. Me rozó los pezones con el pulgar, y sentí cómo se endurecían, cómo mi vagina se humedecía de golpe, como si mi cuerpo hubiera olvidado que era yo quien decidía.
Me tumbó sobre la cama. Se inclinó y me separó los labios de la vulva con los dedos. Me miró la entrepierna como si fuera un mapa que conocía de memoria. Y entonces me lamió.
No fue dulce. No fue tierno. Fue hambre. Me lamío con la lengua plana, primero arriba, donde estaba mi clítoris, luego abajo, donde mi vagina se abría, húmeda y caliente. Me chupó el clítoris como si le perteneciera, y luego metió dos dedos dentro de mí, doblados, en un ángulo que hizo que gritara. Me retorcí. Intenté alejarme. Él me sujetó las caderas con fuerza, y siguió moviendo los dedos, sacudiendo mi cuerpo como si fuera un trapo mojado.
—No te detengas —murmuré, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta.
—Te voy a comer hasta que llores —dijo, y volvió a meter los dedos, esta vez tres, curvados hacia arriba, rozando esa pared interna que me hacía temblar.
Me corrió en la boca. Me corrió en la lengua. Me corrió como un hombre que sabe que ya no tiene tiempo que perder. Sentí su pene en mi garganta, pesado, cálido, vibrante. Y cuando se corrió, sus dedos se tensaron en mis caderas, y su cuerpo se estremeció, con un sonido gutural, casi animal. Me apartó el pelo de la frente, me limpió la saliva de la barbilla con el pulgar, y me besó en la frente.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije, y me senté, con las piernas aún temblando.
—¿Volverás la próxima semana?
—Sí —respondí, y me vestí, sin mirarlo a los ojos.
Y sí, volví. No por el sexo. Sino por él. Por su calma. Por su voz. Por la forma en que me mira, y que me dice: *sé lo que haces. Sé lo que quieres. Y no te juzgo*.
Y yo también lo sé. Yo sé lo que quiero. Y quiero a un hombre maduro, con sus arrugas, sus canas, su pene que late con la lentitud de quien ha aprendido a disfrutar, no a apresurarse.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.