Lo que pasó en la biblioteca municipal
7 minLo que pasó en la biblioteca municipal
Nunca imaginé que aquel lugar silencioso, de póker de reyes y olores a papel viejo y encuadernación de cuero, se convertiría en el escenario de uno de los momentos más intensos de mi vida. Yo soy Clara, bibliotecaria desde hace diez años, y durante años creí que mi rutina estaría marcada por el orden, los horarios, el murmullo suave de páginas hojeadas y el tintineo de los sellos al regresar los libros. Pero todo cambió aquel jueves de mayo, cuando él entró por la puerta principal con una sombra de lluvia en los hombros y una sonrisa tímida que no encajaba con la urgencia de sus ojos.
Se llamaba Adrián. Llevaba una camisa blanca ligeramente arrugada, los cabellos oscuros y desordenados como si acabara de pasar la mano por ellos —una mano que, años después, seguiría marcando cada curva de mi piel con la misma precisión—. En la mano izquierda, un libro de tapa dura: *Los funerales de la Mamá Grande*, de García Márquez. Lo puso en el mostrador con un gesto casi disculpante.
—¿Lo tienen? —preguntó, y su voz era más grave de lo que esperaba, con un leve vaho de café y algo más, algo que no pude identificar entonces pero que hoy reconozco como ansiedad.
—Sí, lo tenemos —respondí, y al decirlo sentí un leve cosquilleo en la nuca, como si mi cuerpo ya lo hubiera reconocido antes que mi mente.
Busqué la ficha, la localicé en el sistema, la marqué como prestado. Todo automático. Pero cuando levanté la vista para entregarle el talonario de devolución, lo vi mirando el reloj de pared, luego mis manos, luego mis ojos, y por un instante —solo un instante— el silencio de la sala se volvió denso, cargado.
—¿Vuelve a venir? —pregunté, y me sorprendí a mí misma. No era parte de mi guión. No era parte de ninguna guía profesional que me hubiera dado el instituto de formación bibliotecaria.
—Mañana, a la misma hora —dijo, y me sonrió, esta vez con algo más que timidez: con intención.
Así comenzó. Cada jueves. Siempre a las 5:45 p.m., cuando la luz del atardecer se colaba por las ventanas altas y teñía de miel los pasillos de madera. Siempre con un libro distinto: a veces clásicos, otras veces novelas policiacas o ensayos sobre historia del arte. Y siempre, al final, con esa pregunta que yo ya no intentaba ocultar: —¿Vuelve a venir?
Y siempre la misma respuesta, con esa sonrisa que ahora sé que era solo para mí: —Mañana, a la misma hora.
No hablábamos de nada serio. No al principio. Hablábamos de personajes, de pasajes subrayados, de ediciones. Él leía con la lengua entre los dientes cuando algo lo emocionaba, y yo aprendí a reconocer ese sonido como el preámbulo de una confesión. Él notaba cómo me mordía el labio inferior cuando me concentraba, cómo mi cabello se deslizaba sobre el hombro cuando me inclinaba sobre una mesa para buscar un catálogo antiguo. Él notaba todo.
Una tarde, la lluvia se detuvo antes de llegar a la biblioteca, pero el aire se volvió pesado, húmedo. Las nubes habían dejado una bruma fría en el ambiente, y el calefactor funcionaba mal. Sentada tras el mostrador, vi cómo Adrián se quitaba la chaqueta y la colgaba en el respaldo de la silla. La camisa blanca se pegaba ligeramente a su piel, marcando los bordes de los omóplatos, la curva de la espalda baja. Me miró y, por primera vez, no desvió la vista cuando nuestros ojos se encontraron. Me miró como si ya supiera que yo sabía.
—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó, señalando la silla que siempre dejaba libre junto al mostrador, la que yo misma había preparado con un cojín pequeño y una manta doblada, como si supiera que algún día alguien se quedaría más tiempo.
—Claro —dije, y mi voz se rompió en la última sílaba.
Se sentó. No tocó el libro que tenía en el regazo. En su lugar, puso las manos sobre la mesa, palmas hacia arriba, como una ofrenda. Me acerqué lentamente, como si temiera que un movimiento brusco lo hiciera desaparecer. Me detuve frente a él. El silencio no era el mismo de siempre: era vivo, palpitante, como el aire antes de una tormenta.
—¿Por qué vienes todos los jueves? —pregunté, y esta vez no fue una pregunta. Fue una confesión disfrazada.
—Porque tú estás aquí —dijo, y me tomó una mano con suavidad. No una pregunta, no una invitación: una certeza. Su pulgar rozó el dorso de mi mano, y sentí un calorcito que subió por el brazo, se extendió por el pecho, y se detuvo en la garganta como un nudo dulce.
—¿Y si mañana no vengo? —pregunté, y ya sabía la respuesta antes de que saliera de su boca.
—Entonces vendré al día siguiente —dijo, y me llevó la mano a los labios, sin romper el contacto visual—. Porque ya no es solo el libro, Clara. Es el tiempo que tardas en buscarme con la mirada. Es el modo en que guardas los libros que me gustan en la estantería de los nuevos arrivals. Es cómo me dejas esperar, un jueves tras otro, con esa sonrisa que solo aparece cuando estás segura de que nadie más te está mirando.
No pude responder. Me incliné, y mi frente tocó la suya. Sentí su respiración, cálida y ligeramente entrecortada, y supe que estaba a punto de romperse la regla más antigua de la biblioteca: *ningún usuario puede entrar en la zona de resguardo*. Pero no importaba. En ese momento, las reglas se habían vuelto polvo.
—¿Puedo…? —empecé, y no terminé la pregunta.
—Sí —susurró—. Sí, por favor.
Lo guidé por el pasillo lateral, por donde solo entramos los empleados. La luz de emergencia parpadeaba en los carteles de emergencia, y el sonido de nuestros pasos resonaba en el pasillo vacío. La puerta del depósito quedaba al final, cerrada con llave. Él sacó su llavero, pero yo ya tenía el mío en la mano. Lo miré, y él me sonrió con esa mezcla de admiración y deseo que solo los que han esperado mucho saben tener.
Dentro, el aire era frío, pero su cuerpo lo calentó en cuanto me atrajo hacia él. Me besó como si hubiera estado aprendiendo todo ese tiempo. No con urgencia, sino con una lentitud casi religiosa: primero los labios, luego la comisura, luego la punta de la lengua rozando mi labio inferior, como si estuviera descubriendo una topografía nueva. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa. Él me desabrochó el primer botón del blazer, luego el segundo, y luego, con una pausa que duró una eternidad, me pasó los dedos por el cuello, bajando despacio hasta el borde de la blusa, donde dejó la mano, como si me preguntara si estaba lista.
—Sí —susurré, y lo besé de nuevo, más fuerte, más hondo.
Me tomó en brazos como si pesara poco, y me sentó sobre la mesa de trabajo, la que usábamos para revisar inventarios. El metal frío me hizo estremecer, pero su cuerpo fue el calor que necesitaba. Me incliné hacia atrás, y él se puso de rodillas frente a mí, con una dignidad que no esperaba en un gesto tan íntimo. Me desabrochó el resto de los botones, una a una, como si cada uno fuera una página de un libro sagrado. Luego, con la yema de los dedos, trazó líneas imaginarias sobre la tela de mi sostén, hasta que lo deshizo con un movimiento suave de muñeca, y dejó al descubierto la curva de mis pechos, la palidez de mi piel bajo la luz tenue.
—Tú eres la mejor lectura que he tenido —dijo, y me tomó uno de los pechos entre las manos, con una ternura que me hizo cerrar los ojos.
No fue rápido. No fue caótico. Fue un ritual de descubrimiento: su boca en mi cuello, luego en la línea de mi clavícula, luego bajando, lentamente, hasta que sentí su lengua rozar la punta de mi pecho, y luego, con un suspiro, la suave succión que me hizo arquear la espalda. Mis manos se hundieron en su cabello, y le pedí más, con palabras suaves, con gemidos que no intentaba contener.
Cuando por fin se levantó, me quitó la falda y la ropa interior con la misma pausa, como si cada prenda fuera un capítulo que no quería terminar. Me tomó de las manos y me hizo levantar, y entonces me besó de nuevo, y sentí su erección contra mi vientre, firme, urgente.
—¿Estás segura? —preguntó, y en su voz no había duda, solo respeto.
—Sí —dije, y le puse la mano sobre la entrepierna, sintiendo el calor, la tensión, la
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