Lo que pasó en la biblioteca municipal
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La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas altas de la biblioteca municipal mientras Clara cerraba los últimos libros en sus estantes. Hacía una hora que debió haberse ido, pero el reloj de pared seguía marcando las 19:47 y ella, como siempre, se negaba a dejar el espacio antes de que estuviera impecable. La luz cálida de las lámparas de bronce proyectaba sombras largas sobre los suelos de madera envejecida, y el olor a papel antiguo y cera de pulir flotaba en el aire como un susurro.
—¿Se puede saber por qué sigue aquí? —dijo una voz grave detrás de ella, casi un murmullo, pero con un tono que no parecía molesto, sino curioso.
Clara giró sobre sus talones, aún con el trapo en la mano, y se encontró con los ojos grises de Daniel, el nuevo encargado de mantenimiento. Lo había visto antes, claro, pero siempre en movimiento: arreglando una luz, bajando una escalera, subiendo una caja. Nunca así, quieto, con los hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como si la expectativa le hubiera roto el ritmo habitual.
—Estoy cerrando —respondió ella, sin apartar la vista. Y luego, tras una pausa más larga de lo necesario—: Usted tampoco debería.
Él sonrió, un gesto breve, casi tímido, que le arrugó los párpados inferiores y dejó ver una arruga profunda en la comisura derecha de los labios.
—Me quedé porque me dijeron que la puerta del almacén de cartelería estaba rota… y no logré abrirla —dijo, acercándose un paso—. Pero ahora que la veo, prefiero quedarme. Esta hora, con usted aquí, es la única que me da ganas de prolongar.
Clara bajó la mirada al trapo, enrollándolo despacio entre los dedos. Sentía un calor sutil en las mejillas, no por la vergüenza, sino por la precisión con la que él había desarmado su propia resistencia. Sabía que él notaba la forma en que su pecho se elevaba un poco más de lo habitual. Sabía que ella lo notaba a él: los botones de su camisa de algodón clara abiertos hasta el tercer nudo, el pelo castaño claro recogido en una coleta baja, algunas hebras sueltas que le rozaban la nuca, y el olor a jabón de coco y tinta seca que lo precedía.
—¿Y si la puerta sigue rota? —preguntó ella, con la voz un poco más baja ahora.
—Entonces tendré que quedarme más tiempo —respondió él, deteniéndose a medio metro—. O pedirle ayuda.
—No soy carpintera.
—No necesita serlo —dijo él, extendiendo la mano con lentitud, como si le ofreciera una carta abierta—. Solo necesito que me diga si me deja entrar.
Ella no respondió con palabras. Simplemente dejó el trapo sobre la mesa más cercana, dio un paso hacia adelante, y puso la palma de su mano sobre la de él. La piel de Daniel era cálida, seca, con una textura suave salvo en las yemas de los dedos, donde las callas del trabajo se sentían como pequeñas montañas bajo su pulgar.
—La puerta está abierta —dijo Clara.
Él no se movió al instante. En su lugar, giró la mano ligeramente y entrelazó sus dedos con la suya, con una ternura que no era de prisa ni de necesidad, sino de descubrimiento. Entonces, sin soltarla, la llevó hacia el pasillo lateral, hacia las escaleras que descendían al almacén.
—¿Sabe? —murmuró—, nunca me había quedado tanto tiempo en una biblioteca… hasta hoy.
—Entonces hoy ha aprendido algo que no está en los libros —respondió ella, ya en el umbral, con la luz del pasillo marcando el contorno de su perfil.
—Sí —dijo él, deteniéndose frente a ella—. Aprendí que el silencio más bello no es el que se guarda en los estantes, sino el que se comparte cuando dos cuerpos deciden dejar de contar las palabras.
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