Lo que pasó en la biblioteca del vecindario
7 minLo que pasó en la biblioteca del vecindario
Yo no soy de those who act on impulse —nunca lo fui—, pero esa tarde, mientras hojeaba *El amor en los tiempos del cólera* en la mesa de madera de la biblioteca del vecindario, sentí que algo se desbordaba. No fue el calor, ni el olor a papel viejo y café recién hecho, ni siquiera el susurro constante de las hojas al girar. Fue ella.
Leticia.
Se sentó a mi izquierda, sin pedir permiso, sin sonreír, con esa naturalidad que solo tienen quienes saben que su presencia es suficiente. Llevaba una falda plisada hasta la rodilla, una blusa blanca abierta en el primer botón y el pelo recogido en un nudo desordenado, del que se le escapaban mechones oscuros que le rozaban la nuca. No me miró al principio. Apenas dejó su bolso en el suelo, se quitó los lentes de lectura y se frotó los ojos con la palma de la mano. Cuando alzó la vista, sus ojos —verdes, como hojas nuevas después de la lluvia— se clavaron en los míos sin tregua.
—¿También te distraes con los personajes secundarios? —preguntó, señalando la página con un dedo que llevaba la uña ligeramente roída—. A mí me encanta Fermina Daza, pero siempre me pregunto qué pasaría si…
—¿Si qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta antes de que saliera.
—Si ella hubiera tenido la suerte de encontrar a alguien *ahí*, en medio de todo. No en un baile, no en una carta, sino… en un lugar silencioso. Donde no los juzgaran. Donde solo existieran ellos dos y el tiempo que se robaban.
Me giré hacia ella. Casi. No del todo. Apenas un giro de hombros, lo suficiente para que mi muslo rozara el borde de su falda. El roce fue breve, accidental —o así lo fingí—, pero bastó para que su respiración se hiciera más lenta, más profunda.
—¿Y si lo hubiera hecho? —susurré—. ¿Qué habría pasado?
Ella no respondió de inmediato. Se inclinó hacia su libro, abrió una página al azar y empezó a leer en voz baja, pero no leía. Solo movía los labios, como si ensayara. Sus dedos, apoyados en el borde de la mesa, temblaban levemente. Y entonces, como si algo la hubiera decidido, dejó el libro cerrado, se volvió hacia mí y me preguntó:
—¿Crees que el silencio también puede ser un beso?
No respondí. Me levanté.
—¿Te parece si salimos un momento? —dije, sin esperar a que dijera que sí o que no. Me di vuelta, caminé hacia la puerta con pasos firmes, pero sin prisas, y la dejé a un metro del umbral, esperando.
Ella salió tras de mí.
La biblioteca estaba vacía a esas horas: viernes a las 5:30 p.m., cuando el sol ya no daba directo por las ventanas y el aire se volvía más fresco, más íntimo. Fuera del edificio, el jardín central estaba desierto. Nos sentamos en el banco de hierro forjado, bajo el árbol de flores moradas que nadie sabía bien cómo se llamaba.
—Nunca he hecho esto —dijo ella—. No con alguien que conozco. No con un vecino. No con… tú.
—¿Y por qué no? —pregunté, pero esta vez sí la miré. De frente. Con los ojos y con el cuerpo.
—Porque uno no se atreve. Porque crees que si lo haces, algo cambiará para siempre. Y tal vez… no quieras que cambie.
—¿Y qué te dice el cuerpo? —le pregunté, acercándome sin tocarla aún.
Ella tragó saliva. Su pecho subió, y bajó, dos veces.
—Dice que me gustaría que me besaras. Pero no como un vecino. Como alguien que ya me ha pertenecido. Como alguien que… sabe lo que busco cuando cierro los ojos.
Yo no esperé más.
Apoyé una mano en el banco, detrás de su cadera, y la incliné hacia mí con suavidad. Ella no se rindió. Se dejó llevar. Y cuando nuestros labios se encontraron, no fue un estallido. Fue una combustión lenta, deliberada, como si hubiéramos ensayado esa escena mil veces en sueños y solo ahora tuviéramos el coraje para representarla.
Su boca era cálida, húmeda, con un sabor a café y a algo más: a promesas no dichas, a miradas que se cruzaban en la escalera, a los “buenas noches” que se alargaban en el ascensor. Le pasé la lengua por el labio inferior, y ella suspiró, abrió la boca, y entonces sí fue todo: lento, profundo, con una ternura que no esperaba.
Me acerqué más. Mi muslo entró entre sus piernas, apenas, como para probar su reacción. Ella no retrocedió. Al contrario, apoyó una mano en mi nuca, hundió los dedos en mi cabello y me atrajo hacia ella, como si temiera que alguien nos separara.
—Diego —dijo entre beso y beso—. ¿Y si alguien nos ve?
—Que nos vea —respondí, mientras desabrochaba el segundo botón de su blusa con la yema de los dedos—. Que sepa que hoy, por una vez, elegiste estar aquí. Conmigo.
Le bajé la blusa con cuidado, dejando al descubierto la copa de su sostén, fina, de encaje color crema. El pecho de Leticia era redondo, firme, y sus pezones se erizaron apenas el aire los tocó. Le pasé el pulgar una y otra vez sobre el encaje, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, cómo su cadera se estremecía contra mí.
—Tienes manos que saben… —murmuró—. Como si ya las hubiera sentido antes.
—Quizás las he soñado —dije, inclinándome para morderle suavemente el lóbulo de la oreja—. Pero hoy, por primera vez, me atrevo a tocarte.
Me miró, y en sus ojos no había dudas. Solo un deseo tan antiguo como nuevo.
—¿Tienes llave? —susurró.
Asentí.
—Mi casa está vacía. Mi hermana está en Guadalajara.
Y así, entre besos, manos que exploraban sin prisa y miradas que se decían lo que las palabras no atrevían, caminamos hacia mi edificio. Subimos las escaleras sin decir una palabra. Al abrir la puerta, ella se detuvo en el umbral, como si necesitara una última aprobación.
—¿Estás segura? —pregunté.
Ella no respondió con palabras. Entró, cerró la puerta, se quitó las sandalias, se sentó en el sofá y se cruzó de piernas. Luego me tendió la mano.
—Solo dime qué quieres —dijo—. Porque yo ya sé lo que quiero.
Y yo lo supe también.
Me acerqué, me arrodillé frente a ella, le pasé los dedos por el muslo, subiendo poco a poco, sintiendo el calor de su piel, el temblor de sus nervios. Le separé las piernas con suavidad, y cuando mis manos llegaron a la cintura de su falda, ella se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos, y me miró con una sonrisa que era un desafío y una entrega a la vez.
—Quiero que me quites la falda —dijo—. Pero hazlo despacio. Que sepa que esto es real.
Lo hice. Con los dedos enganchados en la cintura, tiré con lentitud, dejando que el tejido deslizara por sus piernas, por sus tobillos, hasta caer al suelo. Ella no llevaba calcetines. Sus pies estaban descalzos, los dedos ligeramente arqueados, con las uñas pulidas en tono nude.
—Ahora… —dijo—. Tu turno.
Yo me levanté. Me desabroché la camisa, me la quitué, y me senté a su lado, con la espalda apoyada en el respaldo. Ella se acercó, me pasó una pierna sobre la mía, se sentó a horcajadas con delicadeza, y entonces me puso las manos en los muslos, con los pulgares trazando círculos en el interior de mis piernas.
—¿Sientes algo? —preguntó.
—Sí —respondí—. Pero lo que más siento es que esto era inevitable.
Me besó de nuevo, y esta vez fue más hondo, más urgente. Me desabrochó el cinturón sin romper el contacto, y cuando pasó la mano por mi entrepierna, sentí cómo todo mi cuerpo se contrajo. Ella sonrió contra mis labios, y me dijo:
—Entonces, diego_salas… no me dejes esperando.
Y así fue como, entre suspiros y manos que ya no temían, descubrimos que el silencio no era un beso.
Era mucho más.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.