Lo que pasó en el tren de Cancún

Lo que pasó en el tren de Cancún

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (30) · 86 lecturas · 6 min de lectura

Apenas subí al tren, el aire acondicionado me golpeó como un suspiro húmedo después de la calma agobiante de la estación. Llevaba una mochila ligera, pantalón corto de lino y una camiseta blanca un poco arrugada por el viaje desde Playa del Carmen. El horario era incómodo: 10:45 p.m., el último tren que conectaba Cancún con el aeropuerto internacional, por si perdía mi conexión a Madrid. Me costó encontrar mi compartimiento —había sido asignado al último, el más isolado—, y cuando lo encontré, ya estaba ocupado.

No por completo.

Un hombre estaba sentado junto a la ventana, con las piernas estiradas, los pies apoyados en el asiento opuesto. Usaba unos pantalones vaqueros oscuros, desgastados en las rodillas, y una camiseta negra de algodón grueso, algo grande, que le colgaba de los hombros. Tenía el cabello castaño, largo hasta la nuca, recogido en un moño torcido, y una barba bien cuidada que le dibujaba un ángulo suave en la mandíbula. Estaba leyendo, pero no me miró cuando entré.

—Perdón —dije en inglés, señalando el boleto—. Este es mi asiento.

Me lanzó una mirada rápida, breve, casi indiferente, y luego bajó los pies. Se puso de pie con calma, como si no tuviera prisa por ninguna parte, y se detuvo a mi lado, frente a la puerta abierta.

—Sí —dijo. Su voz era grave, ronca, como si acabara de despertar o de haber cantado mucho.

—¿No te importa? —pregunté, ya en español, porque noté que había entendido perfecto el inglés pero no respondió con él.

—No —dijo—. Me voy en Mérida.

—Ah. —Hice una pausa. El tren comenzó a moverse, suave, con un tintineo metálico en los frenos.— Entonces, si quieres, puedes quedarte.

No lo dije para coquetear. Lo dije porque me sentía cansado, y había algo en su forma de estar allí, de no apresurarse, que me pareció familiar. Como si también estuviera huyendo de algo.

Se sentó de nuevo. Me miró, esta vez más fijo. Tenía los ojos color miel, con vetas doradas que brillaban bajo la luz tenue del vagón. No sonrió. Solo asintió, como aprobando una ecuación silenciosa.

—Me llamo Julián.

—Santiago.

—¿Vienes de…?

—Cancún. Estuviste en la fiesta de la playa, ¿no? —pregunté, recordando los gritos de la madrugada, la música distorsionada, la multitud de siluetas moviéndose al ritmo de un techno-latino enloquecido.

—Sí. En la casa de los peces.

—Ah. Yo me quedé hasta las 6 de la mañana. Me fui a dormir en una hamaca.

Julián por fin esbozó una sonrisa. No completa, pero suficiente para que sus ojos se curvaran, para que se le marcara una arruga en la comisura.

—Las hamacas son buenas para eso.

—Para todo, si sabes usarlas.

El tren entró en un túnel. La luz del techo parpadeó, se apagó, y luego se encendió de nuevo con un zumbido. En la oscuridad, mientras el tren rugía, mis hombros se rozaron. No me moví. Él tampoco. Sentí el calor de su brazo contra el mío, el peso de su hombro. No era incómodo. Era una presencia real, tangible.

—¿Vuelves a Europa? —preguntó.

—Sí. A Madrid. Tengo trabajo pendiente.

—¿Y aquí?

—Nada. Vacaciones.

—¿Nada? —repitió, como si le costara creerlo.

—Nada. —Me giré hacia él. Ahora sí lo miraba de frente.— ¿Tú?

—Voy a Merida. A visitar a mi madre.

—¿Y vives allí?

—En Madrid. —Se detuvo.— Pero no como tú crees.

—¿Cómo entonces?

—En un piso pequeño, en Malibrán. Con un gato que odia a los extranjeros.

—¿Y tú?

—Soy arquitecto. Pero prefiero diseñar casas que no se sientan como cajas.

—¿Y qué te gusta diseñar?

—Espacios que respiran. Que dejan entrar el viento, que dejan que la luz se mueva sola.

Me pareció una forma curiosa de describir una casa. Como si las paredes fueran pulmones.

—Me gusta —dije—.

—¿De verdad?

—Sí. Me parece… íntimo.

El tren salió del segundo túnel. La luz volvió, más suave esta vez. Julián tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas. Me miró, y esta vez no apartó la vista.

—¿Tienes sed? —preguntó.

—Un poco.

—Tengo agua. —Abrió su mochila, sacó una botella pequeña de vidrio, con una etiqueta de papel manuscrito: *Agua de coco*.— ¿Quieres?

La botella estaba fría. Tomé un sorbo, lento. El líquido era dulce, con un toque ácido. Lo pasé hacia él.

—¿Tú no quieres?

—Ya tomé. —Me sostuvo la mirada mientras yo bebía.— Te gusta el sabor.

—Sí.

—Es mi favorito.

—Entonces… ¿por qué me la diste?

—Porque quiero verte beber.

No supe qué responder. El tren hizo una curva suave, y mi cuerpo se inclinó hacia él sin querer. Él se apoyó en el respaldo, como si también lo hubiera movido la curva, y su mano, sin mirar, se posó sobre mi muslo. No subió. Solo descansó, con el peso de una promesa.

—¿Te importa? —preguntó.

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí. Estoy seguro.

Su mano subió, lenta, sin prisa. Fue apenas hasta la rodilla, donde se detuvo. Luego, con el pulgar, rozó el borde de mi pantalón, como si estuviera midiendo una costura invisible.

—Estás muy tenso —dijo.

—Es el tren. Y el vuelo.

—No. —Se inclinó, hasta que su aliento rozó mi oreja.— Estás tenso porque me estás mirando. Porque sabes que yo también te miro.

Me giré. Lo miré a los ojos, esta vez sin huir.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

No respondió con palabras. Con la mano que tenía sobre mi muslo, presionó un poco, como para asegurarse de que yo sentía su pulso. Luego, con lentitud deliberada, se levantó.

—Vamos a bajar.

—¿Ahora?

—En la siguiente parada.

—¿Y qué pasa si el tren no para?

—Entonces caminamos.

Me puse de pie. El tren comenzó a desacelerar. Las luces del exterior pasaban en ráfagas, como destellos de una cámara antigua. Fuera, la selva estaba oscura, salpicada por luces lejanas.

—¿Tienes miedo? —preguntó, tomando mi mano.

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Porque si cambias de opinión…

—No cambiaré de opinión.

El tren se detuvo con un chirrido. La puerta se abrió. No había nadie en el andén. Solo dos palmeras iluminadas por un farol amarillento, y el calor que entró, húmedo, denso.

Julián bajó primero. Me tendió la mano.

—Ven.

Salimos al aire. El sonido del tren alejándose quedó atrás, rechinando en la distancia. Él me tomó de la cintura y me llevó hacia un grupo de árboles, donde el suelo estaba cubierto de hojas secas y la luna filtraba a través de las copas.

—Aquí —dijo.

Me sentó sobre una rama caída, alta como una silla. Él se puso de rodillas frente a mí, con las manos sobre mis rodillas.

—¿Te gusta esto? —preguntó, acariciando mi muslo con los pulgares.

—Sí.

—¿Quieres que siga?

—Sí.

No dijo más. Bajó las manos, lentamente, hasta mis tobillos. Me desabrochó los pantalones, paso a paso, como si estuviera abriendo una caja regalo. Luego, con suavidad, me sacó los calzoncillos.

Me miró mientras me toma la entrepierna, sin presión, solo con la palma abierta, acariciando.

—Estás duro —dijo, casi en un susurro.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estás aquí. Porque me miras. Porque sé que tú también quieres.

Se inclinó, y besó mi glande, con los labios apenas rozándolo. Luego, con la lengua, lo lamió una vez, lento, desde abajo hacia arriba.

—Julián —dije.

—Shh. —Me pasó la mano por el pelo.— No digas nada. Solo respir

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