Lo que pasó en el tren a Oaxaca

Lo que pasó en el tren a Oaxaca

@la_viajera ·17 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (14) · 62 lecturas · 7 min de lectura

Yo no creía en los encuentros fortuitos. Creía en los planes, en los horarios, en los asientos reservados. Pero aquel jueves, cuando subí al tren regional que iba de Puebla a Oaxaca, con el boleto de ida en el bolsillo trasero y el corazón un poco más acelerado de lo normal, no sabía que iba a vivir una de esas noches que se graban en la piel, no en la memoria.

Llevaba una semana sin dormir bien. El trabajo, un proyecto que no terminaba de cuajar, las llamadas de mi madre preguntando por qué seguía soltera. Había decidido escapar, aunque fuera por unas horas, y el tren, con su ritmo lento y sus ventanas grandes, parecía el lugar perfecto. Tomé mi asiento en la fila de al frente de la ventana, con el bolso sobre las piernas, el libro que no iba a leer abierto en el regazo. A mi izquierda, un hombre ya estaba sentado. No lo noté de inmediato. Solo sentí su presencia, como una corriente sutil que cambia la temperatura del aire.

Cuando levanté la vista, me encontré con sus ojos. Marrones, oscuros, con una luz suave que no era solo la del sol de la tarde que entraba por el cristal. Tenía el cabello castaño, algo desordenado, y una sonrisa que parecía guardada, como si supiera algo que yo aún no había descubierto. Me sonrió —una sonrisa pequeña, breve— y yo, por algún motivo, no desvié la mirada.

—¿También huye de algo? —me preguntó, con una voz grave que me hizo estremecer sin querer.

Me sorprendió. No esperaba una pregunta así, tan directa, tan sin preámbulos.

—No sé —respondí, y me di cuenta de que era verdad—. Tal vez solo quiero ver el atardecer desde el tren.

Asintió, como si eso bastara. Como si ya me hubiera entendido sin necesidad de más palabras. Se presentó: Mateo. Yo le dije mi nombre, Lía. Nada más. No preguntó por qué, no pidió datos innecesarios. Solo dejó que el silencio se instalara entre nosotros, cómodo, casi íntimo.

El tren avanzaba por los valles, entre montañas que se tornaban doradas con la luz del sol descendente. Los campos de maíz, los pequeños pueblos con techos de teja, los puestos de fruta a la orilla del ferrocarril. Todo parecía más lento, más real. Mateo sacó una botella de agua, abrió la tapa con la palma de la mano y me la ofreció.

—¿Quieres? —dijo, y por un instante, sus dedos rozaron los míos. Una descarga ligera, casi invisible, pero yo sentí cómo el calor me subía por el brazo, como un latido que iba directo al pecho.

Acepté. Bebí despacio, sintiendo su mirada sobre mí. No me avergonzaba. No había vergüenza en ser mirada así, con atención, con curiosidad. Me sentía vista, no examinada. Como si él supiera que no era solo mi cuerpo lo que deseaba, sino algo más difícil de nombrar.

—¿Lees siempre? —preguntó, señalando mi libro cerrado.

—No. Solo lo abro para no parecer rara.

Se rió, una risa baja, cálida. Me gustó.

—Yo también hago eso. A veces traigo un libro que no voy a leer, solo para tener algo entre las manos.

—¿Y qué libro traes hoy?

—Ninguno. Hoy preferí venir sin planeado.

El tren entró a un túnel y la luz se apagó por unos segundos. En la oscuridad, su mano encontró la mía. No fue una pregunta. Fue una confirmación. Un gesto que decía: *aquí, ahora, esto es real*. Yo no la retiré. La apreté entre mis dedos, sintiendo la textura de sus palmas, los nudillos ligeramente marcados, la fuerza suave de su agarre.

Cuando salimos del túnel, la luz volvió a iluminar el vagón, pero ya no nos importaba. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo no me exigía nada más que estar ahí, con él, con mis sentidos despiertos.

El tren se detuvo en una pequeña estación intermedia. No era nuestra parada, pero Mateo se puso de pie.

—¿Vienes?

No dudé. Tomé mi bolso y lo seguí.

Fuimos a un pequeño andén desierto, rodeado de árboles que se mecían con la brisa del atardecer. El aire olía a tierra mojada y a polvo de camino. Mateo se giró hacia mí, y esta vez no sonrió. Me tomó del mentón con suavidad, con la yema de los dedos, y me miró a los ojos.

—¿Estás segura? —preguntó, y su voz era otra cosa ahora: una promesa, un juramento silencioso.

Asentí. No con la cabeza, sino con todo mi cuerpo. Con la respiración que se aceleraba, con el calor que subía por el cuello, con la forma en que mis pechos se hinchaban ligeramente al sentir su presencia.

Entonces, me besó.

No fue un beso de deseo apresurado. Fue un beso de exploración, de lentitud. De labios que aprendían el sabor del otro. Su boca era cálida, húmeda, con un sabor dulce a agua y a algo más, algo que no podía nombrar pero que sentí en la base de la lengua. Me abrazó por la cintura, y yo puse mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido que marcaba el mismo ritmo que el mío.

Cuando se separó un poco, sus ojos brillaban. Me rozó el labio inferior con el pulgar.

—Háblame de ti —dijo, y no era una orden. Era una invitación.

Le hablé de mi ciudad, de mis miedos, de lo que me hacía reír. Él escuchaba, atento, con las manos en mis brazos, con los ojos que no dejaban de mirarme. Luego, me dijo cosas de sí mismo: que era músico, que toca en un cuarteto de cuerdas, que viajaba a menudo por trabajo, pero siempre con la sensación de estar buscando algo que no sabía nombrar.

—Tú me pareces alguien que sabe escuchar —dijo, y me besó de nuevo, esta vez en el cuello. Un beso ligero, casi una caricia, que me hizo temblar.

El tren se había ido. No importaba. En ese momento, no había pasado, no había futuro. Solo existía ese andén, el cielo que se teñía de púrpura, y él, con sus manos que ahora se deslizaban por mi espalda, bajando hasta mis caderas, jalándome con suavidad hacia él.

Sentí su erecto contra mi vientre, y me ruboricé, pero no por vergüenza, sino por el placer de sentirlo allí, presente, real. Él notó mi reacción y me sonrió, una sonrisa tierna, casi tierna.

—No te apresures —susurró—. Estamos a solas.

Me deslicé los tenis y los calcetines, y me quedé con los pies descalzos sobre el suelo de madera calentado por el sol. Él se arrodilló, sin dudar, sin temor, como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida. Me tomó una pierna y la llevó sobre su muslo, con cuidado, como si yo fuera algo frágil. Con una mano, bajó la cremallera de mi pantalón, y con la otra, desabotonó mi blusa.

No me quitó la ropa de golpe. Desvestirme fue un ritual. Sacó la camisa de a poco, rozando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando la blusa quedó suelta en mis hombros, se detuvo. Me miró con una expresión que no era solo deseo, sino admiración.

—Eres hermosa —dijo, y me besó el ombligo.

Bajó más, con lentitud, con la boca cerrada, solo con las yemas de los dedos, recorriendo la curva de mis caderas, el borde de mi falda. Me puso una mano sobre la cabeza, no para presionar, sino para acompañar, como diciendo: *aquí es seguro*. Entonces, bajó la falda y mis bragas juntas, y dejó mis piernas libres.

Se inclinó y, con la lengua, trazó un círculo suave sobre mi clítoris. No fue una caricia de urgencia, sino de descubrimiento. Me lamía con ternura, como si estuviera probando una fruta nueva, como si quisiera saber cada sabor. Sentí cómo mis musculos se contraían, cómo mi espalda se arqueaba, cómo mis uñas se hundían en sus hombros.

—Mateo —dije, y su nombre sonó como una plegaria.

Me tomó entonces entre sus brazos y me levantó con facilidad. Me apoyó contra el poste de luz del andén, con la espalda apretada contra el metal templado, mientras él me abría los pantalones y se los bajaba a mí, con calma, como si no hubiera prisa. Cuando me tuvo desnuda de cintura para abajo, se puso de pie, se desabotonó el pantalón, y sacó su pene.

Era hermoso: grueso, ligeramente curvado, con el glande rojizo y húmedo. Me lo pasó por el vientre, dej

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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