El primer beso de Lucía en la biblioteca
7 minEl primer beso de Lucía en la biblioteca
Yo nunca había estado tan nervioso con alguien antes. No por miedo, no por vergüenza —sino por la certeza de que algo iba a cambiar, y de que yo no iba a poder hacer nada al respecto. Lucía entró a la biblioteca como siempre: con esa mezcla de atención distraída y presencia ineludible que tiene la gente que no intenta destacar, pero que no puede pasar desapercibida. Llevaba el pelo suelto, un suéter ancho color crema y una mochila que parecía pesar más que ella. Se sentó a tres mesas de distancia, abrió un libro de poesía de Neruda —sí, el mismo que yo había estado hojeando media hora antes— y se puso a subrayar con un lápiz rojo.
No sabía que me miraba hasta que sentí sus ojos, no sobre el libro, sino sobre mí. Me dio un vuelco el estómago. No por miedo a que me descubriera, sino porque yo ya la estaba mirando desde hacía días, desde que había empezado a venir aquí, a esta mesa de la esquina, a escribir poemas que nunca le mostraba a nadie. Ella también escribía. A veces dejaba caer una hoja arrancada de su cuaderno y yo la recogía, fingiendo indiferencia, pero leyendo al menos una línea antes de devolvérsela. Una vez, el papel decía: *“El silencio entre dos cuerpos puede ser más caluroso que cualquier palabra.”* Me costó escribir algo después de eso.
Esa tarde, el cielo estaba gris, y la lluvia comenzó a golpear las ventanas como una advertencia. La biblioteca se vació poco a poco. Los estudiantes se fueron, los empleados apagaron luces, y cuando faltaban diez minutos para que cerraran, Lucía aún estaba allí, con el mismo libro abierto frente a ella. Me levanté. Caminé como si supiera exactamente hacia dónde iba, aunque dentro de mí todo era caos. Me detuve junto a su mesa.
—¿Te gustan los versos de Neruda? —pregunté, sin disimular la voz, sin fingir casualidad.
Ella levantó la vista. No sonrió. Me miró con una atención lenta, deliberada, como si estuviera descifrando una línea que no había leído antes. Entonces sí sonrió. Pequeño, apenas un curvatura en los labios, pero suficiente para que sintiera un calor en la entrepierna.
—Depende —dijo—. ¿Cuál versión de la pasión estás leyendo hoy?
—La que duele —respondí.
Ella cerró el libro, lo dejó sobre la mesa, y se levantó. No hubo duda, no hubo pausa que no fuera deseada. Se acercó un paso. Cerca. Tan cerca que sentí su aliento antes de oír sus palabras.
—¿Te duele más lo que no se dice… o lo que se dice y se calla?
Me tomó por el puño de la camisa. No con fuerza, pero con una seguridad que me paralizó. Me incliné, y ella lo hizo también. Nuestros labios se rozaron. No un beso, sino un preludio. Una pausa entre notas. Su nariz rozó la mía. Su respiración se aceleró. Sentí el calor de sus mejillas, el temblor en sus dedos cuando los movió hasta mi nuca.
—Hacía mucho que no sentía esto —susurró.
—¿Qué? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—La certeza de que no hay vuelta atrás.
Entonces me besó. Lento. Profundo. No con urgencia, sino con intención. Su boca era suave, pero firme. Labios húmedos, cálidos, que sabían a té de manzanilla y a algo más antiguo, más natural, como la piel tras un día de sol. Su lengua entró con delicadeza, como si temiera despertar algo que luego no quisiera dejar de dormir. Yo le respondí con las manos en su cintura, sintiendo la curva de sus riñones bajo la tela del suéter, notando cómo su cuerpo se ablandaba contra el mío.
Se separó apenas un centímetro, lo suficiente para que sus ojos se encontraran con los míos. Tenía las mejillas encendidas, los párpados pesados, los labios hinchados. Me besó otra vez, más breve esta vez, un roce que duró lo justo para que me murmurara:
—Vamos a mi departamento.
No pregunté dónde quedaba. No importaba. Subimos en silencio en el ascensor de su edificio, un edificio viejo, con el sonido de las tuberías y el crujido del piso bajo nuestros pasos. Ella sacó las llaves, abrió la puerta y me hizo entrar. El aire olía a café recién hecho, a madera envejecida y a algo floral, como lavanda.
Su departamento era pequeño, pero acogedor. Libros por todas partes. Una cama de hierro forjado en el rincón, sin sábana de albornoz, solo un edredón gris. Una ventana con cortinas medio corridas, dejando entrar la luz tenue de la lluvia que aún caía afuera.
Me quitó el suéter antes de que pudiera decir algo. Lo deslizó por mis hombros con una lentitud que hacía de cada gesto un acto de atención. Luego, con los dedos, me desabrochó los botones de la camisa, uno a uno, dejando al descubierto el pecho, el vello oscuro, el latido acelerado que debía sentirle en sus propias manos. Yo me arrodillé frente a ella, sin prisa, y le deshice el cuello del suéter, dejando que se deslizara por los brazos hasta caer al suelo. Tenía la piel clara, luminosa bajo la luz del balcón, y los pechos pequeños, redondos, con pezones que se erizaron apenas sentí su aire sobre ellos.
Me puse de pie y le desabrochó el pantalón. No me apresuré. Deslicé la mano dentro de sus calzones, sintiendo la suavidad de su pubis, la curva de sus muslos, la humedad que ya había empezado a acumularse. Ella jadeó, cerró los ojos, y se apoyó en mi hombro mientras yo le separaba los labios con la punta de los dedos. Su clítoris era pequeño, sensible, palpitante. Lo tocé con cuidado, un círculo lento, mientras ella susurraba algo que no alcancé a entender, pero que sentí en el esternón.
Me levantó la falda sin más. Se quitó los calzones y se sentó en el borde de la cama, patas abiertas, mirándome. Yo me despojé del resto de la ropa, dejando que mi pene se erguía frente a ella, firme, ansioso. Ella me tomó con ambas manos, lo acercó a su entrepierna, rozó la punta contra su entrada. Me pidió que la mirara mientras entraba. Lo hice. No con miedo, sino con reverencia.
Entré poco a poco. Su vagina era cálida, apretada, húmeda en el momento justo. No era virginidad —me lo había dicho con una sonrisa, mientras me besaba el cuello—, pero sí virginidad de intensidad. De conexión. Cada centímetro que avanzaba sentía cómo su cuerpo se adaptaba, cómo se abría sin forzar, como si me hubiera estado esperando desde siempre.
Cuando estuve hasta el fondo, nos quedamos quietos. Ella respiraba lento, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en mis muslos. Yo la besé en la frente, en las cejas, en la boca. Le acaricié el pelo, y ella gimió, un sonido bajo, gutural, que no parecía salir de su garganta, sino de más adentro.
Empezamos a movernos. Lento. Profundo. Cada embestida era una promesa que se repetía, sin necesidad de palabras. Ella se inclinaba hacia atrás, apoyándose en las manos, y yo la tomaba por las caderas, sintiendo cómo su cuerpo se ondulaba contra el mío. Su clítoris rozaba contra mí cada vez que me movía, y cuando lo toqué con el pulgar, ella gritó mi nombre por primera vez.
—Sí —dijo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta—. Sí, así.
Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, los pezones oscuros y duros. Yo los tomé en mis manos, los apreté suavemente, y ella arqueó la espalda, pidiendo más. Su respiración se aceleró, se volvió entrecortada. Sentí cómo su vagina se contrajo, primero en espasmos leves, luego en olas más fuertes. Me aferré a ella, a su cuerpo, y me dejé llevar.
No fue rápido. No fue desesperado. Fue un encuentro lento, casi ritual, como si hubiéramos rehecho un camino que ya habíamos caminado en sueños.
Cuando llegó, su cuerpo se tensó, los dedos se cerraron en los míos, y su gemido fue tan bajo, tan profundo, que lo sentí más que lo oí. Y yo, al sentir su ritmo interno, al sentir cómo me apretaba con esa fuerza que solo tiene quien ya no puede contenerse, me dejé ir dentro de ella, llenándola con todo lo que no había sabido decir.
Nos quedamos quietos, sudorosos, entrelazados. Ella me besó el cuello, susurrando algo que no entendí, pero que guardé en el pecho como una promesa. Afuera, la lluvia había cesado. El silencio que nos rodeaba no era vacío: era el eco de
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