Lo que pasó en el tren a Oaxaca

Lo que pasó en el tren a Oaxaca

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

El sol ya se deslizaba por el horizonte cuando subí al tren. Llevaba una mochila ligera, una botella de agua, auriculares en el cuello y una sensación extraña en el pecho: no era ansiedad, tampoco excitación, sino una especie de expectación silenciosa, como si el viaje mismo supiera que algo iba a cambiar. Iba a Oaxaca por trabajo, pero el motivo real me parecía ya secundario. Había decidido tomarme tres días más allá de la agenda, solo por sentirme lejos, por respirar otro aire, por permitirme el lujo de desaparecer un poco.

El tren era viejo pero bien mantenido, de esos que aún tienen ventanas que se abren y asientos de tercera clase con cojines desgastados pero suaves al tacto. Busqué mi compartimento y encontré un asiento junto a la ventanilla, justo en el pasillo. Poco después, escuché pasos ligeros, una risa contenida, y entonces ella apareció.

—¿Este está libre? —preguntó, señalando el asiento frente al mío.

Llevaba una blusa de algodón color crema, desabrochada sobre una camiseta negra ajustada, y un pañuelo rojo anudado en el pelo, como si hubiera salido corriendo de una fiesta o estuviera regresando a una. Tenía los ojos claros, casi transparentes, como vidrio hueco bajo el sol de la tarde.

—Sí —dije, con más voz de lo que pretendía.

Se sentó, se ajustó la mochila en el regazo, y me sonrió. No era una sonrisa de conocimiento, ni de evaluación; era una sonrisa de quien acaba de entrar a un lugar nuevo y decide quedarse un rato.

—¿Vas lejos? —preguntó.

—Hasta Oaxaca. Tú también.

—Sí. Pero no todo el camino, me bajaré en Teotitlán.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Mi abuela tiene una tejeduría allá. Vamos a filmar un documental sobre los patrones de los tapetes. —Me tendió la mano—. Sofía.

—Diego.

Su mano era cálida, la piel suave pero con una leve aspereza en los dedos. No supo que me detuve un segundo allí, antes de soltarla. Como si el roce hubiera dejado un eco.

El tren se puso en marcha. El ritmo suave de los rieles comenzó a marcar un compás lento, hipnótico. El sol entraba por la ventanilla, dorando la piel de sus brazos, iluminando el vello fino en sus antebrazos. Hizo un gesto para ajustar el aire acondicionado, y al moverse, la blusa se abrió un poco más, dejando entrever la curva de su pecho, suave, redondeada, cubierta por la malla negra del sujetador. No lo miré de forma insistente, pero no pude evitar notar que su respiración cambió un poco cuando el tren pasó por una curva y su cuerpo se inclinó hacia mí.

—Disculpa —dijo, sin mirarme, pero su voz sonaba más próxima.

—No pasa nada —respondí, y entonces me di cuenta de que yo también había tenido un leve temblor, como si el roce de su cuerpo con el mío hubiera sido más que accidental.

Poco a poco, la conversación fue desbocando las distancias. Hablamos de viajes anteriores, de ciudades que habíamos amado, de lo que nos había llevado a Oaxaca esa semana. Sofía hablaba con las manos, con los ojos, con una naturalidad que me pareció rara y preciosa. No parecía estar probando nada, ni buscando impresionar. Solo estaba. Y eso, en un tren lleno de desconocidos que miraban sus teléfonos o dormitaban, se volvía algo raro y poderoso.

Cuando el sol empezó a bajar de verdad, el tren entró en un túnel oscuro. El compartimento se volvió penumbra. El aire se volvió más denso, cargado del olor a papel viejo, a café frío, a su perfume —algo floral, con toques de vainilla y tierra mojada—. Me di cuenta de que yo también estaba respirando más lento.

—¿Te importa si pongo esta música? —preguntó, sacando un pequeño altavoz Bluetooth de su mochila.

—Claro.

Puso una canción suave, de guitarra y voz femenina en mixteco. El sonido se mezcló con el vaivén del tren, y por un momento, todo pareció detenerse.

—Soy muy mala hablando de mí —dijo, mirándome—. Pero contigo no me siento como si tuviera que guardarme.

—¿Y qué te pasa si te guardas?

—Que me pierdo. Que me olvido de lo que siento.

Me miró fijamente. Y yo la devolví la mirada. No hubo miedo, ni urgencia. Solo una conexión que se iba tejendo, hilillo a hilillo, como si estuviéramos hilvanando algo invisible entre nosotros.

—¿Quieres que te cuente algo? —pregunté, y al decirlo, sentí cómo mi voz se volvía más grave, más cercana.

—Sí.

—La última vez que me sentí así… fue hace mucho. En un tren también. Pero no era a alguien que apenas conocía. Era a alguien que ya me había conocido. Y no hablamos. Simplemente… nos tocamos.

Sofía se mordió el labio inferior, ligeramente. No apartó la vista. Asintió.

—¿Y qué pasó?

—No pasó nada. Me bajé en la siguiente parada. Y ella también. Y nunca más la vi.

Ella sonrió, esta vez con los ojos cerrados. Cuando los abrió, sus pupilas estaban dilatadas.

—Hoy no nos bajaremos —dijo.

El tren salió de otro túnel, y la luz de la tarde se derramó sobre nosotros. Pero esta vez, no me cegó. Me iluminó. Y en esa luz, vi cómo se levantaba, cómo se acercaba lentamente, cómo se sentaba en el asiento de al lado, no frente a mí. Cómo me tomó la mano.

—¿Te importa si te toco? —preguntó, con una voz que apenas se oía sobre el ruido del tren.

—No —susurré.

Y entonces, con lentitud, con una precisión que me hizo temblar, me acarició el dorso de la mano con el pulgar. Una y otra vez. Como si estuviera midiendo algo. Como si estuviera aprendiendo.

Luego, sus dedos se deslizaron por mis nudillos, hacia adentro, hacia la muñeca. Me tomó el pulso. Y entonces lo dijo, casi como un suspiro:

—Late fuerte.

—Sí —admití.

—¿Por qué?

—Porque siento que si me tocas así, no voy a querer bajarme en Oaxaca. Ni en Teotitlán. Ni en ninguna parada.

Sofia se acercó más. Tanto que pude sentir el calor de su pecho contra mi brazo. Pude ver las motas de polvo que flotaban entre nosotros, iluminadas por la luz del atardecer. Pude oler su piel, ahora más cerca, más íntima.

—Entonces no te bajes —dijo, y me besó.

Fue un beso lento, casi tímido, como si no estuviera segura de si era real. Pero cuando su lengua rozó mi labio inferior, supe que no era tímidad. Era cautela. Una cautela que había aprendido a usar con el mundo, pero que ahora, conmigo, se disolvía.

Lo abrí con suavidad, y entonces su lengua entró. No con urgencia, sino con curiosidad, como si estuviera leyendo una historia que no sabía si quería terminar. Pero sí, quería seguir leyéndola. Yo también.

Mis manos subieron por su espalda, bajo la blusa, sintiendo la piel cálida, la suavidad de su columna, el leve movimiento de su respiración. Ella se acercó más, hasta que su muslo rozó el mío, y entonces supe que si no hacía algo, si no me permitía ir más allá, me arrepentiría.

—¿Quieres que te toque? —le pregunté, contra sus labios.

Ella me miró, y por primera vez, hubo algo más en sus ojos. No solo deseo. Era confianza. Era entrega.

—Sí —dijo—. Pero despacio.

No hubo más palabras. Solo manos que se movían con certeza. Sus dedos bajo mi camiseta, rascando la piel de mi espalda baja. Mis manos bajando por su cuello, rozando el borde de su sostén, desabrochándolo con la punta de los dedos. Ella respiró hondo, y entonces se inclinó hacia atrás, permitiéndome verla. Verla así, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando más rápido.

Deslicé la mano dentro de su blusa, y sentí su pecho antes de verlo. Caliente, suave, perfecto. Su piel era como un sueño que no quieres despertar. Apoyé la palma contra ella, y luego con el pulgar, rozé su pezón, ya endurecido, ya esperándome. Ella gimió, suavemente, como si ese sonido le perteneciera a otro mundo.

—Diego —dijo, y mi nombre sonó como una plegaria.

Y entonces, el tren entró en otro túnel. La luz desapareció. Pero no importó. Porque ahora, en la oscuridad, sentí su cuerpo moverse hacia mí, sentí sus lab

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