Lo que pasó en el tren a Mar del Plata

Lo que pasó en el tren a Mar del Plata

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (9) · 39 lecturas · 4 min de lectura

Vení sentada al lado mío, sin querer, porque el coche estaba repleto y el último asiento libre era justamente el que quedaba al lado de la ventanilla, junto a mí. Tenía los pies cansados después de caminar toda la tarde por Recoleta, y vos también parecías agotada, pero no desanimada: los labios medio abiertos, el pelo rubio suelto sobre los hombros, una camiseta blanca un poco ajustada que dejaba ver la curva de tu espalda baja. Me fijé, claro que me fijé. No era difícil.

—Perdón, ¿podés mover un poco el bolso? —me dijiste, con esa voz suave pero firme, de quien no se disculpa más de la cuenta—. Me está incomodando el brazo.

—Claro, disculpá —y lo hice, con calma, sin apuro, porque ya me estaba gustando la cosa. Me encantaba cómo decís “disculpá” en vez de “perdón”, cómo inclinás un poco la cabeza cuando hablás, como escudriñando un poco la cara ajena antes de confiar.

El tren arrancó con ese vaivén suave, de los que invitan a cerrar los ojos, a dejarse llevar. vos te recostaste contra el respaldo, cerraste los ojos, y yo, por curiosidad más que por otra cosa, me dedicé a mirarte sin disimulo: las pestañas largas, la nariz recta, el cuello que se alargaba hasta desaparecer bajo la camiseta. Cuando abriste los ojos otra vez, me agarraste la mirada directo, sin huir.

—Me estás mirando —dijiste, medio sonrisa, medio acusación.

—Sí —le dije, sin rodeos—. No me disimulás mucho tampoco, por lo que veo.

—No me gusta fingir —respondiste, y vos sabés que en ese momento ya no me costó nada inclinarme un poco hacia vos, acercar la mano al borde de la mesa plegable entre nosotros. Mis dedos rozaron los tuyos, sin intención aparente, pero vos no los retiraste. Al contrario: apretaste un poco, como diciendo *seguí*.

El tren pasó por Adrogué, y el sol se metió por la ventanilla, iluminando tu perfil, la curva de la mejilla, la suavidad de tu cuello. Sentí que la respiración se me aceleraba. No era solo vos, era la espera, el silencio cómplice, el calor que empezaba a subir entre los dos sin que nadie lo haya dicho.

—¿Te gusta viajar en tren? —preguntaste, como para romper el encanto, pero no: era parte del encanto.

—Sí, cuando hay alguien al lado —le dije, y vos te reíste, baja, contenida, como si ya supieras que iba a pasar algo.

—¿Y qué hacés cuando viajás sola?

—Depende. Si me sentís cerca… —me encogí de hombros—, depende de vos.

Fue entonces cuando vos me agarraste la mano, de golpe, sin más. Me giraste la palma hacia arriba y pasaste el dedo índice por la línea de la vida, despacio, como si leyeras algo. Me pusiste los pelos de punta.

—¿Te gustaría que te acompañara a Mar del Plata? —susurraste, casi con los labios rozando mi oreja.

—Sí —le dije, sin dudar—. Sí, quería que lo dijeras.

El tren entró a General Roca y vos te levantaste, me tendiste la mano, y sin más preámbulos, sin mirar atrás, me hiciste seguirte. Bajamos en la siguiente parada, la última antes de la estación de Mar, donde nadie nos conocía, donde nadie iba a preguntar quiénes éramos ni qué buscábamos.

En un hotel pequeño, de fachada sencilla pero con cortinas pesadas y cama de dos plazas, vos me pediste que te quitara la camiseta. Y yo lo hice, con calma, mirándote a los ojos mientras desabrochabas vos también mi remera. Después, cuando quedamos apenas con ropa interior, vos te subiste a la cama, te tumbaste de costado, y me dijiste:

—Vení. Mirá cómo me pone que me mires.

Y vos sabés lo que pasó después. Cogimos con lentitud, con ganas, sin prisas, como si el tiempo no existiera más allá de ese cuarto, de esa cama, de ese cuerpo que te temblaba bajo mis manos. Garchaste con los pies encima de mis muslos, la cabeza lanzada hacia atrás, la boca abierta, los gemidos bajos, ahogados en la almohada. Y cuando vine adentro de vos, sentí que el mundo se detenía, que solo existíamos vos y yo, y el olor a salitre que aún traías puesto, mezclado con el mío.

Al día siguiente, cuando despertamos abrazados, vos me dijiste, medio dormida: —Mañana vuelvo. Pero hoy me quedo con vos.

Y yo, sin pensarlo, te besé la frente y le dije: —Bienvenida a Mar del Plata, pija.

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