Lo que pasó en el tren a Mar del Plata
El tren 141 partía puntual a las 18:47 de la Estación Constitución, con esa humedad que aún colgaba del aire después del chaparrón de la tarde. En el vagón de primera clase —menos concurrido, más tranquilo—, Facundo se acomodó en su asiento junto a la ventana. Llevaba una camiseta blanca ligeramente sudada por el calor, el pelo negro despeinado por el viento de la plataforma, y un bolso de viaje colgado al hombro. Miraba absorto el paisaje de la línea Roca cuando, justo al otro lado del pasillo, alguien se sentó.
Se llamaba Leandro, y Facundo lo notó antes de mirarlo: primero el olor, un mezcla de jabón de afeitar de vainilla y sudor salado, luego la vibración sutil de su muslo rozando el respaldo del asiento contiguo. Leandro tenía los hombros anchos, los dedos largos y una tatuaje pequeño —un triángulo con una línea curva— en el dorso de la mano derecha. Se quitó la remera gris oscura antes de sentarse, dejando al descubierto una camiseta fina que marcaba el contorno de sus pectorales.
—Perdón, el otro estaba ocupado —dijo Leandro, sin mirarlo, pero con una sonrisa que se le curvaba apenas en la comisura—. ¿Vas lejos?
—Hasta Mar del —respondió Facundo, y se dio cuenta de que le temblaba un poco la voz—. ¿Vos?
—Mismo. Dos días, tal vez tres. Me juntó un amigo en La Plata, pero se rompió el pibe con la novia y me dejó solo como un imbécil.
Facundo soltó una risa baja, auténtica. Leandro le devolvió la sonrisa, esta vez con los ojos enteros, oscuros y húmedos.
—Yo voy a ver a mi mamá. Le dije que volvía antes, que no me esperaba —dijo Facundo, y de pronto sintió que le subía la temperatura—. Pero no me arrepiento.
Leandro se inclinó hacia adelante para desabrocharse el cinturón de seguridad, y el escote de su remera se abrió un poco más. Facundo no pudo evitar mirar: una línea de pelo que bajaba desde el ombligo, desapareciendo bajo el borde de los pantalones.
—¿Y qué hacés en Mar del Plata? —preguntó Leandro, y ahora sí lo miró directo, sin disimulo.
—Nada. Caminar. Tomar una cerveza. Poco más.
—Yo sí voy a coger. Con alguien.
La frase cayó como una chispa. Facundo sintió cómo se le erizaba la piel. No por la crudeza, sino por el modo en que Leandro la dijo, sin tapas, sin pedir permiso, como si ya hubiera decidido que ambos lo harían.
—¿Y si esa alguien no está? —preguntó Facundo, con una sonrisa que le tembló hasta en las cejas.
Leandro se cruzó de piernas, despacio, dejando que su muslo rozara la parte externa del de Facundo. Una y otra vez, con un ritmo que parecía casual pero no lo era.
—Si no está… —dijo, inclinándose hacia adelante, casi susurrando—, entonces cogo solo. Pero con la imagen de vos sentado acá, con esa camiseta pegada a la espalda y las manos un poco sudadas, mirando el campo como si te hubieras olvidado de cómo se siente el aire libre.
Facundo tragó saliva. Leandro no lo había mirado las manos, pero sí sabía dónde estaban. Y no lo había tocado, pero ya lo había desvestido con la mirada.
El tren entró en el túnel de La Plata, y la luz se apagó por un momento. En la penumbra, Leandro se levantó, dio un paso al costado, y se sentó a su lado, en el asiento vacío. El espacio se encogió. El aire se volvió espeso, cargado de electricidad.
—¿Te importa si te toco? —preguntó Leandro, la voz más grave ahora, con un matiz de demanda y súplica juntas.
Facundo negó con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
—No me importa —susurró—. Me encantaría.
Leandro puso la mano derecha sobre su muslo, firme, cálida. Lo rozó con el pulgar, una y otra vez, en círculos pequeños, subiendo poco a poco. Facundo cerró los ojos. Sintió el calor del cuerpo de Leandro, el olor de su cuello, el sonido de su respiración acelerándose. Sus dedos se detuvieron justo por encima de la entrepierna de Facundo.
—¿Estás durísimo? —preguntó Leandro, sin disimular la sonrisa.
—Sí —admitió Facundo, con voz ronca—. Pero no por vos. Por el hecho de que vos estés acá, tocándome así.
Leandro se acercó, hasta que sus labios rozaron la oreja de Facundo.
—Entonces querés que siga —dijo—. Que te quite la camiseta, que te baje el cierre, que te meta la mano adentro y te haga gemir hasta que el tren se detenga.
Facundo gimió. Sí. Gimió de verdad.
Leandro se separó apenas para desabrocharle la camiseta con movimientos rápidos pero seguros. La subió, dejando su pecho al descubierto, con las puntas de los pezones ya duros y oscuros. Leandro los rozó con el dorso de los dedos, luego los apretó con suavidad, y Facundo arqueó la espalda, gritando un “¡ah!” que ahogó contra su hombro.
—Bajá la cabeza —susurró Leandro.
Facundo lo hizo. Y Leandro lo besó. No un beso de prueba ni uno tímido. Un beso hondo, con lengua, con sabor a café y tabaco, con saliva y deseo. Facundo le agarró la nuca, lo jaloneó hacia sí, abriendo la boca más, profundizando. Leandro se sentó sobre una rodilla, apoyando la otra en el asiento, y puso la mano derecha dentro del bolsillo delantero de sus pantalones, rozando su erección a través del tejido.
—Culo —susurró Leandro entre beso y beso—. Quiero saber cómo es tu culo.
Facundo lo miró, con los ojos vidriosos.
—¿Y si te digo que no soy de los que se dejan? —preguntó, fingiendo resistencia.
—No pedí permiso —dijo Leandro, y volvió a besar su cuello, mordiéndole la arteria—. Solo avisé.
Con un solo movimiento, Leandro le bajó el cierre, sacó su pene ya medio duro, su concha redonda y pesada, y lo tomó con la mano entera. Lo frotó lentamente, desde la base hasta la cabeza, pasando el pulgar por el orificio, humedecido ya por el preseminal.
—Mirá —dijo Leandro, tomándole la mano y llevándosela al pene—. Sentí cómo late. Es tuyo, pero ahora es mío.
Facundo dejó que lo guiara. Que le acariciara su pene con los mismos movimientos que Leandro le había enseñado. Que lo apretara con fuerza, que lo estirara, que lo moviera hacia arriba y hacia abajo, con la palma húmeda.
—Vamos a coger —dijo Leandro—. No sé dónde, ni cuándo, pero lo vamos a hacer.
Facundo se corrió con el beso aún en los labios, con la mano de Leandro cerrada alrededor de su pene, con el olor de su cuello en la nariz y el sonido de su respiración en el oído. Leandro no se detuvo hasta que lo sintió temblar, hasta que vio cómo se le cerraban los ojos y cómo soltaba un gemido largo, arrastrado, de esos que solo dan los que están a punto de perderse.
—¡Mierda —murmuró Facundo—, mierda, Leandro!
—Sí —dijo Leandro, besándole la frente—. Mierda. Ahora vení.
Se levantó, lo tomó del brazo, y lo guió hasta el baño del vagón. La puerta se cerró con un clic. Y dentro, entre la luz tenue y el olor a desinfectante, Leandro lo sentó sobre la tapa del inodoro, le abrió las piernas, y le quitó la ropa con cuidado, como si fuera algo precioso que no quería romper.
—Ahora —dijo—. Ahora que ya sabés cómo me gusta, decime: ¿querés que te garche? ¿O querés que te meta el dedo primero?
Facundo no respondió con palabras. Sólo puso su mano sobre la cabeza de Leandro, y lo empujó hacia abajo, hacia su concha ya dura, hacia la promesa del calor, del deseo, del viaje que recién empezaba.
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