Lo que pasó en el tren a Guadalajara
El tren se estremeció al salir de la estación de Madrid-Chamartín, sacudiendo suavemente los asientos de piel negra y el ambiente cargado de café recién hecho y perfume caro. Clara se acomodó en el ventanilla del compartimento de primera clase, ajustándose el suéter de lana sobre los hombros. Llevaba el pelo recogido en un nudo desordenado, una falda larga que le quedaba un poco apretada en las caderas y zapatos de tacón bajo que ya le dolían. Llevaba dos horas de viaje por delante, y el rumor de las ruedas sobre los raíles le ofrecía una suerte de calma artificial, una pausa entre el caos de su trabajo en Berlín y el reencuentro con su madre en Guadalajara.
A su lado, sin haber hecho ruido al sentarse, llegó él. Alto, de hombros anchos, una barba bien recortada y ojos verdes que parecían haber visto más de lo que nunca contarían. Llevaba una mochila negra, una camiseta oscura y vaqueros ajustados que marcaban la curva de su trasero al inclinarse para guardar el equipaje. Se disculpó con una voz grave y ronca, casi un susurro que le rozó la nuca.
—Disculpa, creí que este asiento estaba libre.
Clara sonrió sin mirarlo directamente, sintiendo un calor inmediato en la piel.
—No hay problema. Yo tampoco lo reservé.
Él asintió y le dedicó una media sonrisa, breve pero intensa, antes de ajustarse el cinturón de seguridad. El tren ganaba velocidad y la luz del atardecer entraba por la ventanilla, iluminando sus perfiles como si fueran dos figuras en un cuadro antiguo.
—Vas lejos —dijo él, señalando el boleto que Clara había dejado sobre el asiento contiguo.
—Hasta Guadalajara. Tú?
—Hasta León. Pero me bajo en Zamora si el café del bar no es una burla.
Clara rió, baja, contenida, pero con ganas. Él le devolvió la risa, y esta vez sí la miró fijamente. Clara notó que sus ojos se deslizaban por su cuello, por la curva de su clavícula bajo el suéter, por la forma en que la falda se ajustaba sobre sus muslos cuando cruzó las piernas.
—¿Te parece una apuesta? —dijo ella, casi por instinto.
—¿De qué se trata?
—Si el café de Zamora es mejor que el de León, me invitas a una copa en Guadalajara al bajar.
Él se inclinó un poco hacia ella, acortando la distancia entre ambos asientos. Su mano rozó el borde del asiento, cerca de la de Clara. Ella sintió el calor que emanaba de su piel, un calor que no tenía nada que ver con el sol que aún colgaba en el horizonte.
—Acepto —dijo él—. Pero solo si me dices tu nombre.
—Clara.
—Sergio.
Fue suficiente. Nada más. Pero ya había algo entre ellos, algo cargado y real, como si el tren los hubiera encerrado juntos por accidente y ahora tuvieran que deshacerse de esa tensión antes de llegar a destino.
Sergio se giró hacia ella, con una lentitud deliberada, y puso su mano sobre la suya. No la tomó, solo la rozó, con la palma abierta y cálida. Clara sintió un estremecimiento que le bajó directo al vientre, apretando los músculos internos como si su cuerpo ya supiera lo que estaba por venir.
—¿Te importa si te toco? —preguntó él, sin soltar su mirada.
—No —respondió Clara, apenas un hilo.
Él levantó su mano y le acarició el dorso con el pulgar, despacio, en círculos que le hacían erizar la piel. Luego, lentamente, le separó los dedos y encajó los suyos entre los suyos. Clara sintió un nudo en la garganta. No era el primer hombre que la tocaba, pero había algo en la forma en que Sergio lo hacía: sin prisa, sin exigencia, pero con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
—¿Te gusta? —susurró él.
—Sí —confesó Clara, con la voz un poco quebrada.
Sergio se inclinó y le rozó la oreja con los labios.
—Quiero llevarte a la habitación del tren.
Clara se humedeció los labios. Sabía que era imposible. Que los trenes no tenían habitaciones privadas en primera clase, que era una locura. Pero también sabía que su cuerpo ya estaba respondiendo: sus pechos se habían endurecido bajo la tela, su clítoris palpitaba con cada roce de sus dedos entrelazados, y su vagina se contrajo suavemente, como si ya se hubiera preparado para lo que vendría.
—No hay habitaciones —dijo ella.
—Entonces hagámoslo aquí.
Y antes de que ella pudiera responder, Sergio la atrajo hacia sí con una fuerza repentina, pero no agresiva, apenas un impulso. Clara cayó contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa, el olor a madera y tabaco y algo más, algo fértil y oscuro. Él le sujetó la nuca con una mano y le besó el cuello, mordisqueando suavemente, lamiendo el sabor salado de su piel.
Clara arqueó la espalda, empujando sus pechos contra su pecho, y dejó que sus dedos se deslizaran por debajo de la camiseta de Sergio, acariciando su abdomen plano, sus musculosos oblicuos, bajando más hasta rozar el borde de su cinturón.
—Dime qué quieres —le pidió él.
—Quiero que me toques —susurró Clara—. Aquí, ahora. Que me hagas sentir cómo me quieres.
Sergio soltó una risa baja, vibrante, y la empujó ligeramente contra el respaldo del asiento. Con la otra mano, la que no le sujetaba la nuca, bajó por su espalda hasta las caderas y le apretó la nalga derecha, tirando de ella hacia él. Clara sintió el bulto evidente de su erección a través de los jeans, y un calorcito le subió por la espina dorsal.
—Y tú —dijo ella—, ¿qué quieres?
—Tu boca —respondió él sin dudar—. O tus manos. O tu vagina. Todo. Pero quiero que me des. Quiero que me tomes y me muestres lo que sientes.
Clara soltó su mano y se puso de pie, con un movimiento firme y decidido. Se quitó el suéter, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos redondeados. Luego, con lentitud teatral, se quitó la falda y los calcetines, y se deslizó la ropa interior por las caderas.
Sergio la observaba, con los ojos oscuros, la respiración entrecortada. Clara se sentó a horcajadas sobre su regazo, con las manos apoyadas en sus hombros, y le desabrochó el cinturón con una sola mano. Luego bajó la cremallera de sus jeans, que quedaron abiertos como una boca entreabierta.
Sergio le quitó el sujetador con un movimiento rápido, y sus pechos saltaron hacia adelante, duraznos maduros y brillantes. Él los tomó con ambas manos, los apretó con fuerza, y bajó la cabeza para chuparle uno de los pezones, que se endureció al instante, hinchándose como una cereza.
Clara gimió, bajo, gutural, y movió las caderas contra su erección, sintiendo la dureza de su pene a través de la tela de sus calzoncillos. Él la sostuvo con más fuerza, le mordió el pezón, y luego le besó la boca, con la lengua que entró con una seguridad que no dejaba lugar a la duda.
—Quiero ver tu cuerpo —dijo él—. Quiero entrar en ti.
Clara se separó un poco, le quitó los jeans y los calzoncillos, y dejó su pene al descubierto: grueso, moreno, con un glande hinchado y húmedo por el preseminal. Lo sostuvo con la mano, acariciándolo lentamente, sintiendo su temperatura, su textura, la forma en que se estremecía con cada toque.
—Estás tan caliente —dijo ella.
—Por ti.
Sergio la ayudó a ajustarse, a posicionar su pene frente a su vulva, ya húmeda y abierta, con los labios internos hinchados y brillantes. Clara se inclinó hacia atrás, con las manos en sus hombros, y bajó lentamente su cuerpo sobre él, sintiendo cómo su pene entraba en ella, grueso, caliente, llenándola por completo.
Gimió al sentirlo, un sonido profundo, animal. Sergio le sujetó las caderas y la empujó hacia abajo, hasta que sus nalgas tocaron su pubis, y entonces la levantó con fuerza, sacándola casi por completo, para volverla a hundir, con más fuerza, más profundidad.
El tren giró en una curva y Clara se aferró a él, sintiendo su pene estallar dentro de ella con cada empuje. Él le besó el cuello, le mordió la oreja, le murmuró palabras sucias al oído: “Más fuerte”, “Así sí”, “Dime que me quieres”, “Que me lo das
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