Lo que pasó en el tren a Acapulco

Lo que pasó en el tren a Acapulco

@la_viajera ·10 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (36) · 18 lecturas · 4 min de lectura

El tren que partió de la Estación Central de México rumbo al sol del sur iba medio vacío, con el aire acondicionado pitando suave y el ritmo metálico de las vías marcando el tiempo. Elena, con su blusa blanca abierta hasta el tercer botón y los cabellos recogidos en un moño deshecho, se acomodó en el asiento de la ventanilla. Llevaba dos horas de viaje, una botella de Agua Fresa a un lado y una libreta vacía en el regazo. Le gustaba escribir en movimiento, cuando el mundo pasaba como si fuera una película en cámara rápida: campos, alacranes al borde de la vía, iglesias pequeñas con cruces de madera.

Fue entonces cuando él subió.

Llevaba una mochila negra, pantalones de mezclilla desgastados en las rodillas y una sonrisa que no era de turista. Se llamaba Daniel, según la placa que colgaba de su cuello con una cadena de plata. Se sentó justo frente a ella, con los pies separados, las manos entrelazadas sobre las rodillas y los ojos que parecían conocer el país mejor que ella.

—¿Tú también vas pa’ la costa? —preguntó, sin apuro, como si ya lo hubieran hablado antes.

—Sí —respondió ella, sin mirarlo de frente—. A casa de mis padrinos. Tengo que firmar papeles.

—Ah, de los que tienen el rancho cerca de Xochiteca —dijo él, como si recordara algo lejano.

Elena lo miró entonces, de verdad. Tenía labios gruesos, piel morena clara con pecas que se le marcaban en los hombros cuando se quitó la camiseta para acomodarse. Un tatuaje de una serpiente en espiral le subía por el antebrazo izquierdo. No parecía peligroso. Solo… interesante.

—¿Y tú? —preguntó ella.

—A Acapulco, a pintar. Soy artista. —Señaló la mochila—. Ahí dentro tengo los lápices, los colores y los papeles.

—¿Y pintas nalgas? —le soltó ella, sin pensarlo, como si el calor del tren le hubiera derretido las reservas.

Él se rió, bajo, con la boca entreabierta, y ella sintió un cosquilleo en la espalda baja.

—Solo si me lo piden.

El tren entró a un túnel y la luz se apagó por un momento. En la penumbra, sus ojos se encontraron de nuevo, y esta vez no hubo distracción. Daniel se inclinó hacia adelante, con las manos apoyadas en el borde del asiento frente a él, y Elena sintió que el aire se volvía más denso, cargado de algo que no era solo electricidad, sino deseo.

—¿Te parece si jugamos un juego? —susurró él.

—¿Cuál?

—El de las preguntas veraces. Una cada quién. Si respondes bien, te beso. Si no, te beso de todos modos.

Ella sonrió, y por primera vez ese día, se relajó de verdad.

—Estás loco.

—Sí —dijo él, sin vacilar—, pero ahora tus nalgas están apretadas por el asiento y tus pechos suben y bajan como si fueran olas pequeñas. ¿No sientes que algo aquí va a cambiar?

Elena no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, lentamente, hasta que sus labios rozaron los suyos. Fue un beso corto, de prueba, como si ambos quisieran saber el sabor antes de beber. Él la tomó por la nuca, con la palma caliente, y la atrajo hacia sí. El beso se volvió más profundo, más lento, con lengua que exploraba como si fuera la primera vez que alguien tocaba ese lugar.

El tren salió del túnel y la luz los golpeó de nuevo, pero nadie miró. Un viejo leía su periódico, una pareja de adolescentes se besaba en el asiento de atrás, y el niño pequeño lloraba suchupitas mientras su mamá le acariciaba la frente. Nadie notó cuando Daniel le subió la blusa a Elena y le pasó la mano por la cintura, bajando hasta el borde de sus pantalones.

—Aquí no —susurró ella, pero no sonaba como una negativa.

—No —concedió él—. Pero cuando lleguemos… te voy a chupar hasta que te olvides de los papeles.

Elena cerró los ojos y se mordió el labio inferior. Sintió cómo su cuerpo respondía, cómo la humedad le bajaba por el interior, cómo su cuerpo ya no era el de la mujer que iba a firmar papeles, sino el de alguien que estaba a punto de perder el control.

—¿Te gusta eso? —le preguntó él, sin moverse, con la voz ronca.

—Me gusta que sepas cómo se siente mi culo apretado, y que me llames *chingona* en voz baja… —dijo ella, y por primera vez, lo miró con los ojos medio cerrados—. Me gusta que me digas que voy a chingar bien, y que me vas a hacer gemir como si no hubiera mañana.

Él asintió, y le acarició la rodilla con el pulgar.

—Entonces espera a que lleguemos —dijo—. Porque cuando te saque de ese pantalón, no vas a querer volver a subir al tren.

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@la_viajera

Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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