Lo que pasó en el taller de costura de mi vecina
Yo nunca imaginé que algo así me pasaría. Si alguien me lo hubiera dicho, hasta le hubiera reído la gracia. Pero la vida, che, te pone en el lugar justo cuando menos lo pedís. Todo empezó con un hilo, una aguja y una disculpa que se volvió cosa de locos.
Mi vecina es Lorena. Tiene treinta y tantos, viuda desde hace un par de años, dos hijos chicos que andan por la escuela y un taller de costura que montó en casa porque, como ella decía, “acá en el barrio nadie arregla un vestido como ella”. Yo la conocía de oídas, de verla salir con su bolso grande y los rulos en la cabeza, siempre con una sonrisa que te daba ganas de saludar aunque no la conocieras. Pero nada más.
Hace un mes, se rompió una cremallera del vestido que usó para ir a una boda. No era uno cualquiera: era ese que le hicieron en Chile, de seda china, con espalda descubierta y una abertura hasta acá. Se puso nerviosa, porque al día siguiente tenía una reunioncita importante, algo de trabajo, y no quería andar con esa falla. Así que llamó a la puerta.
—¡Mateo! ¿Estás ahí? —sonó su voz por el intercomunicador, un poco apurada.
Abrí y la vi parada ahí, con una camiseta blanca y una pollera negra, los pies descalzos, los rulos sueltos, los ojos brillantes de preocupación.
—¿Podés ayudarme? Me rompió la cremallera del vestido y no sé cómo arreglarlo… —dijo, con un tono que mezclaba vergüenza y confianza.
—Claro, si querés —le dije, sin saber qué me estaba metiendo.
Me invitó a subir. Su departamento era chico pero bien ordenado, con cortinas de encaje, fotos de sus hijos enmarcadas y un escritorio al fondo, convertido en taller: máquinas de coser, tijeras, hilos de todos los colores, alfileteros, paños de lana para planchar… y un espejo de cuerpo entero al costado, con una silla de madera puesta frente a él.
—Pasá —me dijo—. Acá no tenés nada que hacer, pero al menos podés mirar y decime si me parece bien o no.
Me senté en la silla de madera, frente al espejo, mientras ella se puso de pie frente al espejo también, con el vestido colgado de los hombros. Se lo desabrochó lentamente, dejando que la seda se deslizara por sus brazos hasta caer al suelo. Y ahí quedó, sola, con un brassier de encaje negro y medias con ligas.
—Mirá cómo quedó la cremallera —me dijo, señalando el costado derecho, donde la cremallera se había desprendido por arriba. La tela estaba un poco desgastada, como si la presión la hubiera roto.
—Sí, está feo —le dije, con la boca seca—. Se puede coser de nuevo, pero va a hacer falta reforzar el tejido.
—¿Podés hacerlo vos? —preguntó, mirándome fijo—. Yo no tengo ganas de llevarlo a una costurera, y vos parecés saber de esto.
—Sí, si querés, lo arreglo ahora mismo.
—Está bien. Pero tenés que usar mis cosas —dijo, y me pasó una aguja y un carrete de hilo negro—. Y si me tenés que tocar para sujetar la tela… no pasa nada. Es trabajo.
Me puse de pie. Me acerqué. Su espalda era linda, con una línea suave que bajaba hasta la curva de sus caderas, donde el brassier se ajustaba como hecho a medida. Tenía una marca pequeña, casi invisible, como una cicatriz de acné, justo encima de la curva del culo. Me costó mantener la mirada fija en la cremallera, pero lo hice.
—Acomodá la tela —le dije—. Tenés que jalar un poquito para que no se arrugue.
Ella obedeció. Me incliné detrás de ella, mi pecho casi rozando su espalda, y sentí su respiración, un poco más rápida. Apreté la tela con los dedos, y cuando la aguja rozó su piel, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Perdón —susurré.
—No te disculpes —dijo, sin volverse—. Es solo costura.
Pero no era solo costura.
La aguja se metía y salía, lenta, precisa. Yo sujetaba el borde de la tela con la otra mano, los dedos rozando su cintura. Y cada vez que ella se movía un poquito, sentía el calor de su cuerpo, el olor a vainilla y a sudor suave. Me puse duro, sin poder evitarlo.
—¿Estás cómoda? —le pregunté, como para romper el silencio.
—Sí… —dijo, y se giró un poco—. Pero… ¿y si me ayudás a aflojar el brassier? Me apreta un poco, y no me da para estar con él puesto mientras trabajo.
—Claro —susurré, y me puse de pie frente a ella, con la aguja en la mano.
La toqué por primera vez: mis dedos rozaron la espalda de su brassier, buscando el cierre. Era pequeño, casi invisible. Lo desabroché con cuidado, y ella dejó que se deslizara por sus brazos hasta caer al suelo también.
Y ahí quedó, completamente desnuda, frente al espejo, con las piernas ligeramente separadas, las tetas pequeñas pero firmes, los pezones tiesos, como si ya estuviera sintiendo algo. No me miraba, pero sus ojos se clavaban en los míos a través del reflejo.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, con la voz ronca.
—Sí —dijo, sin dudar—. Pero no lo digas en voz alta.
—¿Por qué no?
—Porque… me hace sentir viva.
Me acerqué. Le pasé la mano por el costado del cuerpo, desde la cintura hasta la cadera, y sentí cómo se estremecía. Le toqué el muslo con la palma abierta, subiendo poco a poco, hasta que mis dedos rozaron la parte superior de su concha. Estaba húmeda. Ya.
—¿Estás puesta? —le pregunté, sin mirar el espejo, solo sintiéndola.
—Sí… —gimió—. Pero no te detengas con la cremallera.
Le dije que sí, que la terminaba primero. Pero cuando terminé, cuando la cremallera estaba firme y la tela bien unida, me puse de pie y le dije:
—Ahora sos mía.
Se giró, lentamente, y me miró a los ojos. No había miedo, solo ganas. Me pasé la lengua por los labios, le tomé la cara con las dos manos y le besé el cuello. Luego, su oreja. Y después, lentamente, le abrí los labios con los dedos y le metí la lengua. Ella gimió, bajó las manos y me desabrochó la camisa.
—Vamos a la cama —me dijo.
—No —le dije—. Acá. Con el espejo. Quiero verte.
La tomé de la mano y la llevé hasta la silla. La senté, con las piernas abiertas, y me puse entre ellas. Le separé los muslos con las rodillas y me incliné, con la cara pegada a su concha. Olía a mujer, a sudor, a deseo. Le aparté los labios con los dedos y le pasé la lengua por encima, lento, saboreando. Ella se agitó, apretó los puños, y me dijo:
—Sí, así… más fuerte.
Le metí dos dedos, curvados hacia arriba, y empecé a moverlos, lentos, como si le estuviera haciendo el amor con las manos. Ella jadeaba, sus caderas se movían al ritmo de mis dedos, y cuando le toqué el punto duro, justo encima de la entrada, estalló. Se puso tensa, gimió mi nombre, y su concha se contrajo alrededor de mis dedos.
—Mateo… —susurró—. Quiero que me garchés.
Me paré. Me desabroché el pantalón, saqué la pija dura, negra, con el capuchón hinchado y la punta brillante de preseminal. Le dije:
—¿Estás segura?
—Sí —dijo—. Quiero sentir tu verga dentro.
Me puse frente a ella, la tomé de las caderas y le metí la punta de la verga en la concha, rozando su clítoris. Ella gimió. La empujé un poco, y entró. Fue lento. La abrí con los dedos, la empujé con la punta, y cuando sentí que rozaba su fondo, la empujé todo lo que pude.
Ella soltó un grito ahogado. Estaba apretada. Caliente. Tight. La cogí con fuerza, con las dos manos en sus caderas, y empecé a sacar y meter, lento, con el cuerpo inclinado hacia adelante, para que la verga le rozara el punto G cada vez que entraba.
—Sí… así… más fuerte —me decía.
Y yo le daba. Más fuerte. Más rápido. Su cabeza se rebotaba contra la pared, los pechos se movían, y sus gemidos eran cada vez más fuertes. Le agarré una teta con la mano, le di un pellizco suave, y ella se puso más dura.
—Quiero que me hagas un bebé —me dijo, con los ojos cerrados—. Quiero sentir tu verga dentro mía, llenándome.
—Está bien —le dije—. Pero primero voy a correrme.
Le metí la pija hasta el fondo, la sujeté con fuerza y empecé a moverla en círculos pequeños, rozando su clítoris con la punta. Ella se puso tensa, jadeó, y estalló de nuevo. Su concha se contrajo, apretando mi verga como una boca. Y yo no pude más. Sentí que me subía la corriente, que se me llenaba la verga de leche, y corríme dentro de ella, con fuerza, con ganas, gritando su nombre.
—¡Lorena! ¡Vos querés! ¡Te quiero garchar otra vez!
Me salí. La verga se me salió con un *pop*, y vi cómo el semen salía de su concha, pegado a los labios, corriendo por sus muslos. La tomé de la cintura y la besé, con su sabor a mí, a deseo, a mujer.
—¿Volvemos a hacerlo? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Pero primero… lavemos la cremallera.
Me reí. La abracé. Y la besé de nuevo.
Y así empezó. Cada vez que ella necesitaba algo arreglado, yo iba. Y a veces no era de ropa. A veces era de ella.
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