Lo que pasó en el taller de cerámica
4 minLo que pasó en el taller de cerámica
La tarde se arrastraba lenta, cargada de calor y olor a tierra mojada, cuando Sofia cerró la puerta del taller de cerámica tras de sí. El sol ya se escondía tras los techos de Zinc, teñiendo de dorado los polvos de yeso que flotaban en el aire. Mateo, de pie junto al torno, con los brazos cubiertos de barro húmedo y el cabello castaño despeinado por el esfuerzo, levantó la vista. La miró, no con sorpresa —sabía que ella vendría—, sino con esa sonrisa pequeña que solo guarda para los momentos en que el mundo se calla.
—Llegaste como siempre, a la hora en que el tiempo se olvida —dijo Sofia, quitándose el delantal manchado.
—Como siempre llegas tú, a la hora en que yo ya quiero que llegues —respondió Mateo, y el tono le tembló, apenas perceptible, como la hoja de un cuchillo al afilarse.
Ella se acercó. No con prisa, no con audacia, sino con esa pausa que precede a un beso: la respiración contenida, los ojos bajos un segundo, el pulgar rozando el borde de su propio labio. Se detuvo frente a él, a menos de un palmo. Él sintió el calor de su piel antes de sentir el tacto; era como sentir el sol antes de que salga.
—¿Te acuerdas del pacto? —preguntó ella, con la voz baja, casi un susurro que se deslizaba entre los dedos del aire.
—Sí —respondió Mateo, y se le hizo un nudo en la garganta. El pacto. Sencillo. Un juego de roles, una noche. Ella, quien manda. Él, quien obedece. Todo consensuado, todo elegido, todo *real*.
Sofia le quitó el delantal con lentitud, como si despojara una armadura. Luego, con un dedo, trazó un círculo en su pecho, sobre el corazón. Él contuvo la respiración.
—Dime qué necesitas —dijo ella, y la orden no sonaba como imposición, sino como un regalo.
—Que tú me digas qué hacer —respondió Mateo, y la voz le tembló esta vez de verdad, porque era la primera vez que decía eso en voz alta, que entregaba el control sin miedo, con confianza.
Ella asintió, satisfecha. Le quitó los pantalones, los calcetines, la camiseta, sin apuro, como si cada prenda fuera un ritual. Cuando él quedó en calzones, ella lo tomó por la muñeca y lo condujo hacia una silla de madera, la que usaban para sentarse a fumar cigarros y mirar el cielo.
—Arrodíllate —ordenó—. Con las manos sobre las rodillas. La cabeza baja.
Mateo lo hizo. El barro se secó en sus brazos, pero no le importó. Sintió el peso del silencio, el latido de su corazón en las sienes, y luego, el rozamiento de los dedos de Sofia en su cuello, su barbilla, sus labios.
—Eres tan hermoso cuando te dejas llevar —susurró ella, y le acarició el rostro con una ternura que lo hizo sentir pequeño y seguro a la vez.
Se levantó, se quitó el blusón, dejando al descubierto los pechos redondos, los pezones oscuros y firmes. Mateo no atendió aún, porque ella aún no lo había permitido. Se inclinó, puso una mano en su cabeza, otra en su nuca, y lo guió hacia su cuerpo.
—Bésame —dijo—. Como si no supieras otra cosa.
Él lo hizo: primero los labios, luego la garganta, luego la curva de su pecho, sin apuro, con reverencia. Sofia respiró hondo, cerró los ojos, y cuando él rozó con la lengua su pezón, ella soltó un suspiro largo, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
—Ahora —dijo—, levántate.
Él obedeció. Ella lo despojó de los calzones, y cuando lo vio duro, tieso, listo para entrar en su cuerpo, sonrió —una sonrisa de ganadora, pero también de enamorada.
—Abre las piernas —ordenó—. Y no muevas un músculo hasta que yo te lo diga.
Mateo lo hizo. Sofia se colocó frente a él, se sentó sobre su verga con una lentitud que era un desafío y un regalo a la vez. Él apretó los puños, pero no se movió. El calor era insoportable. Ella se balanceó, un poco al principio, como aprendiendo el ritmo, hasta que encontró el suyo. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y comenzó a subir y bajar.
—Mírame —dijo ella.
Mateo alzó la vista. En sus ojos no había dominación fría, sino un fuego tierno, un deseo que no pedía, sino que ofrecía.
—Eres mío —dijo ella, y cada palabra era un beso, una promesa—. Solo mío. Por ahora.
Él asintió, y cuando ella se dejó caer hacia atrás sobre él, con los ojos cerrados y los dientes apretados en un gemido que no quería soltar, Mateo supo que era verdad: en esa habitación, entre el polvo de tierra y el olor a sudor y barro, había encontrado algo más que placer: confianza.
Sofia se corrió primero, con un grito ahogado en su cuello. Mateo la siguió apenas un segundo después, cuando ella le tomó el rostro entre las manos y lo miró a los ojos y le dijo, con voz quebrada pero clara:
—Dime que eres mío.
—Soy tuyo —susurró él—. Siempre tuyo.
Y en ese instante, mientras el sol se ap
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.