La primera vez que me hice esclavo de mi jefa

La primera vez que me hice esclavo de mi jefa

@mateo_cruz ·3 de julio de 2026 · 🔥 4.2 (3) · 191 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca pensé que un simple error en el informe mensual me llevaría a estar de rodillas frente a su escritorio, con las manos atadas a la espalda y el aliento entrecortado por el miedo y el deseo mezclados. Era viernes a las 6:47 p.m., la oficina ya estaba vacía, y yo —Mateo, el nuevo analista Junior— acababa de darme cuenta de que había enviado los datos del presupuesto al departamento equivocado. Cuando sonó el ascensor, mi corazón se detuvo: era ella. Lucía un blazer negro ajustado, falda por encima de la rodilla, tacones de aguja y el cabello recogido en un nudo alto que dejaba al descubierto su cuello, largo y seductor. Me miró sin expresión, cerró la puerta con un clic suave y dijo: —Tienes diez minutos para explicarme por qué mi correo tiene errores garrafales.

No era la primera vez que me mordía el labio al pasar frente a su escritorio, ni la primera vez que sentía sus ojos clavados en mis manos mientras tecleaba. Pero aquella noche, su silencio era distinto: pesado, expectante. Me acerqué, la cabeza baja, y mientras hablaba —disculpas, excusas, promesas—, ella se quitó el blazer con lentitud, dejando al descubierto una blusa blanca semitransparente que dejaba ver la copa del sostén, negra y bordada. Cuando me interrumpió con un gesto, sentí el calor subirme por el cuello. —No necesito tus excusas, Mateo —dijo, y se levantó con elegancia—. Solo necesito que cumplas. —Y me tiró una cinta de seda roja. —Atárate.

No dudé. No había duda, solo una urgencia física que me paralizaba y me quemaba a la vez. Me llevé las manos atrás, la seda fría contra mi piel, y apreté con fuerza hasta que el nudo se cerró. Ella se acercó, olía a vainilla y tabaco caro, y con los nudillos me acarició la mandíbula. —¿Sabes lo que pasa si fallas de nuevo? —preguntó. Yo asentí, aunque en realidad no lo sabía. Solo sabía que su voz me hacía temblar. Me dio la espalda, se quitó la blusa con un movimiento fluido, y quedó ante mí en sujetador y medias con ligas. Sus pechos eran firmes, redondos, los pezones oscuros y hinchados como si ya estuvieran preparados para algo. Me hizo voltear, me obligó a mirar el espejo del armario. —Mírame. —Y entonces, con una mano me abrió el pantalón, me sacó el pene ya tieso, y con la otra me agarró de los pelos. —Eres mío ahora. Toda la noche.

No hubo preámbulos. Me dio la vuelta, me empujó contra el escritorio, y con una cadera me rozó el glande en su humedad. Me deslizó las manos por los muslos, me separó las nalgas, y sin más aviso, me introdujo dos dedos en el culo. Me agarré al borde del escritorio, los nudillos blancos, mientras su lengua me lamió la oreja y sus dedos se estiraban, se abrían, me estiraban. Entonces me dio la vuelta, se sentó en el asiento giratorio, me puso una rodilla entre las piernas y me guió hasta su entrada. Estaba mojada. Caliente. Apretada. Y cuando se inclinó hacia atrás, me agarró de los testículos y me obligó a entrar hasta el fondo. No grité. Solo jadeé. Ella sí. Un gemido bajo, gutural, como si llevase semanas esperando que alguien la jodiera así. Me moví con cuidado al principio, pero ella me agarró de la cintura y me clavó las uñas en la piel. —Más fuerte. Más hondo. Quiero sentir tu polla en mi útero. —Y mientras lo decía, yo la cogía con ferocidad, la mesa temblaba, sus pechos rebotaban con cada embestida, y yo sentía cómo su vagina me chupaba, me apretaba, me exigía más.

Cuando llegó el orgasmo, fue con un grito ahogado, sus uñas sangrando mis hombros, sus piernas temblando alrededor de mi cintura. Yo la seguí cogiendo mientras se deshacía, mientras sus ojos se volvían vidriosos, hasta que sentí el calor de su cuerpo dentro de mí, su apretón final, y el líquido tibio que brotó de mi pene entre sus muslos. Me soltó, se levantó con lentitud, y me limpió la frente con su blusa. —Volveré a llamarte si fallas otra vez —dijo, y sonrió. Yo, aún jadeando, con el pene aún dentro de su cuerpo, solo le dije: —Sí, señora.

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@mateo_cruz

Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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