Lo que pasó en el taller de cerámica
4 minLo que pasó en el taller de cerámica
Yo soy Clara, tengo veintitrés años, y hasta hace poco creí que ya había visto todo lo que el deseo podía ofrecerme. Hasta que conocí a Luis. Él tiene cincuenta y dos, y cuando entró por primera vez a mi taller de cerámica —con esas manos anchas, arrugadas en las articulaciones pero aún firmes al modelar el barro—, pensé que era solo un cliente más. Un hombre mayor, solitario, que venía a relajarse haciendo algo artesanal. Pero él me miró de una manera distinta: lento, intenso, como si ya me hubiera soñado antes de vernos.
Luis volvió tres días seguidos. Siempre a la misma hora, con su camisa de algodón ligeramente abierta en el cuello y el reloj de pulsera antiguo que hacía un chasquido suave cada vez que movía la muñeca. Yo le enseñaba a centrar la arcilla en el torno, a guiar la herramienta con firmeza, y mientras hablábamos —de técnicas, de fuego, de tiempos de secado—, sentía cómo su mirada descendía por mi cuello, por mis brazos, como si también estuviera modelando mi cuerpo.
—Tú sabes manejar la argila como si fuera piel —me dijo un tarde, mientras yo limpiaba mis manos con un trapo húmedo. Su voz era grave, con esa resonancia de quien ha hablado poco pero sabe cuándo usar cada palabra.
Me miré los dedos, manchados de tierra, y le sonreí. —¿Y tú la tratas como si fuera tuya?
No respondió de inmediato. Se acercó, sin prisa, y dejó su taza de café vacía sobre la mesa. Su olor: madera seca, tabaco ligero y algo más, algo que no sabía nombrar pero que ya conocía en el cuerpo.
—Porque lo es —dijo, y sus ojos se fijaron en los míos sin pedir permiso.
Esa noche, bajo una luna casi llena, me llamó. Me dijo que pasaba por mi casa porque no podía dejar de pensar en cómo se curvaba mi espalda al empuñar la espátula. Le abrí la puerta sin preguntar, sin dudar, como si ya hubiéramos acordado esto desde antes de conocernos.
Dentro, el aire era denso, cargado de humedad y calor. Se desabrochó la camisa con lentitud, dejando al descubierto un pecho ancho, canoso en los bordes, con marcas de veinte años de trabajo. No era un cuerpo de gimnasio, sino de hombre que ha llevado peso, que ha cargado, que ha amado y perdido. Me acerqué y pasé las yemas de los dedos por su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo mi piel.
—¿Te asusta la diferencia? —me preguntó, con la respiración ya más entrecortada.
—Sí —confesé—. Pero no del modo que crees. Me asusta lo que siento.
Él sonrió, y esa sonrisa no tenía nada de juvenil, nada de ligero. Era de hombre que ha aprendido a dominar el tiempo.
Me tomó de la mano y me llevó a la cama, donde las sábanas de algodón crudo se enroscaban como argilas en espera. Se quitó los pantalones lentamente, y allí estaba: su pene, grueso, ligeramente curvo, con la punta rosada y húmeda ya de deseo. No me pidió nada. Solo me miró mientras yo me deshacía de mi blusa, dejando al descubierto mis pechos pequeños pero firmes, con pezones que se endurecieron apenas sus ojos los atravesaron.
Me senté frente a él, con las rodillas separadas, y lo tomé con ambas manos. Lo sentí palpitando, cálido, vivo. Lo guié hasta mi entrada, ya húmeda, ya abierta. Y cuando por fin se hundió en mí, lento, hasta la raíz, sentí que todo mi cuerpo se estremecía no por la edad de él, sino por la seguridad que emanaba. Por la experiencia que no gritaba, sino que hablaba en sus gestos, en la forma en que me acariciaba la cadera mientras entraba y salía, en el modo en que alzaba la mirada para encontrarse con la mía.
No hubo gritos, sino gemidos contenidos, respiraciones entrelazadas. Él me decía cosas entre dientes: “Así”, “Sí, Clara”, “Mira cómo te tomo”, y cada frase parecía un encantamiento antiguo, hecho de barro y fuego. Me giró con suavidad, me tomó de las caderas y me penetró desde atrás, y esa postura hizo que su vástago rozara algo dentro de mí que explotó como un esmalte al calor del horno: una oleada cálida, intensa, que me hizo temblar los muslos y cerrar los ojos.
Se corrió dentro de mí con un suspiro profundo, como si soltara un peso que no sabía que llevaba. Se desplomó sobre mí, con el pecho pegado a mi espalda, y me besó el cuello, lento, como si no quisiera perder ni un segundo de lo que había ganado.
Al día siguiente, volvió al taller. Y cuando me tendió una taza de café, me susurró al oído: “Hoy quiero que me enseñes a hacer un tazón… para que lo usemos juntos”.
Y yo, con mis veintitrés años y el corazón aún palpitando por la noche anterior, le sonreí y le dije: “Claro. Pero primero vamos a centrar el barro bien, porque este tazón va a ser especial”.
Porque entre los veintitrés y los cincuenta y dos, entre el barro y el fuego, entre el silencio y la confesión… había comenzado algo que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.
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Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.