Lo que pasó en el hotel de los tres
7 minLo que pasó en el hotel de los tres
Yo había llegado a Montevideo por la tarde, después de un vuelo que me dejó los huesos hechos polvo, pero con la cabeza despejada: me había desprendido de todo —del trabajo, del ex, de esa sensación constante de que estaba viviendo la vida de otro—. El hotel era un edificio viejo, de los que tienen balcones de hierro forjado y pisos de parqué que crujen como si sus dueños aún respiraran en las paredes. Me registré con una sonrisa cansada y un vaso de vino tinto que me sirvió el barman antes de subir.
La habitación daba al río. La luz del atardecer entraba tibia por las persianas bajas, iluminando el polvo que flotaba en el aire como polen. Me dejé caer en la cama y me quedé ahí, mirando el techo, sintiendo el peso de los días anteriores desvanecerse. Me levanté a darme una ducha fría. Me sequé con una toalla grande, de esas húmedas y pesadas, y me puse una camiseta antigua de algodón que no me había sacado del equipaje por pereza.
Fue cuando escuché敲 knock knock knock.
No pensando en nadie en particular, abrí. Ella estaba ahí, en el umbral, con el pelo suelto, un vestido negro ajustado que le marcaba las caderas y una sonrisa que no era casual. Me acuerdo de sus ojos: oscuros, inteligentes, con una chispa que me hizo recordar por qué había dejado de creer en los encuentros fortuitos.
—Perdón, pero la habitación 312 es la mía —dijo, y apuntó con la llave que aún no había sacado del bolsillo.
—La mía es la 314 —contesté, y me di cuenta de que estaba parada medio descalza, con los pies apretados contra la alfombra.
—¿Y qué hace una rubia tan solitaria en el pasillo a esta hora?
—Te estaba esperando —dije, y me sonreí a mí misma, porque aunque era cierto, no lo creía aún.
—¿De veras? —se acercó un paso, y su perfume —jazmín y humo— me golpeó como una ola.
—Sí —respondí, y la tomé de la muñeca—. Pero no en el pasillo.
La llevé adentro, cerré la puerta con un clic seco y la besé antes de que pudiera decir algo más. No fue un beso tímido: fue hambre, fue curiosidad, fue un “ya no espero, pero sí quería” hecho acción. Ella respondió con fuerza, con las manos en mi cintura, con las uñas rozando la piel. Me apartó la camiseta de un tirón, y cuando mis pechos quedaron al aire, me agaché y le chupé el cuello, lentamente, saboreando la sal en su piel.
—Sos hermosa —susurró, y me giró, empujándome contra la pared.
Pero antes de que nada más pasara, escuchamos otro敲 knock knock knock.
Nos miramos, sorprendidas. Ella se apartó un poco, con la respiración entrecortada.
—¿Otro vecino?
—No puedo ser —dije, y abrí la puerta de un jalón.
Él estaba ahí, con los jeans desabrochados, la camisa abierta y una sonrisa que me heló la sangre. Alto, moreno, con los ojos claros y una barba bien recortada que le daba un aire peligroso.
—Hola —dijo, sin vergüenza, como si estuviera en su casa—. Escuché ruido. ¿Puedo entrar?
—¿Vos también te equivocaste de habitación? —preguntó ella, con la voz firme, pero ya sin el tono juguetón.
—No —dijo él, y se apoyó en el marco de la puerta—. Vine a buscarlas.
Me dio un segundo para procesarlo. Ella me miró por encima del hombro, con los ojos brillantes.
—¿Nos conoces? —preguntó.
—No. Pero lo voy a querer saber —contestó él, y entró sin esperar permiso.
No hubo dudas, no hubo preguntas de "¿estás segura?". Solo una mirada entre nosotras, rápida, cargada de deseo, de confianza instintiva. Ella me extendió la mano y yo la tomé. Él cerró la puerta detrás de nosotros, se quitó la camisa y se sentó en el borde de la cama, sin romper el contacto visual con nosotras.
—Vení —dijo, y su voz era un timbre que me hizo temblar las rodillas.
Nos acercamos juntas, cada una desde un lado. Ella se sentó primero, con las piernas abiertas, la camisa ya desabrochada hasta el ombligo, y yo me puse de rodillas frente a ella, entre sus muslos. Él se desabrochó el cinturón, bajó los jeans hasta las rodillas, y se puso en cuclillas detrás de mí, con las manos en mis caderas.
—Voy a garcharte primero —susurró él, y me besó la nuca.
Yo le sonreí, sin dejar de mirarla a ella, y le chupé el pezón derecho mientras con la lengua trazaba círculos en el izquierdo. Ella se archó, soltó un gemido ahogado y me arrancó la camiseta.
—Y después, vos la vas a coger —dijo él, y me apartó un poco para mirarla—. Tú y yo, juntos. Pero primero… —y me tomó la cara, me obligó a mirarlo— …yo quiero verte gozar.
Me giré, me senté en el borde de la cama y le abrí las piernas. Ella me miró con los ojos medio cerrados, con ese brillo de quien ya sabe que va a perder el control. Le acaricié la concha con los dedos, suave, explorando, hasta que se humedeció bajo mi palma. Luego, bajé la cabeza y le lamí el clítoris: una vez, dos, tres. Ella gimió alto, me agarró del pelo y me dijo:
—Sí, sí, así —y se corrió con un quejido que me escaló la espalda.
Cuando se calmó, me levanté, me senté frente a él, y le puse la mano en el pene. Estaba duro, grueso, y cuando lo tomé todo, me dio ganas de llorar. No por el tamaño, sino por la intensidad de sentirlo ahí, vivo, entre mis dedos.
—Ahora vos —dije, y lo empujé suavemente hacia la cama.
Él se acostó, y yo me senté sobre su pecho, con las manos en sus hombros, y bajé hasta su cara. Le besé los labios, luego la barba, luego la lengua. Él me tomó la cintura y me empujó hacia abajo, hasta que su miembro rozó mi entraña.
—Vos tenés que meterme —dije, y me puse de rodillas entre sus piernas.
Me tomé el miembro con una mano, lo alineé con mi entrada, y bajé poco a poco, hasta sentirlo llenándome desde adentro. Ella nos miraba, con las piernas abiertas, una mano sobre su clítoris, la otra sobre su pecho, y cuando me sentí llena, la llamé:
—Acá —le dije—. Acá, con nosotros.
Ella se acercó, se sentó a mi lado, y con la mano libre me acarició la cara mientras yo me movía sobre él. Él me tomó las caderas, me empujaba con fuerza, y cada vez que me hundía, ella soltaba un suspiro, un “sí”, un “dale”.
—Garchame, garchame fuerte —le dijo ella, y yo sentí cómo él se estremecía.
Me giré, me puse de espaldas a él, y ella se puso detrás mío, con las manos en mis muslos. Él cambió de posición, se puso de pie, y yo me apoyé en la cama, con las rodillas hundidas en el colchón. Él entró en mí otra vez, más fuerte, más lento, y ella me lamía el cuello, me mordía el hombro, y con la otra mano me frotaba el clítoris.
Fue entonces cuando todo se desbordó.
Él se corrió dentro de mí con un grito ahogado, y yo sentí su calor, su pulso, su entrega. Ella me atrajo hacia atrás, me besó con urgencia, y cuando me separé, ella ya tenía una pierna subida al borde de la cama, y él, sin dudarlo, se puso atrás de ella, le separó las nalgas, y la jodió con una fuerza que la hizo gritar.
—¡Sí! ¡Sí, así! —y yo me acerqué, le tomé el pecho, le chupé el otro pezón, y con la otra mano le acaricié la concha.
Nos miramos, los tres, en medio del desorden del cuerpo y el aliento. Ella, con la boca entreabierta, los ojos vidriosos; él, con la frente sudorosa, las venas del cuello hinchadas; yo, con la camiseta a medio cuerpo, las manos temblorosas, pero con una sonrisa que no me conocía.
Cuando terminó, me senté a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Él se acostó detrás de mí, abrazándonos a ambas. Ella me tomó la mano y se la llevó a los lab
¿Te ha gustado? Valóralo