Lo que pasó en el elevador de la torre

Lo que pasó en el elevador de la torre

@renata_sol ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (14) · 84 lecturas · 10 min de lectura

Marisol tenía treinta y cinco años, pelo castaño oscuro recogido en un moño desordenado, y ojos que parecían cansados de tanto workahooling y poco orgasmo. Trabajaba en una agencia de publicidad en el piso 22 de la Torre Parque del Centro, un edificio nuevo, lujoso, con ascensores de cristal que subían y bajaban como cápsulas espaciales. Ese jueves, alrededor de las 7:45 p.m., el lugar ya estaba medio desierto: solo quedaban algunos pocos que se quedaban hasta tarde, como ella, o como el nuevo gerente de cuentas, Alan —un tipo alto, de cabello canoso bien recortado, mandíbula firme, y una sonrisa que parecía disimular una sonrisa más profunda, más real, más *humana*.

Ella lo había notado desde la primera reunión, hace tres semanas. No por su físico, aunque tenía su parte: camisas bien planchadas, pantalones de vestir que le quedaban como hechos a medida, y manos grandes, con nudillos marcados, que movía con seguridad al explicar ideas de marketing. No, lo que la tenía pendiente era la forma en que la miraba —no de arriba abajo, como muchos, sino con atención, como si estuviera leyendo una página tras otra en un libro que le interesaba. Y luego, cómo apartaba la vista, rápido, como si se hubiera dado cuenta de que se le había escapado algo.

Esa noche, el ascensor estaba vacío, salvo por ellos dos. Marisol entró primero, con su bolso de cuero gachupado y una blusa de seda color crema que le quedaba un poco justa en la cintura. Atrás de ella, Alan se detuvo un segundo, como calculando si entrar o no. Pero el botón del 21 ya estaba presionado —ella iba al piso 22, él al 21—, así que, con un gesto casi imperceptible de cabeza, subió y se paró frente al panel, de espaldas a ella.

El elevador arrancó suave, sin vibraciones, sin ruido. El espejo retrovisor del techo reflejaba sus dos siluetas: Marisol, un poco más baja, con el cuello descubierto y el pelo suelto ya, porque se había quitado el moño hace rato; Alan, erguido, con los hombros anchos bajo la tela oscura de su blazer.

—¿Llegaste hasta hoy con todo listo? —preguntó él, sin voltear.

—Casi. Me faltó el café, el clavo y el clavo de olor —respondió ella, guiñando un ojo en su mente, aunque no dijo eso en voz alta. En vez de eso, sonrió, un poco más suave—. Pero lo terminé. ¿Y tú?

—Lo mismo. Con la diferencia de que mi café ya no me sirve.

—¿Por qué? ¿Se acabó?

—No —dijo, entonces, y por primera vez, volteó—. Se acabó la paciencia para tomármelo solo.

Marisol sintió un cosquilleo en la espalda baja, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso. El elevador siguió subiendo, suave. Ella se mordió el labio. No porque le diera miedo, sino porque *quería* sentirlo —ese mordisco ligero, esa tensión que sube por la columna.

—¿Te pasa a veces? —preguntó él, ahora con una media sonrisa—. Que te quedes hasta tarde… y no por trabajo.

—Sí. A veces. Otras veces me quedo por miedo a que en casa me encuentre el silencio.

—¿Silencio?

—Sí. Que no tenga que fingir que duerme, que no tenga que fingir que le importa si llego a las 11 o a las 2.

Alan asintió, lento. Como si entendiera más de lo que decía.

—A mí me pasa. Con mi ex. Parecíamos dos fantasmas compartiendo casa.

—¿Y ahora?

—Ahora… —él tragó saliva, y por un segundo, Marisol notó la venita palpitando en su cuello—. Ahora solo tengo a mi gato. Y mi verga, que se queja mucho.

Ella soltó una risita baja, corta, pero sincera. Y en ese instante, el elevador se detuvo con una leve sacudida. No del todo. Solo un *clic* seco, y luego silencio. Las luces parpadeaban, suaves, pero no se apagaban del todo. El panel se quedó fijo en el 21.

—¿Otra vez este pendejo? —dijo Marisol, jalando el botón de emergencia. No pasó nada. El teléfono no tenía señal—. ¿Te pasa que en estos edificios nuevos se cuelgan como si fueran adolescentes en plena plática?

Alan se acercó. No rápido, no agresivo, sino con calma, como quien se acerca a un fuego controlado. Se paró frente a ella, a un palmo de distancia. Ella sintió su calor, su olor —algún jabón de madera y un poco de su perfume, algo amaderado, intenso pero no agresivo.

—No me importa que se quede aquí un rato —dijo él, mirándola directo a los ojos—. Mientras tengamos compañía.

Marisol respiró hondo. El aire se sentía más caliente ahora. El silencio que había mencionado antes no estaba ahí. Ahora había algo que vibraba, que zumbaba, como una cuerda de guitarra que acaba de ser pulsada.

—¿Y si te digo que ya no he tenido sexo en tres meses? —preguntó ella, sin bajar la vista.

—¿Tres meses?

—Sí. Y no fue por falta de ganas. Fue por falta de… alguien que no me hiciera sentir que era demasiado, o muy poco.

Alan no respondió de inmediato. Solo la miró, con los ojos entreabiertos, la respiración un poco más profunda. Luego, con lentitud, extendió la mano —no hacia su cara, no hacia su cintura—, sino hacia su muñeca. Le tomó la mano con suavidad, como si estuviera sosteniendo una taza de café recién servida.

—¿Y si te digo que yo también? —dijo—. Que cada vez que veo a alguien que me gusta, me paralizo. Como si mi verga me traicionara, y me diga: *no, no ahora, esta no es la que vale la pena*.

Marisol sintió un nudo en el estómago. No de miedo. De *reconocimiento*.

—¿Y esta vez?

—Esta vez —él sonrió, con los labios apenas entreabiertos—. Esta vez no me paralizo.

La besó entonces. No de golpe, no con urgencia desesperada. Lo hizo como si hubiera estado practicando la escena en su cabeza por semanas: primero el borde de sus labios, con delicadeza, como si estuviera probando si el sabor era real. Luego, más hondo, con una presión que empezó suave y fue creciendo, como una ola que se acerca a la orilla y luego se desborda.

Ella respondió al instante, abriendo la boca, dejando que su lengua entrara, que explorara, que recordara. No había timidez. Solo calor. Solo deseo contenido que se desbordaba.

Él la jaló un poco hacia él, y su cuerpo quedó pegado al suyo, de pie, en el espacio reducido del ascensor. Marisol sintió la dureza de su verga a través de los dos pantalones, y un estremecimiento le recorrió la columna.

—Tienes las nalgas muy bonitas —murmuró él contra su labio—. Me han estado recordando qué me he estado perdiendo.

—¿Y qué te has estado perdiendo? —preguntó ella, ya con la respiración entrecortada.

—Esto.

La volvió a besar, más profundo, y esta vez le metió la mano por debajo de la blusa, con una lentitud que hacía daño y placer a la vez. Le acarició la cintura, el vientre, y luego subió hasta sus senos, que estaban duros ya, hinchados por la anticipación. Le rozó el pezón con el pulgar, y ella soltó un quejido bajo, un *ahh* que apenas salió, como si temiera que el edificio lo escuchara.

—¿Te gusta? —le preguntó él, los ojos oscuros, la mirada pegada a la suya.

—Sí —dijo, sin dudar—. Mucho.

Él sonrió. Entonces, con la otra mano, le subió la falda, un poco más arriba, hasta sus muslos. Le rozó la parte trasera de las piernas, y luego bajó, deslizando los dedos por dentro de su medias, hasta que le tocó el culo, con la palma entera, aplastándolo suavemente contra su verga.

—Tienes el culo firme —susurró—. Como una naranja madura.

—¿Y si te digo que ya no uso bragas? —dijo ella, con una sonrisa traviesa—. Hoy me las olvidé.

—¿En serio?

—Sí. Porque hoy sabía que iba a estar ocupada hasta tarde.

Él soltó una risita, corta, intensa. Luego, sin soltarla, con una mano aún en su culo, la otra en su seno, le chupó el cuello. Un beso seco, un mordisco ligero, y ella sintió que se le ponían los pelos de punta.

—¿Y si te digo que quiero verte sin ropa? —preguntó él, ya con la voz más grave.

—¿Aquí?

—Aquí. O en mi casa. Tú eliges.

Ella dudó menos de un segundo.

—Mi casa. Estoy en el piso 10.

—¿En serio?

—Sí. Y no tengo gato. Tengo una cama grande, y un espejo en el techo.

Alan no respondió. Solo jaló el botón de emergencia de nuevo, más fuerte. El ascensor se movió con un zumbido, y comenzó a bajar lentamente.

—¿Me estás invitando a tu casa? —preguntó él, con una sonrisa que le abría el alma.

—Sí —dijo Marisol, mirándolo a los ojos, sin miedo, sin dudas—. Te invito a chingarme si sabes hacerlo bien.

Él la besó de nuevo, esta vez con fuerza, con hambre. Y en ese beso, Marisol supo que no iba a ser como las otras veces. Que esta vez no iba a tener que fingir que le gustaba, que le gustaba mucho. Que esta vez iba a gritar su nombre, y no iba a importar quién lo escuchara.

El ascensor llegó al lobby. No había nadie. Solo el guardia de seguridad, que estaba viendo su celular en la banca.

—¿Bajamos? —preguntó él, tomándole la mano.

—Sí —dijo Marisol, apretándole los dedos—. Pero te aviso: si te portas mal en el estacionamiento, te pateo en la verga.

—No me pases —dijo él, riendo—. Yo te pateo en el culo si me haces esperar.

—Jaja. Tú primero.

Subieron al auto de él, un Audi gris plateado. Él no encendió enseguida. Solo se volteó, la miró, y le pasó la mano por el cabello.

—¿Estás segura?

—Sí —dijo Marisol, y le palmeó la rodilla—. Y si no lo estuviera, ya me arrepentiría después. Y eso no me pasa.

Él asintió, encendió el auto, y arrancó con suavidad. Durante el trayecto no hablaron mucho. Solo se miraban de vez en cuando, y cuando sus manos se tocaban en el asiento central, se quedaban así, jugando con los dedos, sin prisa.

Llegaron a su edificio. No subieron directo. En vez de eso, él la jaló suave por la muñeca hasta el jardín trasero, donde había una banca de madera oculta entre dos palmeras.

—¿Me dejas? —preguntó él, sin soltarla.

—Sí —dijo Marisol—. Pero no te demores.

Él la besó de nuevo, esta vez con más urgencia. Le metió la lengua en la boca, y ella le mordió el labio, suave, como para hacerle saber que ya no le gustaba el control. Quería más.

Él se apartó un poco, con la respiración agitada.

—¿Tienes un cinturón?

—Sí.

—¿Me lo prestas?

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Para qué?

—Para atarte las manos. Si te gusta.

Ella no respondió. Solo se levantó, fue a su bolso, sacó su cinturón de cuero negro, y se lo tendió.

—¿Te gusta que te aten? —le preguntó él, tomando el cinturón.

—Me gusta que me digan qué hacer —dijo Marisol—. Si me lo pides bien.

Él la miró, con los ojos oscuros, y luego la tomó de la mano, la sentó en la banca, y se arrodilló frente a ella. Con lentitud, le desabrochó la blusa, un botón tras otro, hasta que le dejó los senos al aire. Luego, con la punta de los dedos, le rozó los pezones, y cuando los vio endurecerse, se inclinó y los chupó, uno por uno, con suavidad, con hambre.

—Tienes los pechos perfectos —murmuró—. Grandes, firmes, y los pezones como cerezas maduras.

Ella jadeó, inclinó la cabeza hacia atrás, y dejó que él le mordiera suavemente el pecho, que le chupara hasta que sintió que se le iban las fuerzas.

—¿Quieres que te ate? —preguntó él, alzando la vista.

—Sí —dijo Marisol, sin dudar.

Él le ató las manos a la espalda, con un nudo suave, pero firme. Luego, con una sonrisa, le jaló la falda hacia abajo, y la dejó solo con las medias, los talones visibles.

—¿Te gusta esto? —le preguntó, pasándole la mano por dentro de las piernas—. Que te vea así.

—Sí —dijo ella, con la respiración entrecortada—. Me gusta que me veas como quiero que me veas.

Él se levant

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