Lo que pasó en el cuarto del hotel de Recoleta

Lo que pasó en el cuarto del hotel de Recoleta

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La puerta del cuarto del hotel se cerró con un clic seco, y desde ahí, el aire cambió. Ella, con su vestido ajustado de seda negra y los tacones que aún no se había quitado, se volvió a mirarlo. Él, alto, con los ojos oscuros y la barba bien recortada, la dejó entrar y cerró la puerta con la llave, sin romper el contacto visual. No dijo nada. Solo se quitó la chaqueta y la tiró sobre la cama, desabotonándose lentamente la camisa.

—Viste que te demoraste —dijo ella, pero no era queja, era invitación.

—El vuelo se atrasó, pero valió la pena —respondió él, con voz grave, ya más cerca.

Ella se acercó, puso una mano en su pecho, sintió el latido fuerte bajo la tela. Luego, con lenta maldad, le desabrochó el último botón de la camisa y dejó que se le abriera, dejando al descubierto el vello oscuro y los pezones tiesos por el calor de la habitación. Él no se inmutó, solo la miró, esperando.

—Sentate —ordenó ella, sin pedir, sin dudar.

Él obedeció, se sentó en el borde de la cama, las piernas separadas, las manos apoyadas en los muslos. Ella se arrodilló frente a él, le agarrou la correa del cinturón y tiró un poco, para que se inclinara hacia atrás, mostrando mejor su cuerpo. Le desabrochó el pantalón, le bajó la cremallera con cuidado, pero sin pausa. Cuando quedó al descubierto, el pene ya estaba medio duro, grueso, con la punta húmeda y roja.

—Mirá qué lindo tenés ahí —dijo ella, pasando los nudillos por el glande, sintiendo su calor. Él exhaló, controlándose. Ella le dio un leve pellizco en el pene, justo debajo del corona. Él gruñó.

—Cada vez que te toco y no te dejo joder, vos vas a recordar esto —dijo ella, y lo apretó con la mano entera, cerrando los dedos sobre el mango, subiendo y bajando con lentitud. Él movió las caderas, pero ella lo detuvo con una palmada en el muslo.

—No te muevas, pija. Acá no mandás vos.

Le quitó el pantalón y la ropa interior de golpe, dejando su cuerpo completamente expuesto, con el pene apuntando al techo, gordo y lento, como un pulso que no se decide. Ella se levantó, se sacó el vestido por encima de la cabeza, dejando ver su cuerpo: cintura fina, caderas anchas, tetas redondas con pezones oscuros y duros. Se puso de pie frente a él, con los pies descalzos, y le pidió con un gesto que se levantara. Él lo hizo, y ella le dio la espalda, guiñándole un ojo por encima del hombro.

—Agarrame de las caderas —le ordenó—. Fuerte.

Él lo hizo, con las manos en sus muslos, los pulgares presionando los huevos. Ella se inclinó sobre la cama, se apoyó en las manos, y se abrió las nalgas, mostrándole su concha, ya húmeda, con los labios hinchados y brillantes.

—Estoy lista, culera —dijo, y se metió dos dedos dentro, moviéndolos con lentitud, con mala intención.

Él se acercó, le apartó el pelo de la nuca, le mordió la oreja, le susurró:

—Te voy a garchar como a una perra buena.

Y se puso detrás, le separó las nalgas con las manos, alineó su pene con su entrada, y lo empujó adentro de una sola vez, hasta la base. Ella gritó, no de dolor, sino de placer puro, el cuerpo arqueado, los dedos aferrándose a la sábana. Él no esperó. Empezó a meterla y sacarla, con golpes secos, fuertes, haciendo que la cama chirriara contra la pared.

Cada embestida la hacía subir un poco más, hasta que ella se dejó llevar, con los ojos cerrados, jadeando su nombre como una plegaria. Él le agarro los pechos, los apretó, les dio un tirón, y mientras la cogía con furia, le dijo:

—Decí quién te coge.

—¡Vos! ¡Sos el único que me garcha así! —gritó ella, con la voz rota.

Él aceleró, la tomó por la cintura, la levantó un poco, y le metió el pene hasta el fondo, reteniendo el golpe. Ella vino con fuerza, el cuerpo temblando, la concha apretándose alrededor de su pene, chupándolo. Él, al sentir el estrechamiento, se dejó llevar, y le disparó el coño entero, llenándola de leche caliente, con gruñidos guturales.

Se quedaron así, abrazados sobre la cama, sudados, con el corazón a mil. Ella se volteó, le sonrió con los ojos medio cerrados, y le pidió:

—Hacélo de nuevo.

Y él, sin decir nada, ya estaba dentro de ella otra vez.

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