Lo que pasó en el cuarto de visitas

Lo que pasó en el cuarto de visitas

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.6 (22) · 21 lecturas · 11 min de lectura

Yo soy Diego Salas, y aunque suene raro, hoy voy a contar una historia que me quemó los ojos y el pecho, como cuando te acuerdas de algo que no debiste ver… pero que no quieres olvidar. No por vergüenza, sino porque ese recuerdo me sigue encendiendo, como el fueguito de una vela en una habitación cerrada: pequeño, silencioso, pero que no se apaga nunca.

Todo empezó una tarde de viernes, como tantas otras: el sol se iba colando por las rendijas de la persiana del cuarto de visitas, ese lugar que en casa usábamos como despensa, como bodegón, como donde guardábamos los colchones de espuma viejos y los juguetes de mi sobrino cuando venía a pasar el fin de semana. Pero esa tarde, por alguna razón que至今 no entiendo, me subí a recoger un par de toallas que nunca nadie usaba —esas blancas, con florecitas que ya se habían vuelto grises— y encontré la llave del cuarto dentro de un cajón del ropero. No la había usado en años. No la había tocado, ni mirado, ni siquiera pensado en abrirla… hasta ese momento.

La puerta crujió como si fuera a quejarse, y cuando la abrí, el aire salió lento, pesado, cargado de polvo y de algo más… algo que no era solo polvo. Era recuerdo. Era esperanza. Era el olor a sudor y jabón de lavanda que olía mi hermana cuando se quedaba en casa, en los días en que aún vivía con nosotros, antes de que se fuera para Bogotá con su nuevo marido.

Y entonces la vi.

Estaba sentada en la cama, la que antes era de mi madre, ahora un colchón rígido con una sábana blanca que ya no era blanca, pero que aún parecía suave bajo la luz del atardecer. Llevaba una camiseta blanca, algo grande, un poco desbotada, pero bien puesta, como si hubiera entrado a lavarse las manos y se hubiera quedado ahí, absorta, pensando en algo que le había dicho alguien… o que alguien le había susurrado al oído.

—Diego —dijo, sin moverse, sin mirarme de frente—. ¿Todavía recuerdas cómo se llama esa canción que nos gustaba cuando éramos chiquitos?

Era Ana. Mi prima. La hija de mi tía Leticia, que nos criaba juntos desde que éramos niños. Nosotros nos criamos entre esos muros, entre los pasillos de esa casa, entre las risas de mi abuela que ya no está. Ana y yo, como hermanos de sangre, aunque no lo fuéramos. Pero si hubiera que decirlo con crudeza: Ana y yo siempre nos mirábamos de reojo, con ese tipo de mirada que se queda pegada en el pecho como una espina. Una mirada que decía: *algo pasaría*, pero nadie se animaba a nombrarlo.

Esa tarde, sin embargo, había algo diferente. Su voz era más grave, más lenta. Como si cada palabra la estuviera saboreando antes de soltarla. Y su cuerpo… Dios, su cuerpo. No era el de la niña que subía al ático conmigo a esconderse de los truenos. Era el de una mujer que había aprendido a moverse con cuidado, con intención, con ese paso que solo saben dar quienes han estado solas y han descubierto que el silencio también puede ser sensual.

—¿Qué canción? —le pregunté, sentándome en el borde de la cama, a un palmo de distancia. No la toqué. No me atreví. Pero sentí el calor de su piel desde ahí, como un eco invisible que me rozaba el brazo.

Ella se giró entonces, lentamente, como si el movimiento le doliera, o como si disfrutara de cada centímetro de giro. Tenía el pelo recogido en un nudo torcido, con algunas mechas que se le habían escapado y se le pegaban al cuello por el sudor. Sus orejas, esas orejas que siempre me habían parecido pequeñas, redondas, como dos lentejas tiernas, estaban rojas. No por el calor. Por mí.

—“El olvido” —susurró—. La del Grupo Niche. ¿Te acuerdas? Cuando jugábamos a ser adultos en el cuarto de baile de la tía Loli.

Yo no recordaba la canción, pero recordaba el baile. Recordaba cómo Ana se daba vueltas con una falda de encaje prestada de mi madre, y yo, con un pañuelo en la cabeza, la imitaba. Recordaba cómo, al final, nos caímos al suelo, riéndonos hasta que nos dolía el pecho. Pero esa vez no reímos. Esa vez nos miramos, y el silencio fue más fuerte que cualquier canción.

—¿Por qué hoy? —le pregunté.

Ella se encogió de hombros, y ese movimiento, tan sencillo, fue como una orden. Como si le hubiera dicho: *baila*. Y ella, sin responder, se levantó.

No fue un baile. Fue una invitación.

Se quitó la camiseta lentamente, como si descorriera una cortina. Primero el hombro derecho, luego el izquierdo, y la tela se deslizó por sus brazos, se enrolló en los codos, y luego cayó al suelo, suave, como si no quisiera hacer ruido. Debajo, llevaba un sostén de encaje negro, pequeño, que apenas contenía lo que quería salir. No era volumen. Era curva. Era la suavidad de una luna llena, el rebote de una promesa.

—¿Te acuerdas de cuando te hice ese dibujo en el cuaderno de geometría? —dijo, mientras se acercaba, paso a paso, hasta que su pecho casi rozaba mi rodilla—. Decía: *“Diego, tú eres mi pito más bonito”*.

Yo me reí, nervioso, con la garganta seca.

—Ana, eso fue en séptimo. Y era un lapicero azul.

—No —corrigió, con una sonrisa que le temblaba en los labios—. No era un lapicero. Era un pito. Y era el más bonito que yo había visto. Porque era el único que yo quería meter en mi boca.

El cuarto de visitas se llenó de calor en ese instante. No era solo el sol que ya se había ido. Era la humedad que subía de nuestras axilas, de nuestros cuellos, de donde nuestras manos estaban, quietas, como si temieran que un movimiento fuera a romper el hechizo.

—¿Y qué dije yo? —pregunté, con la voz quebrada.

—Dijiste: *“Ana, no hables así, que mi mamá nos oye”*.

—Y tú dijiste: *“Y si nos oyen, que se jodan”* —terminé yo, y entonces sí la toqué.

No la besé. No aún. Solo pasé la yema de los dedos por su clavícula, con un gesto que era más una disculpa que una afirmación. Ella cerró los ojos. Sus pestañas temblaban. Y entonces, como si fuera una orden silenciosa, inclinó la cabeza y me besó.

No fue un beso de niños. Fue un beso de adultos. Lento, húmedo, con lengua y con dudas, con ganas y con miedo. Me mordió el labio inferior, con suavidad, y yo sentí el sabor a sal, a café, a vida. Me agarró de la nuca, y sus uñas me rozaron la piel, como si le costara trabajo no pincharme, como si temiera que yo me fuera a ir si no me sujetaba bien.

—¿Todavía me quieres? —me susurró entre beso y beso.

Yo no le respondí con palabras. Le respondí con las manos. Le desabrochó el sostén, y cuando se lo quité, ella no se apartó. Solo se inclinó un poco hacia atrás, como para mostrármelo todo: sus pechos, redondos, firmes, con pezones que se erizaban al primer rozamiento de mi respiración. Los tomé con las dos manos, los acaricié con la palma, con los pulgares, con la yema de los dedos, como si los estuviera aprendiendo, como si fueran un mapa que nunca antes había leído.

—Estás rico, Ana —le dije, con la voz quebrada.

Ella me miró entonces, con esa mirada que solo se usa en las confesiones más profundas, y me dijo:

—Más rico que el pito de mi marido.

Y eso… eso fue como encender una mecha.

La tomé en brazos, como si fuera un regalo frágil, y la acosté sobre la cama. No la besé en la boca otra vez. Bajé. Lento. Como si no quisiera perderme ni un segundo. Pasé la lengua por su cuello, por su estómago, por la curva de su ombligo. Luego, con la yema de los dedos, separé sus muslos, y ella se abrió sin dudar, como si me estuviera esperando desde siempre.

No vi su rostro cuando le metí la lengua. No necesité verlo. Lo sentí. Lo sentí todo. El sabor, el calor, el temblor. Ella se arqueó, como si le estuvieran clavando una aguja en el estómago, pero no era dolor. Era placer. Era una descarga eléctrica que la hacía soltar un grito ahogado, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara.

—Diego… —susurró—. Diego, no me hagas esto… o sí. Mierda, sí, por favor.

Yo no la dejé hablar más. Le metí dos dedos, suaves, y ella gimió como si le estuvieran hablando al oído. Me envolvió la mano con su piel, y yo sentí cómo su cuerpo se abría, cómo su pulso se aceleraba, cómo su respiración se volvía cortada, desesperada.

—¿Te gusta? —le pregunté, mientras movía los dedos, con lentitud, con precisión.

—Sí —dijo—. Sí, me gusta. Me gusta tu pito, me gusta tu lengua, me gusta cómo me tocas… me gusta que me mames como si fuera lo único que te queda en el mundo.

Y entonces me levanté. Me desabroché el pantalón. Saqué mi pito, que ya estaba duro, que ya me dolía, que ya quería entrar en su cuerpo, en su boca, en su vida.

Ana me miró. No con vergüenza. No con miedo. Con deseo. Con reconocimiento.

—Tú eres el único hombre que me ha mirado así —dijo—. Como si no me viera como la prima, como la hermana de sangre. Como si me viera como una mujer.

—Porque lo eres —le dije.

Le acaricié el pelo, le separé los labios con la punta del pito, y le susurré:

—Mámelo, Ana. Mámelo como cuando éramos niños y te daba mi chupete. Solo que esta vez, no es plástico. Es carne. Es mío.

Ella sonrió, y metió su boca sobre mí.

No fue rápido. No fue desesperado. Fue lento, profundo, como si estuviera aprendiendo cada centímetro de mi cuerpo. Me tomó la base con las manos, y me hacía subir y bajar, con un ritmo que me dejaba sin aire. Me miró a los ojos mientras lo hacía, y en sus ojos no había vergüenza. Solo entrega. Solo deseo. Solo Ana.

—Estoy a punto —le dije, cuando ya no pude más.

Ella se separó, con cuidado, y me miró, con la boca húmeda, con los ojos brillantes.

—No te salgas —dijo—. Entra. Que no me importa si la tía Loli nos oye.

Y entonces, con una sola mano, me señaló el hueco entre sus muslos.

Yo no dudé. Me coloqué sobre ella. Apoyé la punta en su entrada, y la empujé adentro, con cuidado, con respeto. Ella me soltó un grito, ahogado, como si el placer le estuviera arrancando las cuerdas vocales. Me abrazó con fuerza, me clavó las uñas en la espalda, y yo empecé a moverme, lento, con pequeños arrebatos, con pausas para besarle el cuello, para lamerle la oreja, para decirle que la quería, que la quería desde siempre, que no le había pedido permiso porque no lo necesitaba.

Ella se dejó llevar. Se dejó hundir. Se dejó llenar.

Y cuando yo sentí que me iba, que me iba adentro de ella, ella me agarró de la cara, me besó con fuerza, y me dijo:

—Tú eres el único hombre que me ha hecho sentir que no soy una prima. Que no soy una hija. Que soy una mujer. Una que quiere, que sufre, que se quema.

Y yo la abracé, con fuerza, y le dije:

—Y tú eres la única que me ha hecho sentir que soy un hombre. No un niño. No un sobrino. Un hombre que puede amar, que puede desear, que puede querer.

Y así estuvimos, abrazados, sudados, sin aliento, con el corazón latiendo a mil por hora, como si el mundo se hubiera detenido ahí, en ese cuarto de visitas, en esa cama vieja, con esa luz que ya se había ido y que no volvió a entrar.

No sabía cuánto tiempo pasó. Tal vez cinco minutos. Tal vez una hora. Ana se movió, se volvió a acurrucar contra mí, y me susurró:

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora —dije—, ahora le decimos a la tía Loli que nos oye.

Ella se rió, su risa suave, como la de una niña que descubrió que el mundo no se va a romper si ella elige ser feliz.

—Y si nos oye, que se jodan —dijo, y me besó de nuevo.

Y yo la besé, y sentí que mi pito volvía a ponerse duro, no por el deseo, sino por la certeza.

Porque en ese cuarto, entre las toallas polvorientas y la luz del atardecer, no solo habíamos hecho el amor.

Habíamos roto un encanto.

Y lo habíamos hecho con amor.

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