Lo que pasó en el club de lectura
7 minLo que pasó en el club de lectura
La primera vez que vi a Clara, pensé que era una estudiante de literatura que había perdido la rumbo. Tenía veintitrés años, puros ojos verdes y una manera de morderse el labio inferior cuando se concentraba en una frase que no sabía cómo leer en voz alta. Yo, Lucas, tenía cincuenta y uno, y aunque ya no usaba gafas para leer a menos que la luz fuera muy tenue, en ese momento sentí un leve temblor en los dedos al devolverle el libro que me había prestado: *Cien años de soledad*, con una marca de libro hecha a mano: una hoja seca entre las páginas 124 y 125.
El club de lectura se reunía los jueves a las siete en punto, en la sala trasera de una librería pequeña, antigua, con paredes de madera oscura y una escalera de caracol que crujía como si tuviera memoria propia. El grupo era modesto: tres o cuatro personas, la mayoría jubilados, un par de docentes, y yo, que asistía más por costumbre que por pasión. Pero Clara llegó un jueves con un abrigo de lana color miel, el pelo recogido en un nudo torcido, y una sonrisa que parecía saber algo que nadie más sabía.
—¿Le gustó la historia del amor entre Aureliano Segundo y Fernanda? —me preguntó esa primera vez, sin mirar a los demás. Su voz era suave, un poco ronca, como si hubiera estado susurrando todo el día.
—Me quedé con la imagen del general que se levantaba a las cuatro de la mañana para forjar pequeños peces de oro. Pero no pude evitar pensar… que el verdadero aislamiento no es el de Macondo, sino el que uno se construye con cada elección que no comparte.
Clara me miró fijamente. No sonrió. Solo asintió, despacio, como si hubiera escuchado algo que esperaba.
—Usted es un lector lento —dijo.
—Y usted, una lectora peligrosa —respondí.
Pasaron dos semanas. Los jueves se volvieron mi excusa para salir de casa antes de que el silencio me atrapara. Clara siempre llegaba con un detalle: un café sin azúcar para mí (lo había adivinado tras oírle decirle a otra que los adultos maduros no tolerábamos el dulce después de los cincuenta), o una galleta de avena que se ofrecía a compartir “porque la vida es corta para comer pan blanco”.
Un jueves, llovió toda la tarde. La librería quedó vacía excepto por nosotros dos. Los demás habían desistido con la tormenta. La dueña nos ofreció quedarnos hasta que pasara, y nos dejó solos en la sala con una botella de vino tinto y dos copas.
—¿Sabe que nunca he estado con un hombre mayor que mi padre? —dijo Clara, sirviéndose vino, con las manos apenas temblorosas.
—¿Y por qué no?
—Por miedo. A que piense que soy una niña. O peor: a que piense que no sé lo que quiero.
Yo la observé desde mi silla, con las manos cruzadas sobre las rodillas. No me levanté. No hice nada que no fuera respirar despacio, mientras el viento golpeaba las ventanas como si quisiera entrar.
—A los cincuenta y uno —dije—, ya no temo a la edad de los demás. Temo que me quiten el tiempo, no que lo gaste.
Clara se acercó. Caminó con calma, sin prisa, como si supiera que cada paso contaba. Se detuvo frente a mí, no muy cerca, pero lo suficiente para que sintiera su calor, el aroma a jazmín y vino que le pegaba a la piel. Me miró a los ojos, y por primera vez, no esquivé la mirada.
—¿Y si le digo que quiero que me enseñe a leer entre líneas? —susurró.
No respondí con palabras. Le tomé la mano. No con crudeza, pero sí con firmeza. La señalé con el pulgar la línea de su muñeca, donde latía rápido.
—¿Siente eso? —le pregunté.
—Sí.
—Eso es lo que yo siento. No es miedo. Es atención. Es… deseo.
Clara inclinó la cabeza, como si me estuviera rogando permiso. Yo le acaricié la mano, despacio, con el pulgar, mientras el vino se enfriaba en las copas y la lluvia no cesaba.
—¿Qué quiere que le enseñe? —le pregunté, ya con voz más baja, ya sin disimulo.
—Que me diga qué se siente tener una vida entera atrás… y decidir empezar de nuevo.
—¿Está segura de que quiere empezar?
—No —dijo, y sonrió—. Por eso quiero hacerlo.
Me levanté. No con brusquedad, sino con la seguridad de quien ha estado esperando esa palabra toda la semana. Me acerqué a ella, y esta vez fui yo quien la tocó: le pasé los dedos por la nuca, sintiendo el cabello suave, el calor, la humedad del aire en la piel. Clara cerró los ojos, y un leve temblor recorrió su cuerpo.
—¿Le importa que yo sea mayor? —le pregunté, mientras mis dedos descendían hasta sus hombros.
—Me importa que usted no mienta —respondió.
—No miento.
Le incliné la cabeza hacia atrás, sin fuerza, solo con la suave presión de mis dedos en la nuca, y vi sus ojos abrirse de nuevo, verdes, brillantes, sin vergüenza. La besé.
No fue un beso de prueba, ni de timidez. Fue un beso de quien sabe que ha llegado justo a tiempo. Sus labios eran cálidos, ligeramente secos, pero cedían con facilidad bajo los míos. Le toqué la cintura, y ella se estremeció. No retrocedió. Se acercó más, y sentí cómo su pecho se inflaba contra mi camisa, cómo su respiración se entrecortaba.
—¿Puedo…? —comencé.
—Sí —dijo, sin dudar—. Pero no me trate como a una niña.
Le desabroché el abrigo, despacio, con los dedos temblorosos esta vez. Bajo él, llevaba una blusa de algodón, ajustada, que dejaba entrever la curva de sus pechos. Le pasé la mano por la espalda, sintiendo la suavidad de la tela, y luego deslicé los dedos bajo la copa del sostén. Su pecho surgió, redondo, firme, con un pezón ya endurecido por el frío y por el calor de su cuerpo.
—Hermoso —susurré.
Clara me atrajo hacia ella, besándome de nuevo, con más urgencia. Sus manos subieron por mi pecho, por los músculos que aún conservaba después de años de correr, y se detuvieron en mi cuello. Me mordió el labio inferior, con suavidad, y yo solté un suspiro que no pude contener.
—¿Quieres que subamos? —le pregunté.
Asintió, sin soltar mi mirada. Subimos la escalera de caracol, cada peldaño crujía bajo nuestros pasos. En el departamento del segundo piso —el mío—, no encendimos la luz. Solo dejamos que la lluvia iluminara la habitación con destellos grises, con el resplandor de los semáforos que llegaban desde la calle.
Me quitó la camisa con lentitud, como si cada botón fuera una promesa. Yo le desabroché el sostén, y ella lo dejó caer al suelo con un movimiento suave. Entonces, la vi tal como era: piel clara, caderas anchas, vientre plano, y entre las piernas, la curva suave de su vagina, oculta por una fina tanga de encaje blanco.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Me gusta que tú la veas —dijo.
Me quitó los pantalones y los calcetines, y yo, ya sin nada entre nosotros, la tomé en brazos y la senté sobre la cama. Me deslicé entre sus piernas, y con la yema de los dedos, separé sus labios. Ya estaba húmeda, caliente, y su respiración se había vuelto rápida, superficial.
—Dime qué sientes —le pedí.
—Calor. Deseo. Tensión. Ansiedad. Eres… muy viejo —dijo, y rió—. Pero no en la manera que pensaba.
—No en la manera que crees —corregí, y le pasé la lengua por el clítoris.
Clara gritó. No de sorpresa, sino de reconocimiento. Como si ese sabor, esa textura, ya hubiera estado esperándolo. Y yo, con las manos firmes en sus muslos, comencé a saborearla, lento, paciente, como si cada segundo fuera una página que debía leer con atención.
Cuando por fin se corrió, lo hizo con los ojos cerrados, con los puños apretados, con un gemido que no era de placer solamente, sino de liberación. Me miró entonces, y me extendió la mano.
—Tu turno —dijo.
Me senté sobre ella, y ella me tomó en su mano, firme, segura. No hubo vergüenza. Solo deseo. Y cuando me introduje en ella, sentí su apretón, su calor, su perfecto ajuste. No me moví al principio. Solo la miré a los ojos, y ella me pidió con la mirada que continuara.
Y así lo hice.
Con lentitud. Con respeto. Con sabiduría.
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