Lo que pasó en el club de lectura

Lo que pasó en el club de lectura

@natalia_fuego ·6 de junio de 2026 · ★ 4.2 (22) · 35 lecturas · 3 min de lectura

La luz del sol se deslizaba por las ventanas del salón de actos del club, tibio y lento, como si también le costara moverse después de tantos años de polvo y silencio. Natalia, veintitrés, con los cabellos oscuros recogidos en un moño bajo y una blusa de seda blanca que le marcaba la cintura, estaba sentada al frente, las piernas juntas, las manos sobre el libro abierto. Leía *El amante* de Duras, voz firme, mirada seria. A su izquierda, en la silla que nadie más había ocupado —porque era la que él solía tomar—, apareció Carlos, cincuenta y dos, con su corbata deshecha, las arrugas en las sienes como mapas de vida vivida y los ojos que, al posarse en ella, no parpadeaban ni un milisésimo.

—Vení, Natalia —dijo él, sin levantar la voz, pero con ese tono que no admite réplica—. No me digás que ya te aburriste de tantas páginas.

Ella sonrió, apenas, pero suficiente. Sabía que él la miraba desde la primera semana: cómo se mordía el labio al leer ciertos párrafos, cómo se meneaba un poco en la silla cuando el calor del salón se hacía insoportable, cómo bajaba los ojos cuando él se sentaba demasiado cerca. Él, en cambio, no disimulaba. Le gustaba verla sentir lo que él ya había sentido mil veces, pero con la diferencia de que ella lo sentía por primera vez, y eso lo ponía duro como una piedra.

—¿Aburrirme? —respondió ella, cerrando el libro con un golpe suave—. ¿Vos creés que con veintitrés años ya puedo aburrirme de algo?

Carlos se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, los dedos entrelazados. La corbata le colgaba como una bandera rendida. Su respiración era pausada, profunda. El silencio se extendió, cargado. Ella sintió el peso de su mirada en el cuello, en la nuca, en la base de la columna, como si ya la estuviera despojando.

—Aburrirse es para los que no saben esperar —dijo él, y por primera vez, su mano rozó la de ella, sin apuro, sin presión, como si estuviera tocando algo frágil, valioso, prohibido—. ¿Viste cómo se te eriza la piel cuando hablamos?

Ella no lo miró. Bajó la vista al libro, pero su pecho subía y bajaba más rápido. Sí lo sentía. Sí lo sentía todo. El calor de su cuerpo a veinte centímetros, el olor a tabaco oscuro y café recién hecho, la seguridad de quien sabe que no tiene que demostrar nada porque ya demostró todo.

—Sos un mamarracho, Carlos —dijo, pero sin mala intención, con una sonrisa que le temblaba en los labios.

Él soltó una risa baja, grave, que le hizo cosquillas en la espina dorsal.

—Sí, pero vos venís cada semana. Aunque no leas nada. Aunque ya te sepas el libro de memoria. ¿Por qué venís, Natalia? ¿Por Duras? ¿Por el calor? ¿O porque sabés que si un día me sentara a tu lado, y te tomara la mano, y te la apretara un poco más fuerte… vos no la retirarías?

Ella levantó la vista. Sus ojos, oscuros, húmedos, lo atravesaron como una bala. No hubo miedo. Sólo deseo, franco, limpio, peligroso.

—Porque me gusta que me mires —susurró—. Porque me gusta que sepas lo que siento aunque no lo diga. Porque me gusta que seas viejo, Carlos. Porque me gusta que sepas exactamente dónde apretar para que me derrita.

Él no esperó más. Levantó la mano, lentamente, y le acarició la mejilla con el pulgar. La piel de ella palpitó bajo el tacto, como si ya lo hubiera esperado toda la vida.

—Vamos al cuarto de atrás —dijo él, sin soltar su mano—. La lluvia va a llegar en diez minutos. Y mientras tanto, te voy a hacer una cosa muy simple: te voy a besar hasta que te olvides de tu nombre. ¿Venís?

Ella se levantó sin una palabra. Sólo con la mano en la suya, los dedos entrelazados, y el corazón latiendo como si quisiera salirse por la boca.

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