Cuando el marinero me cogió en el muelle de Salina Cruz
6 minCuando el marinero me cogió en el muelle de Salina Cruz
Yo ya había visto pocos tipos con esa mirada de pescador que te traga entero, pero cuando lo vi salir del barco de pesca con el pecho cubierto de sal y gotas de sudor resbalando por su pecho y el cinturón de cuero apretado en las caderas, supe que ese día no iba a ser como los otros. Se llamaba Renato, me dijo, y venía de Salina Cruz, pero trabajaba en los muelles de Acapulco desde hacía dos años. Lo conocí en el *Bar del Faro*, ese lugar donde los marinos se acicalan antes de subir a sus barcos y los turistas se emborrachan con tequila barato y promesas que nunca cumplen.
Llevaba toda la tarde mirándolo desde la barra, mientras me tomaba mi tercera cervera y le hacía chiste a la barra. Él, con su camiseta blanca ya amarillenta por el sol y el cuello abierto, se acercó y se paró a mi lado. Me dijo: “¿Tú no eres de por aquí, che?”. Le respondí con una sonrisa pícara y un “Sí, pero me paso más tiempo en el mar que en tierra firme, aunque hoy vine a ver si encontraba algo que no se mueve con las olas”. Me lanzó una risa baja, con el codo apoyado en la mesa y los ojos fijos en los míos. “Y si te muevo yo, ¿te quedas?” Me acerqué un poco más, hasta que sentí su aliento en la oreja: “Si me mueves tú, no me muevo ni para respirar”.
Nos fuimos caminando hasta el muelle abandonedo, el que ya no usa nadie desde que pusieron el nuevo muelle turístico. La luna estaba llena y la luz plateada se reflejaba en el agua negra, entre los maderos podridos y las cuerdas colgando como serpientes muertas. Él iba adelante, con la camiseta puesta al revés ya, y yo detrás, viendo cómo se le marcaban las nalgas con los pantalones ajustados, cómo el culo se le tensaba cada vez que daba un paso. Cuando llegó al final del muelle, donde no llegaba nadie y el olor a pescado podrido y salitre se mezclaba con el sudor de su piel, se detuvo, se giró y me sacó la camiseta de un jalón.
“¿Estás seguro, che?”, me preguntó, con la mano ya en mi verga, apretándola suave a través de los pantalones. Le respondí con un “Sí, chingue tu madre, sí”, y él me soltó una risa que sonó como un trueno lejano. Me agarró del pelo y me jaló hacia adelante, hasta que mis labios rozaron los suyos. No fue un beso, fue un mordisco, una pelea de bocas donde nos mordimos los labios y nos chupamos la sangre. Me tiró contra el poste de madera, uno que ya no servía para nada, y se arrodilló. Me desabrochó el cinturón con los dientes, bajó la cremallera de una sola mano, y sacó mi verga ya dura, sudada, con la punta húmeda y brillante.
No me dio tiempo de pensar. Se lo tragó entero, hasta la base, con una boca que sabía a sal, tabaco y sudor de hombre. Lo hacía con una fuerza que me hacía temblar las rodillas, con golpes de garganta que me subían por la columna y me apretaban las tripas. Me agarraba de los testículos y los estiraba suave, mientras con la lengua me frotaba el pene contra el paladar, como si quisiera aprenderse cada nervio. Cuando me levantó la camiseta, vi sus pechos, anchos y peludos, con pezones oscuros y duros. Le dije: “Déjame verte”, y me levantó la camiseta, y yo le chupé uno, mordí el otro, y mientras lo hacía, me metió un dedo en el culo, luego dos, luego tres, con una velocidad que me hizo gritar.
“Ya estás listo, perro”, me dijo, y me volvió a agarrar del pelo, me giró, me puso de rodillas frente a él. Me sacó su verga, que estaba más gorda que la mía, más dura también, con la cabeza morada y un hilo de pre-cum que le colgaba. Me dijo: “Abre la boca”, y yo lo hice, y me la metió entera, hasta que sentí su pubis pegado a mi barbilla. Me dio un par de jalones para que me levantara, y me volvió contra el poste. Me metió las nalgas en la mano, las apretó con fuerza, y me rozó el ano con la punta de su verga. “Dime que sí”, me susurró al oído, y yo le dije: “Chingue su madre, sí, chingue su madre, sí”, y me la metió de golpe, hasta la base, con un estocazo que me hizo arquear la espalda y agarrar el poste con las uñas.
No fue suave. Fue un culazo brutal, de esos que te rompen el aliento. Me cogió con las manos en las caderas, me clavaba los dedos en la carne, y me empujaba con fuerza, como si quisiera partírmelo por la mitad. Yo le decía “más”, “sí”, “chinga tu madre”, y él me respondía con golpes más duros, con el cuerpo pegado al mío, con su respiración agitada en mi cuello. Sentía su verga palpitando dentro de mí, con cada embestida se hundía más, me reventaba el culo, me sacaba los gemidos más groseros que yo había dicho en mi vida. Me agarró de los testículos y los apretó, y me dio un par de golpes más fuertes, y entonces me corrió en la verga, con un grito que sonó como una oración.
Pero yo no me había corrido todavía. Me agarró la cintura, me dio la vuelta, me puso de pie, y me dijo: “Ahora tú”. Me puse de rodillas otra vez, le saqué la verga, que ya estaba blanda, y se la volví a meter en la boca, pero esta vez no la tragaba, la lamía, la chupaba, le acariciaba el escroto, le mordía los muslos. Él me agarró del pelo y me levantó, me puso de espaldas al poste, me abrió las piernas con la rodilla, y me empujó otra vez, esta vez más lento, más suave. Me cogió con calma, con ternura, con un ritmo que me hacía perder la cabeza. Me decía “mi chico”, “mi marinero”, “mi perrito”, y yo le decía “sí”, “sí”, “sí”, con la boca seca y los ojos cerrados.
Cuando me corrió dentro, esta vez no fue un chorro, fue un flujo caliente que me llenó el culo, que me quemó las entrañas. Me corrió en la verga y en la boca, y yo me corrí con él, con los ojos cerrados, con las manos apretadas en el poste, con el culo agarrotado y la boca llena de sal y sudor. Me abrazó por la espalda, me pegó su pecho al mío, y me dijo: “Mañana me voy de nuevo, pero si me buscas, te espero aquí, en el muelle”. Le dije: “Sí, te busco. Y cuando te encuentre, te voy a coger hasta que no puedas caminar”.
Nos vestimos con lentitud, sin vernos a la cara, con las manos temblando un poco. Me besó en la frente, me dio un abrazo fuerte, y se fue caminando hacia el barco, con las manos en los bolsillos y la camiseta colgándole de un hombro. Yo me quedé en el muelle, con el culo lleno de su semen, la verga aún dura, y la boca llena de su sabor. Supe que no volvería a verlo, pero no me importó. Porque había sido uno de los mejores culazos de mi vida, uno de esos que te quedan grabados en la piel, en el alma, en las tripas. Y si algún día lo veo de nuevo, ya sé lo que le voy a decir: “Chingue su madre, sí, sí, sí. Cuélgame de nuevo”.
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.