Lo que pasó en el ascensor del edificio
7 minLo que pasó en el ascensor del edificio
Carlos era hombre de hábitos. Cada mañana a las 7:45, salía de su apartamento en el piso 12 del edificio Las Azaleas, con saco gris, corbata oscura y una taza de café humeante que siempre se le enfriaba antes de llegar al primer piso. Trabajaba en una firma de abogados en el centro, y su vida transcurría como un reloj suizo: preciso, silencioso, sin sobresaltos. Hasta que llegó la señora del piso 8.
Elena no era nueva en el edificio, pero sí nueva para Carlos. O mejor dicho: no la había *visto* antes. No hasta esa tarde de viernes, cuando la lluvia lo sorprendió en la puerta del supermercado y decidió regresar a casa en vez de seguir trabajando. Llevaba una blusa de seda color mostaza, empapada en los hombros, y el cabello recogido en un moño deshecho que apenas se sostenía. Se le había escapado una miga de pan entre los dedos cuando Carlos, por error, le dio el ascensor.
—Perdón, no la vi —dijo él, apretando el botón del 12.
Elena sonrió, media sonrisa, como si guardara un secreto.
—No hay problema. Yo también iba a subir… pero ya no tengo ganas.
El ascensor subió en silencio. Carlos notó que sus ojos, de un café oscuro casi negro, tenían algo que no era común: una luz de fuego lento, como el calor que se acumula antes de una tormenta. Apretó el botón del 8 sin mirar. Elena no lo hizo. Se quedó mirando el panel, los números parpadeando en verde. Carlos sintió un cosquilleo en la nuca. No era la primera vez que compartía un ascensor con una mujer bonita. Pero sí la primera vez que sentía que el aire dentro del cubículo se volvía denso, pegajoso, como si el oxígeno se hubiera ido a esconder a otro piso.
—Usted es del 12, ¿verdad? —preguntó ella, al fin, sin apartar la vista del panel.
—Sí. Carlos.
—Elena. Del 8.
El ascensor se detuvo. Puertas abiertas. Carlos salió, con un "hasta luego" automático, casi maquinal. Pero cuando la puerta se cerró, se dio cuenta de que Elena no había subido. Se quedó mirándolo, con la mano aún sobre el botón del 8. Entonces, con un gesto lento, como si estuviera decidiendo algo que no sabía si quería, pulsó el botón de "paro de emergencia".
Carlos, que ya estaba a punto de abrir su puerta, escuchó el clic seco del botón. Se volteó. Elena lo miraba fijo, sin rubor, sin miedo, con una seguridad que lo desarmó.
—¿No va a preguntar por qué lo hice? —dijo.
Él se acercó. La puerta del ascensor se cerró de nuevo, esta vez con un sonido más profundo, más final.
—¿Por qué?
—Porque hoy, por primera vez en años, no me he sentido bien conmigo misma. Porque me vestí como para ir a trabajar… pero no iba a ninguna parte. Porque hace tres meses que no me siento deseada. Y usted… —ahora sí lo miró a los ojos—… tiene una mirada de hombre que sabe lo que quiere, pero no lo dice.
Carlos no respondió de inmediato. En su vida había sido un hombre de palabras grandilocuentes. Pero en ese momento, con la lluvia golpeando los cristales del edificio y el silencio del piso 8 colándose por las grietas del ascensor, supo que las palabras no eran necesarias.
Se acercó. Tocó su mejilla con la yema de los dedos. No fue un gesto atrevido, sino pausado, como si estuviera leyendo una carta antigua, hoja por hoja, palabra por palabra. Elena no se apartó. Cerró los ojos, y respiró hondo, como quien acaba de encontrar el lugar donde siempre quiso estar.
—¿Está segura? —preguntó, casi en un susurro.
Elena abrió los ojos. Esta vez la sonrisa fue completa. Lenta. Entregada.
—No tengo nada de segura. Pero sí tengo algo de ganas. Muchas.
Carlos no la besó. Aún no. Se limitó a acercar su frente a la de ella, hasta que sus respiraciones se confundieron. Sentía el calor de su piel, la humedad de la blusa empapada, el latido acelerado en su cuello. Sus manos, que antes sostenían plumas y teclados, ahora temblaban ligeramente.
—¿Puedo subir? —preguntó.
Elena asintió. Solo con el más mínimo movimiento de barbilla.
Subieron al piso 8. Carlos entró con la certeza de que estaba cometiendo un error. Pero no uno que lamentara.
El apartamento de Elena era un oasis: muros blancos, muebles bajos, una alfombra de lana color tierra en el centro del salón. Nada de desorden. Nada que ocultara. Sólo una gran ventana con vista al valle, y el sonido de la lluvia, ahora más suave.
Elena se quitó la blusa sin apuro. Se dejó ver: un sostén de encaje negro, ajustado, que dejaba ver la curva de sus pechos, redondos y firmes, como si el tiempo no los hubiera tocado. Carlos, de pie, desabrochó la primera camiseta de su camisa, como si estuviera quitando una capa de piel ajena.
—¿Tienes miedo? —preguntó Elena, mientras se quitaba los zapatos con un movimiento de tobillo.
—No. Tengo… anticipación.
Elena se acercó. Puso una mano en su pecho, sobre el corazón. Sintió el ritmo acelerado.
—¿Oye eso? —dijo—. Su corazón está hablando por él.
Carlos la tomó de la cintura. Ella se pegó a él, y sintió la dureza que ya tenía preparada contra su vientre.
—¿Y el mío? —preguntó, mientras sus dedos deslizaban la cremallera de su falda.
—El mío… ya lo escuchaste. Dijo *sí*.
La falda bajó. Elena llevaba una braguita del mismo encaje que el sostén. Carlos no se apresuró. Se arrodilló frente a ella, lento, con respeto, como si estuviera frente a un altar. Deslizó los dedos por el interior de sus muslos, hasta topar con la tela húmeda.
—¿Estás mojada? —preguntó, sin juzgar, sin vergüenza, como si fuera lo más natural del mundo.
Elena suspiró. Asintió.
—Sí. Ya hace rato.
Carlos introdujo los dedos entre la tela y la piel. Deslizó la braguita por una pierna, luego por la otra. La dejó en el suelo. Y entonces, con la palma de la mano, rozó su sexo. Húmedo, cálido, lleno de vida. Elena cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y soltó un sonido que parecía un gemido, pero aún no lo era: un susurro de rendición.
—¿Me lo quieres comer? —preguntó Carlos, en voz baja.
Elena abrió los ojos. Esta vez no sonrió. Solo asintió, con una intensidad que lo hizo temblar.
Se puso de pie. Desabrochó su pantalón. Sacó su pito, firme, grueso, con la punta brillante por la humedad que ya se le había escapado. Elena lo miró sin vergüenza, con una sonrisa de quien ha soñado con esto, pero nunca se atrevió a imaginarlo tan real.
—Ven —dijo ella.
Lo tomó de la mano y lo llevó al dormitorio. La cama era sencilla, con sábanas blancas. Carlos se quitó la camisa. Elena lo hizo con la corbata, lentamente, como si fuera un ritual antiguo. Luego, con la punta de los dedos, trazó un círculo en su pecho, bajó por el vientre, y cuando sus dedos tocaron su pito, Carlos soltó un jadeo que no intentó contener.
—Estás rico —dijo Elena—. Grande, firme… y ya casi listo.
Carlos se acostó. Elena lo montó con calma. Se sentó sobre él, con las rodillas a los lados, y bajó suavemente, hasta sentir que lo tenía entero. Se quedó así un largo rato,不动, con los ojos cerrados, sintiendo la plenitud, el estiramiento, la intensidad de estar llena.
—¿Te gusta? —preguntó Carlos.
—Sí. Mucho. Pero quiero más.
Empezó a moverse. Lento, pausado, con una cadencia que parecía sacada de una partitura olvidada. Carlos la miraba. Veía cómo se le erizaban los pechos con cada subida, cómo se le tensaba el vientre, cómo su cabello se deshacía más y más. Sentía cómo su interior la apretaba, cálido, húmedo, como una segunda piel.
—¿Te muevo así? —susurró Carlos.
Elena asintió. Él la tomó de las caderas y la movió con más fuerza, pero sin brusquedad. Elena soltó un gemido, esta vez más fuerte, más roto. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en su pecho, y besó su cuello. Mordió su hombro, no con crueldad, sino con necesidad.
—Dime qué sientes —
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.