Lo que pasó en el ascensor del edificio

@renata_sol ·29 de abril de 2026 · ★ 4.3 (29) · 2,320 lecturas · 7 min de lectura

Nunca imaginé que algo así pudiera pasar entre un piso y otro. Yo soy Renata, tengo 29, trabajo en una agencia de diseño gráfico y vivo en el piso 7 de un edificio antiguo pero bien cuidado, en el barrio de La América. Esos edificios de los años 60, con sus ascensores de puertas de rejilla que se cierran con ese *clic* metálico tan característico, y los pasillos que huele a cera y café recién hecho.

Todo empezó un viernes a las 7:43 de la noche. Llovía a cántaros, como decimos por aquí, y yo acababa de terminar una reunión que se extendió más de la cuenta. Llevaba puesta una blusa blanca, un poco transparente si la luz le caía de lado —y esa noche, la luz del vestíbulo, amarillenta y tenue, sí le caía de lado—, y una falda corta que me había convencido de usar con botines de tacón medio. No era para llamar la atención, pero sí para sentirme bien. Y sí, estaba un poco nerviosa, porque subía a recoger un libro que había olvidado en casa de mi hermana, que vive en el piso 5.

La llave aún no había entrado en la cerradura cuando escuché el *ding* del ascensor. Me giré, y ahí estaba él.

Mateo. Vivo, de verdad, no una alucinación por el cansancio. Se había mudado hace poco al piso 3, después de separarse. Lo había visto antes: en la escalera, en la entrada, en el supermercado, siempre con esa sonrisa tranquila, los ojos grises como el cielo antes de que llueva, y una barba bien cuidada que le daba un aire de poeta renuente a la modernidad. Pero nunca habíamos intercambiado más que un “buenos días” o un “hasta luego” con la mirada.

Hoy no.

—¿Subes o bajas? —preguntó, y su voz era más grave de lo que recordaba, más ronca también, como si llevara días sin hablar o con demasiada razón para hablar.

—Al 5 —dije, con un tono que intenté que fuera normal, pero que a mí misma me sonó tembloroso—. ¿Y tú?

—Al 3. Pero si quieres, te dejo pasar primero.

Hice un gesto con la mano, como diciendo “no hace falta”. Él asintió, se dio un paso atrás, y las puertas se cerraron. El ascensor empezó a subir con ese sonido familiar de engranajes, y de pronto, entre el zumbido, hubo un silencio tan denso que se sentía en la piel.

—¿Te gusta la lluvia? —preguntó de pronto, sin mirarme.

—Sí… cuando no me pilla sin paraguas —respondí, y me di cuenta de que estaba sonriendo. Él también.

—A mí también. Aunque prefiero que llueva cuando ya no tengo que salir.

—Esa es la clave —reí—. Vivir bajo la lluvia, pero sin mojarse.

El piso 4 pasó. No se detuvo. El piso 5 tampoco. El ascensor siguió subiendo. Yo miré la pantalla: 6. 7. 8.

—¿No te bajaste en el 5? —pregunté, pero ya me lo imaginaba.

—No. Subí al 8 a buscar un libro que me prestó mi tía. Y ahora que lo pienso… ¿tú no dijiste que ibas al 5? —me miró, con esa sonrisa que ahora sí era claramente burlona, pero dulce.

—Sí… pero no es cierto. Subí para recoger un libro… de mi casa. Pero mi hermana no estaba. Me di vuelta.

—¿Y por qué mentiste?

—Porque me dijiste que subías al 3… y yo ya estaba en el 5. No quería bajar y verte irte sin decir nada más.

El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo. Era una pausa cargada, como el instante antes de que la guitarra suene el primer acorde.

—¿Y si te digo que yo también me mentí? —dijo, y por fin me miró directo a los ojos—. Subí al 8 porque… bueno, porque quería verte otra vez. Te vi ayer en el parque, con tus audífonos puestos y el libro en la mano. Parecías… distinta. Más suelta. Y me gustó.

El corazón me dio un vuelco. No por cortesía. Porque sí. Porque él decía cosas que yo había estado pensando pero no me atrevía a nombrar.

—¿Y ahora qué? —pregunté, con la voz más baja, casi un susurro.

—Ahora… —dijo, y se acercó un paso. El ascensor dio un pequeño brinco al detenerse en el piso 9—. Ahora, si te parece bien… puedo acompañarte hasta tu casa. O hasta donde tú quieras.

Las puertas se abrieron. El pasillo estaba vacío, con la luz apagada excepto la del final, la de la escalera de emergencia. Él no se movió. Yo tampoco.

—¿Tienes miedo? —le pregunté.

—No —dijo—. Pero si tú tienes, yo me voy. Sin problemas.

Y eso… eso me partió el alma. Porque no era una invitación. Era una promesa.

Me acerqué. Tanto que sentí su respiración en la frente. Su olor: café, tabaco suave y algo suyo, que no sabía cómo describir, pero me hizo recordar el sol en la tarde, cuando el aire se vuelve dorado y todo parece posible.

—¿Y si no tengo miedo? —susurré.

Y entonces, por primera vez, me tocó. Con la yema de los dedos, en la mejilla. Lento. Como si no creyera que fuera real.

—Entonces… —dijo, y se inclinó un poco más—, ¿qué es lo que quieres?

No le respondí con palabras. Le respondí con la mano, puesta ya en su cuello, con los dedos enterrados en su cabello, con la frente apretada contra la suya.

—Quiero que me beses —dije—. Quiero que me beses como si este ascensor fuera el único lugar que queda en el mundo.

Y entonces lo hizo.

No fue un beso de prueba. No fue timido. Fue profundo, lento, con sabor a café y a promesas rotas que se rehacen. Sus manos me tomaron de la cintura, me acercaron hasta sentir su calor, hasta que mis muslos temblaron y mis uñas le rozaron la nuca.

El ascensor volvió a moverse. Bajando. Pero ni lo notamos. Solo sentimos el roce de sus labios en el cuello, el leve movimiento de su pantalón contra mi muslo, el sonido de su respiración entrecortada cuando le desabroché el primer botón de la camisa.

—¿Estás seguro? —le pregunté, porque eso también es parte del deseo: no asumir.

—Sí —dijo, y me besó de nuevo—. Totalmente. Pero… ¿y tú?

—También —susurré—. Yo también estoy segura.

Cuando las puertas se abrieron en el piso 7, el mundo siguió girando. Él me tomó de la mano, y caminamos hasta mi apartamento. Sin prisa. Con besos intermitentes, con miradas que se decían más que las palabras.

Y sí, llegamos a la cama. Con ropa puesta, al principio. Pero cada prenda se fue deshaciendo como una promesa que se cumple. Sus manos en mi espalda, sus dedos buscando el cierre del sostén, mi mano en su pito ya duro contra el pantalón.

—Eres linda cuando te quita la blusa —dijo, mirándome mientras lo hacía.

—Y tú… —le dije—, eres hermoso cuando me miras así.

Nos tumbamos juntos en la cama, sin prisa, con el silencio que solo se tiene cuando ya no hay que fingir. Él me besó la nariz, la frente, el cuello, y luego me mordió suavemente el labio inferior, como para recordarme que el deseo también es juguetón.

—¿Te gusta que te toque ahí? —preguntó, y con un dedo, por encima de la tela, rozó mi clítoris.

—Sí —gimió mi cuerpo antes de que mi boca lo dijera.

—¿Quieres que te lo saque?

—Sí —susurré—. Quiero que lo hagas.

Y así lo hizo. Con manos que sabían de ternura, con labios que conocían el ritmo del deseo. Me quitó la ropa con calma, como si cada prenda fuera un capítulo que había que cerrar con respeto. Y cuando estuvimos desnudos, uno frente al otro, no hubo vergüenza. Solo admiración.

—Eres preciosa —dijo, y me tomó de las caderas, y me puso encima de él.

Me senté, con su pito ya duro y brillante de preseminal, y lo apoyé contra mí. Sentí su calor, su tamaño, la forma en que me exigía. Me incliné, lo tomé con las manos, y lo empujé dentro, poco a poco, hasta que se hundió por completo.

—Dios —suspiró—. Me has estado faltando tanto.

Y empecé a moverme. Con calma, con ganas, con ese ritmo que solo se consigue cuando se sabe que el otro te está mirando con amor, no con solo deseo.

Y cuando llegó, cuando se le tensó el cuerpo, cuando me agarró fuerte de las caderas y me pidió que me quedara quietita, yo

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