Lo que pasó cuando se fue la luz

Lo que pasó cuando se fue la luz

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (31) · 130 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que sentí su cuerpo pegado al mío bajo la tenue luz del velador fue un error. Un error del que no quise arrepentirme.

Era viernes, fin de semana largo, y la ciudad se había quedado sin energía desde las tres de la tarde. La llamé para avisarle que mi mamá había traído tamales de mole —sí, los de su tía Rosa— y que si quería pasar a recoger unos. Me dijo que sí con una risita que me hizo temblar los dedos en el teléfono. No sabía entonces que la luz no iba a volver hasta muy entrada la noche.

Llegó a las siete y pico, con una falda blanca que le quedaba justita en las caderas, sandalias de cuña y el cabello suelto, con rizos que olían a vainilla y sudor ligero. Me besó en la mejilla, pero no fue un beso de amistad: fue como una chispa que me recorrió la columna. Me dijo —con esa voz que siempre me pone los pelos de punta—: “¿Y este calor de la chingada, no?”. Y sí, hacía un calor de mil demonios, pero no era solo por la falta de luz ni por el verano: era por ella.

Nos sentamos en el sofá, con los tamales fríos y la botella de tequila que me había traído mi hermano para “el caso extremo”. Ella se echó un chupito, se lamió el dorso de la mano con lentitud y me miró —directo— como si ya hubiera decidido algo. Yo no dije nada. Me limité a saborear mi tequila, con la lengua seca y el corazón galopando como si hubiera corrido una maratón.

—¿Tienes ventilador? —preguntó, sudando ya a mares, con la camiseta pegada a los pechos duros.

—Sí, pero no funciona sin luz —respondí, tratando de sonar tranquilo, y fallando estrepitosamente.

—Entonces… —se levantó, se acercó a mí y se sentó en el cojín de al lado, tan cerca que su muslo rozó el mío—… ¿cómo vamos a calarnos?

Fue como si me hubiera dado un paro cardíaco. Su voz, su aliento, el olor a jazmín que le subía del cuello… Me giré, y allí estaba: ojos negros, labios húmedos, pecho subiendo y bajando rápido. No esperaba esto. No esperaba que ella me mirara así, con deseo claro, sin vergüenza, como si ya hubiera planeado el pecado.

—¿Estás segura? —le pregunté, pero la mano ya le estaba acariciando la rodilla, con la yema de los pulgares.

—¿De qué? —rio, baja, sensual—. De que me gustas desde hace meses, imbécil.

Y entonces, sin más preámbulos, me besó.

No fue un beso de prueba ni de curiosidad. Fue profundo, con lengua, con hambre. Me agarró de la nuca y me jaló hacia ella, mientras yo le pasaba la mano por la espalda, sintiendo la curva de su columna, el algodón de su camiseta, la humedad en la base del cuello. Se separó apenas para respirar, pero siguió rozando sus labios con los míos, como si no pudiera dejar de tocarlos.

—Tú sabes que quiero verte desnudo —susurró, con el aliento caliente en mi oreja—. Pero primero, que me quites esta maldita falda.

Le quité las sandalias con los dientes (sí, con los dientes), y luego le desató los lazos de la cintura. La falda bajó como una ola, y quedó sentada frente a mí, con un slip negro de encaje que apenas contenía sus nalgas redondas y firmes. Me pidió que le tocara, y cuando puse la mano sobre su muslo, ella gimió —sí, gimió—, un sonido que me hizo endurecer al instante contra el pantalón.

—¿Te gusta lo que sientes? —le pregunté, y le acaricié el interior del muslo, subiendo poco a poco.

—Me encanta —respondió, y me tomó la mano, me la puso sobre su culo—. Siente cuánto se me pone dura la piel cuando me tocas así.

No pude resistir. Le bajé el slip con los dedos, y allí estaba: su culo entero, redondo, brillante por el sudor y la luz tenue del velador. Le besé la nalgada izquierda, luego la derecha, y cuando le pasé la lengua por el escote, ella soltó un quejido agudo.

—No aguanto más —dije, y me levanté—. Necesito verte desnuda entera.

La tomé de la mano, la senté en el borde de la mesa de centro, y le bajé la camiseta con un jalón. Sus pechos salieron al aire, duros, rizados los pezones, y me lamió los labios como una gata hambrienta. Se los tomé con la boca, uno por uno, y ella arqueó la espalda, con las uñas clavadas en mis hombros.

—Cógeme ya, maldito —me pidió, y me jaló hacia ella—. Quiero sentir tu verga dentro de mí.

No necesité más invitación. Me desabroché los jeans, saqué mi polla dura y temblorosa, y la coloqué entre sus muslos. Le separé los labios con el dedo, encontré su clítoris hinchado, y le di un par de besitos antes de empujar.

Entró poco a poco, lento, hasta que su cuerpo se cerró alrededor del mío. Gimió más fuerte esta vez, con los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo me dejé llevar, con las manos en sus caderas, sintiendo cada latido de su vagina, cada sacudida de sus pechos al moverse con cada embestida.

—Sí… así… más fuerte —me pidió, y yo le cumplí. Le di cada golpe que llevaba días guardando, cada pensamiento que había soñado mientras la veía pasar en su bicicleta, cada suspiro que había tragado al escuchar su risa en la cocina.

Se acercó a mí, me mordió el hombro, y me dijo al oído, con voz rota: —Me quieres, ¿verdad?

No respondí con palabras. Le besé el cuello, le lamí la garganta, y le metí la lengua en la boca mientras la cogía con más fuerza. Ella se corrió con un grito que me tembló en los huesos, y yo la seguí al instante, llenándola de todo lo que llevaba guardado.

Después, nos quedamos abrazados en el sofá, con la luz aún apagada y la ciudad callada. Ella se acurrucó en mi pecho, y le acaricié el pelo mientras me decía: —Mañana vuelve a venir, ¿sí? Tengo más tamales.

Me reí, y le di un beso en la frente. —¿Otra vez sin luz?

—Si hace falta —susurró, y se durmió contra mí, con mi polla aún metida dentro de ella, caliente y feliz.

No sabía si era sueño o realidad. Solo sé que, cuando desperté al día siguiente con el sonido del generador encendido y el olor a café recién hecho, ella seguía ahí, con la cara pegada a mi pecho, y una sonrisa de maldita satisfecha.

Y sí, volvió. Con más tamales, con más tequila, y con una falda que no le quedaba justita, sino que se le abría al caminar… como una promesa.

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