Lo que pasó cuando mi novia se fue de viaje y me conecté con la vecina por Zoom

Lo que pasó cuando mi novia se fue de viaje y me conecté con la vecina por Zoom

@andres_rio ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (8) · 40 lecturas · 6 min de lectura

Ella se fue un lunes a las seis de la mañana, con maletas grandes, un abrigo de lana que le quedaba apretado en los hombros y ese olor a vainilla y café que siempre deja en la cama después del desayuno. Me abrazó en la puerta, me besó en la frente y me dijo: “Si me extrañas mucho, busca algo que hacer, mijo. Que no me quieres llorando por ahí”. Pero yo sabía lo que quería decir: *no te quedes en casa mirando el techo, anda a socializar un poco*.

Entonces, a los tres días, cuando el silencio de la casa ya me pesaba como un colchón mojado, decidí bajar a comprar algo en la tienda del barrio. Y allí estaba ella: Laura. La vecina del cuarto piso, derecha. La que siempre me saluda con una sonrisa lenta, que se le arrugan los ojos como si supiera algo que yo no. Llevaba un vestido de algodón claro, con florecitas pequeñas, y el pelo recogido en un moño desordenado. Tenía un termo en una mano y una bolsa con panecillos recién horneados en la otra.

—¿Viste que llovió esta madrugada? —me dijo, y me ofreció uno—. Está recién salido del horno. Te lo dejo porque me sobra.

—Gracias, Laura —le dije, y la miré a los ojos un poco más de la cuenta. Ella no pareció importarle. Al contrario, se le curvó más la sonrisa.

Era viernes. Yo ya estaba en pijama, en el sillón, con el celular en la mano, hojeando Instagram sin ver nada, cuando sonó la pantalla. Era una llamada de Zoom. El nombre no estaba en contactos. Solo decía: *L.*

Me quedé paralizado un segundo. Luego, con las manos un poco sudadas, acepté.

Y ahí estaba ella. En su apartamento. Iluminada con una luz cálida, sentada en una silla de madera, con las piernas juntas, los codos apoyados en los brazos, y una taza de té humeante entre las manos. Vestía una camiseta de algodón grande, blanca, que le colgaba de un hombro, dejando ver la curva suave de su clavícula y la mitad de una tira de sujetador negro de encaje.

—Hola, Andrés —dijo, y su voz salió suave por los altavoces, como si estuviera hablando muy cerca de mí—. ¿Te gustaría que te mamine la pantalla?

Me quedé sin respiración. No por la frase, sino por cómo la dijo. No como una broma, ni como algo forzado. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si ya hubiéramos hablado de eso antes.

—Sí —le dije, sin vacilar. Porque era verdad. Sí.

Se inclinó un poco hacia adelante, y la cámara captó el movimiento de su pecho, el ligero alzamiento del pezón bajo la tela fina. Me puse duro enseguida, y sentí el calor subirme por el cuello.

—¿Te gusta que te mire? —preguntó, bajando la voz. Me miraba fijo, sin parpadear, como si me estuviera metiendo dentro con la mirada.

—Sí. Que me mires.

—¿Quieres que me toque mientras te miro?

No respondí con palabras. Solo asentí, lento, y me levanté del sillón. Me senté en el borde de la cama, con las piernas separadas, la camiseta subida un poco, el pito ya rígido y pegado al tejido del bóxer. Me separé la tela con una mano, y dejé que se me viera.

Ella me veía. Con los ojos fijos, la respiración más lenta. Me vió la punta del pito, el vello oscuro en el monte, el saco que se le humedecía con el tiempo. Me vió cómo se me erizaba la piel cuando pasaba un dedo por el borde del bóxer.

—Estás lindo, Andrés —dijo, y me sonrió—. Tan lindo… ¿Quieres que te vea cuando me toco?

—Sí. Dime dónde te tocas.

—Aquí —dijo, y bajó una mano lentamente. La llevó hasta el borde del vestido, y lo subió un poco, revelando la curva de su vientre, el ombligo hundido, y luego… su vagina. No estaba afeitada del todo. Tenía un montecito suave, castaño, con algunos pelos más claros. Sus dedos rozaron los labios, separándolos con cuidado, como si descubriera algo sagrado.

—Está húmeda —dijo, y me miró—. Pero no por ti. Porque ya estaba así cuando llamaste.

—Mentira —susurré.

—No. Es que… desde que supe que te ibas a quedar solo, no paré de pensar en esto. En ti. En cómo te vería si te llamara. En cómo se pondría tu pito si te dijera qué decir.

Y entonces me lo dijo. Me dijo palabras que me hicieron temblar las manos. Me dijo cómo le gustaría besar mi cuello, cómo le gustaría sentir mi aliento en su oreja, cómo le gustaría que la sujetara por la cintura y la levantara para meterme dentro de ella sin más preámbulo.

—¿Quieres que te mame la pantalla? —preguntó de nuevo, y esta vez no sonrió. Estaba seria. Seria y necesitada.

—Sí —le dije, con la voz rota.

Se inclinó más, acercando el micrófono a su boca. Se lamió los labios, una, dos veces, lentamente. Y entonces se puso a chupar la cámara, como si fuera mi pito, como si estuviera entre sus labios de verdad. Con suavidad, con presión, con el sonido húmedo de su boca abriendo y cerrándose. Me miraba sin soltar la cámara. Me veía cómo me ponía más duro, cómo se me salía un poco más del bóxer, cómo se me humedecía la punta.

—Te veo temblar —dijo, y me sonrió entre sorbo y sorbo—. ¿Quieres que te lama también?

—Sí. Dime cómo.

—Con la lengua —dijo, y se lamió la cámara otra vez, pero esta vez de abajo hacia arriba, lento, como si me estuviera lamido la punta—. Así… como si estuviera dentro de tu boca.

Me puse de pie. Me separé el bóxer del todo, y me tomé el pito con la mano. Me lo apreté suave, estirándolo un poco, imaginando que era su boca la que me chupaba, su lengua la que me rozaba el borde. Me imaginé sus pechos colgando frente a mí, sus pezones duros, sus muslos temblando.

—¿Quieres que te toque más fuerte? —me preguntó.

—Sí. Que me toques como si estuvieras aquí.

—Como si estuviera aquí… —repitió, y volvió a inclinarse. Esta vez, con la mano libre, se separó los labios de nuevo, y metió dos dedos dentro de ella. Me los mostró, lentos, humedecidos, brillantes.

—Está tan caliente —susurró—. Como si estuviera ardiendo.

Me puse a mover la mano con más fuerza. Me imaginé que eran sus dedos los que me sujetaban, que me jalan para acercarme, para que pudiera besarla. Me imaginé su lengua en mi cuello, sus uñas en mi espalda.

—Dime qué sientes —me pidió.

—Siento que quiero estar dentro de ti. Que quiero sentir tu piel contra la mía. Que quiero que me mames hasta que no pueda más.

—Entonces ven —dijo, y me sonrió—. Ven mañana. A las tres.

—¿Aquí? —pregunté.

—Aquí. En tu casa. Con la puerta abierta.

Me quedé callado un momento. No por miedo. Porque era demasiado bueno. Porque no lo creía.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—Estoy más que segura —dijo, y se levantó de la silla. Se sacó el vestido por la cabeza, dejando al descubierto su cuerpo entero: pechos pequeños, redondos, pezones oscuros y duros; vientre plano; cadera ancha; culito redondo, con esa curva suave que solo tienen las mujeres que han dado a luz—. Ya te lo prometí. Y no me gusta romper promesas.

Apagó la cámara.

La pantalla se puso negra.

Y yo seguí allí, sentado en la cama, con el pito duro, la respiración agitada, y una sonrisa tonta en la cara.

Porque sabía que, al día siguiente, cuando llegara Laura con su termo y sus panecillos, no sería para despedirse.

Sería para que me mamiara otra vez.

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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