Lo que pasó cuando le gustó mi cuello

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Sí, yo sé que suena raro —que a alguien le guste tanto un cuello—, pero así fue: yo, Adriana, con mi camisa blanca abierta hasta el ombligo y el cuello de ese suéter de lana colgando de los hombros, me paré frente a él en la cocina de su apartamento, y él, sin decir palabra, solo me miró la nuca como si algo allí fuera a explotarle la pupila. Se llamaba Mateo, 32 años, ingeniero civil (o eso decía en su perfil de Tinder), pero en los diez minutos que llevábamos ahí, ya había dejado de importarle su currículo o su apartamento en el piso 14 del edificio *Los Robles*. Solo le importaba *eso*.

—¿Te molesta que te mire así? —preguntó, sin apartar la vista.

Yo me giré un poco más, apoyando la espalda contra la encimera de mármol, con las manos detrás de mí, los codos un poco hacia afuera. Me encantaba cómo se le ponía la garganta tensa cuando me veía así.

—No me molesta —le dije, con voz baja, como si estuviéramos compartiendo un secreto—. Solo dime si te gusta de verdad, porque si no, me la meto en el bolsillo y sigo mi camino.

Él soltó una risita corta, nerviosa, como si nunca antes hubiera dicho algo así con alguien. Se acercó, despacio, y yo sentí su aliento en la nuca, cálido y húmedo, como el aire que sale de un horno recién apagado. Me estremecí, y no por frío.

—Me gusta tanto que me duele —confesó, y entonces me toco la nuca con la yema de los dedos, apenas, como si temiera que me desvaneciera si le daba demasiado peso.

Sus manos eran grandes, de hombre que maneja planos y lápices, pero suavemente, con una pausa entre cada roce, como si estuviera leyendo Braille en mi piel. Me giré entonces, lentamente, hasta quedar frente a él, y él me agarró de la cintura, tirándome un poco hacia adelante, hasta que sentí su erección pegada al bajo de mi camiseta.

—¿Tú también me miras? —le pregunté.

—Sí —dijo, sin dudar—. Pero no del todo. Me gusta más mirarte cuando tú me miras a ti.

Me reí, un poco nerviosa también, porque sí, era cierto: yo también lo estaba mirando, no con los ojos, sino con el cuerpo entero. Con el estómago apretado, con los pechos más duros de lo normal, con los muslos cerrados contra la encimera, como si así pudiera contenerme.

—Entonces… ¿por qué no me lo quitas?

Él no respondió con palabras. Me agarró del cuello de la camisa y tiró suavemente hacia arriba, hasta que el tejido se subió hasta mis axilas, dejando mi torso al descubierto. Me miró los pechos un instante, pero no los tocó. En vez de eso, bajó la cabeza y besó el lugar donde mi cuello se une con los hombros, donde la piel es más fina y tierna, donde late más fuerte cuando estás nerviosa.

—¿Te gusta? —le susurré.

—Sí —dijo, y me besó de nuevo, un poco más profundo, mordisqueando con cuidado la línea de mi clavícula—. Pero prefiero que me lo muestres tú.

Le dije que no sabía qué quería decir, y él me miró con esos ojos grises que parecían tener humedad de lluvia en invierno.

—Que me pida algo —dijo—. Que me digas qué quieres que haga con tu cuello.

Me quedé callada un rato. Él me soltó la cintura, pero no se alejó. Me pasó la mano por el brazo, despacio, desde el hombro hasta la muñeca, y yo sentí una descarga en la entrepierna, como si me hubiera tocado allí directamente.

—Quiero que me mames —dije, sin pensar mucho—. Pero no el pito. El cuello.

Él se rió, pero no de burla. De sorpresa. De deseo.

—¿En serio?

—Sí —le dije, y le tomé la mano, la puse sobre mi pecho—. Siente. Me está latiendo fuerte.

Él apretó un poco, con cariño, y entonces me besó de nuevo, esta vez en la boca, lento, con lengua, como si nos estuviéramos probando. Cuando se separó, me miró a los ojos y me dijo:

—Vamos a la cama. Te voy a mamar el cuello hasta que no puedas recordar tu nombre.

La cama era grande, con sábanas de algodón egipcio y una manta de lana gris. Me senté en el borde, con las piernas separadas un poco, y él se puso de rodillas frente a mí. Me tomó el cuello con ambas manos, como si fuera algo frágil, y me besó la garganta, la nuez, la línea de la mandíbula, y luego bajó, bajó hasta que sus labios rozaron la curva de mi clavícula, y allí, con la lengua, me lamía como si fuera un postre recién sacado del horno.

—Mueve un poco la cabeza —le pedí—. Más a la izquierda.

Él obedeció, y cuando su lengua encontró el hueco que hay entre el hueso y el músculo, yo solté un quejido, bajo, gutural, como si me lo estuviera chupando yo misma. Me pasó la mano por el vientre, y yo me arqueé hacia atrás, los pechos hacia adelante, pero él no los tocó. Solo siguió con el cuello, con la nuca, con la parte de atrás del cuello, donde el pelo era más corto y la piel más sensible.

—¿Te gusta que te mire la nuca? —me preguntó.

—Sí —dije, con los dientes apretados—. Me gusta que me mires como si fueras a morderme.

—Es lo que quiero —confesó, y me mordió, suavemente, un poco, solo para marcar—. Pero no voy a hacerlo. Porque quiero que me sigas mirando a los ojos cuando te lo haga.

Entonces me agarró de la barbilla y me obligó a mirarlo. Me besó de nuevo, esta vez más fuerte, y cuando me separé, me dijo:

—Ahora quiero que me mames tú.

Le desabroché el pantalón, y su pito salió, tieso, con el glande rojo y brillante, cubierto de líquido preseminal. Me arrodillé frente a él, pero en vez de agarrarlo, lo dejé allí, y le dije:

—Tú me sigues mamiendo el cuello. Yo me lo voy a mamar después.

Él me miró como si no me creyera, pero lo hizo. Volvió a besarme la nuca, con la lengua, y yo le pasé la mano por el pito, con lentitud, desde la base hasta la cabeza, sin apuro. Él gimió, un *“jodida”* suave, como si no quisiera romper el hechizo.

—¿Te gusta que te mire mientras me lo mamas? —le pregunté.

—Sí —dijo, y me besó la oreja—. Pero quiero que lo hagas bien.

Me incliné entonces, y con los labios cerrados, le chupé el glande, suave, como si fuera un dulce de leche recién hecho. Él me agarró del pelo, pero no tiró, solo sostuvo, como para mantenerme cerca. Le lamí la corona, bajé hasta la base, y cuando lo tomé todo, hasta la raíz, me separé un poco y lo miré a los ojos.

—¿Te gusta que te mire? —le pregunté.

—Sí —dijo, y se corrió enseguida, con un grito ahogado, con la cabeza hacia atrás, con los dedos apretados en mi pelo.

Me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano, y me senté a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro. Me pasó el brazo por los hombros y me besó la frente.

—¿Volverás a venir? —le pregunté, como si ya supiera la respuesta.

—Sí —dijo—. Pero solo si me dejas seguir mamiendo tu cuello.

Yo le sonreí, y le dije:

—Está bien. Pero esta vez, te dejo morder.

Y así fue.

También en: Primera vezOral

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