Lo que pasó cuando el Wi-Fi se cayó

Lo que pasó cuando el Wi-Fi se cayó

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (23) · 98 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suave contra los vidrios del departamento de Mariana, en Belgrano R., mientras ella se recostaba sobre el colchón, el celular apoyado en el pecho, la pantalla iluminándole la cara como una luna pequeña. Había aceptado la videollamada con Julián a las 22:17, sin más preámbulo que un “¿Estás cómoda?” y su risita tímida, como si ambos estuvieran acostumbrados a la distancia pero aún así temieran rozar lo real.

—Estoy cómoda —dijo ella, ajustándose el top de algodón, un poco deslizado del hombro derecho—. Aunque me puse media talle para la ocasión, por si te ponés loco.

Julián, desde su casa en Palermo, sonrió. El cámara lo capturaba con una luz cálida detrás, un sofá antiguo, una taza medio vacía de yerba. Se había afeitado las patillas, aunque no era necesario, pero eso lo hacía: quería verse bien. No por ella, sino por sí mismo, por lo que ambos estaban a punto de construir.

—Sí, loco —respondió—. Pero con cuidado, que acá no tenés nada que agarrar, piña.

Ella rió, bajó la voz, se inclinó hacia la cámara como si quisiera que él escuchara el rozar de su cabello contra el auricular.

—No me digas piña si sabés que me gusta. Y vos... vos tenés las manos libres, ¿no?

—Sí, las tengo. Pero no sé si me conviene usarlas… aunque sí.

Mariana se volvió de lado, el pelo le tapó una parte de la cara. Se mordió el labio inferior, lento, y se pasó una mano por el muslo, desde la rodilla hasta la ingle, con el dedo índice descansando apenas sobre la costura de sus shorties negros.

—Mirá, Julián… yo no te pedí esto. Pero si vos querés… decíme qué querés.

Él tragó saliva. Se ajustó los pantalones, sin apuro, como si el gesto fuera natural, como si llevara toda la tarde pensando en esto.

—Quiero que te quites el top.

—¿Sólo eso?

—No. Quiero que me muestres cómo te puso el agua tibia, si te mojaste el pelo con la ducha, cómo te sentís ahora, acá, sentada sola en tu cama, conmigo mirándote por la pantalla.

Mariana suspiró, cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, ya no era la vecina de siempre, la que saludaba en el ascensor con una sonrisa neutral, sino una mujer que sabía exactamente qué quería y cómo tomársela. Se levantó un poco, el top de algodón se le subió hasta el ombligo, dejando al descubierto la curva de su abdomen, su ombligo pequeño y redondo, una marca casi invisible de un piercing antiguo que había perdido hace años.

—Está mojado —dijo ella, acariciándose el cabello—. Me demoré media hora. Me gusta que el agua me corra por la espalda, que me entre en los hombros y me deshaga el día.

Julián, a través de la pantalla, se dio cuenta de que ya tenía la polla dura. No por impulso, sino por la calma de ella, por la forma en que hablaba sin apuro, como si cada palabra fuera una caricia que se dejaba caer a propósito.

—¿Y ahora?

—Ahora… ahora me puse estos shorties —dijo ella, tirando suavemente de la costura lateral—. Son nuevos. Te los puse por vos. Pero vos no los veías, y eso me puso más.

—Decíme qué color tienen.

—Negros. Con un lacito chico atrás, donde el culo se redondea.

—Garchá —murmuró Julián, y por un segundo se le cortó la respiración.

—¿Lo dijiste en voz alta?

—Sí.

Ella se mordió el labio otra vez, esta vez con más fuerza, y bajó la mano. Se pasó los dedos por el muslo interno, despacio, como si estuviera probando su piel, como si estuviera midiendo cuánto tardaba en sacudírsele la voz.

—¿Y vos? ¿Tenés algo puesto?

—Sólo la remera.

—Te la sacás.

—No quiero hacerlo rápido.

—No lo hagas. Desabrochá una por una.

Él se levantó del sofá, caminó hasta la luz del dormitorio, y se sentó en el borde de la cama. Se desabrochó la primera botón. Luego la segunda. El pecho le salió poco a poco, moreno, con pelo oscuro que se extendía hacia abajo, hacia el elástico de los boxers.

—¿Ves cómo me puse? —preguntó Mariana, que ya no lo miraba directo a los ojos, sino a la pantalla como si estuviera leyendo algo que no estaba escrita.

—Sí —dijo él—. Pero querés que te lo diga. Decíme.

—Decime cómo te imaginás mi culo, si lo tenés tapado por los shorties.

Julián dejó la remera sobre la cama, se pasó la mano por el vientre, despacio, hasta el borde de los boxers.

—Te lo imagino con los labios abiertos, como dos semilunas. Con esa marca de la costura que se te marca cuando te pones ropa ajustada. Y con un vello fino, casi invisible, pero que se ve si la luz toca bien.

—¿Como la luz de acá? —Ella apretó el celular contra su cuerpo, como si quisiera que la cámara captara todo.

—Sí —susurró él—. Como la luz de acá.

Ella se inclinó hacia adelante, la pantalla se movió un poco, y por un segundo, Julián vio su ombligo, luego su ombligo y la curva de su pecho, luego nada más que el pelo y la oscuridad. Volvió a aparecer, sentada ahora de piernas cruzadas, con el top subido hasta el pecho, los pechos pequeños, bien formados, las areolas oscuras, perfectas.

—Y ahora… —dijo—. Ahora te voy a mostrar qué pasa cuando vos no estás, pero yo te siento.

Julián tragó. Se desabrochó los boxers, lentamente, y sacó su polla. Ya no estaba dura del todo, pero ya se sentía pesada, cargada de sangre y de ganas.

—¿Ves? —dijo ella, colocando su mano sobre el muslo interno, un poco más arriba de la ingle, como si ya estuviera tocándose—. Acá. Me puse un poco de aceite de almendras. Para que se sienta suave.

—Mariana…

—Decime: ¿te gustaría estar acá, con la mano sobre mi culo, con la otra en mi vientre?

Él no respondió de inmediato. Se puso de pie, se apoyó contra la pared, con la polla en la mano, el pulgar pasando por la punta, mojándose con la pre-cum que ya le salía sola.

—Sí —dijo—. Me gustaría mucho.

—Entonces vení. No con las manos. Con la boca.

Mariana se sacó los shorties, con un gesto lento, como si estuviera despojándose de una armadura. Quedó sentada, las piernas abiertas apenas, la mano derecha entre ellas, los dedos separados, como si ya estuviera tocándose la concha.

—Estoy mojada —dijo—. Pero no por el agua. Por vos.

Julián se puso de cuclillas frente a la pantalla, como si estuviera al otro lado de la habitación.

—Decíme qué estás haciendo.

—Me toco. Con dos dedos. Los meto dentro, despacio. Y luego los saco, los paso por mi clítoris, y otra vez adentro.

—¿Y cómo te sentís?

—Como si vos estuvieras acá, con la lengua en mi cuello, con la mano apretándome la cintura, con la polla pegada a mi culo, esperando su turno.

—¿Y si me acercara ahora?

—Me darías vuelta. Me agarrarías de las caderas, me lo meterías todo, despacio. Y yo me agararía de la sábana, te diría que no te salieras, que me lo guardaras hasta que me salga solo.

—¿Y si te dijera que ya no quería esperar?

—Me diría que sí, que me lo cogieras como fuera, que me lo garcharas hasta que no me acuerde de mi nombre.

La lluvia seguía cayendo. La pantalla parpadeó un segundo. El Wi-Fi se cayó.

Ambos se quedaron callados. Mariana no apagó el celular. Julián no se levantó. Simplemente se quedaron allí, con la imagen congelada, con el silencio que ahora no era de espera, sino de algo más profundo: el eco de lo que aún no había pasado.

—¿Seguimos? —preguntó Mariana, cuando la imagen volvió.

Julián asintió, sin palabras.

—Seguimos —dijo ella.

Y se tocó otra vez.

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