Lo que pasó cuando el cable se cortó
6 minLo que pasó cuando el cable se cortó
La luz se fue como a las once y pico de la noche, sin previo aviso, sin ni siquiera un parpadeo de advertencia. Un apagón total. En ese edificio de apartamentos moderno pero un tanto descuidado en el barrio La Candelaria de Medellín, donde las paredes olían a humedad vieja y café recién hecho, todos se congelaron. El timbre del ascensor se apagó de golpe; el zumbido del aire acondicionado desapareció; hasta los perros del cuarto piso callaron de repente, como si supieran que algo iba a cambiar.
Elena, en su apartamento del tercer piso, dejó caer la taza de té en la mesa. La luz de su celular fue la única que encendió la habitación, reflejándose en su rostro con un brillo suave, casi dramático. “¡Ay, diosito! ¿Otra vez?” murmuró, entre resignada y fastidiada. Se acostó a las ocho, pero no pudo dormir. El calor de ese viernes de junio se metía por las ventanas entreabiertas y se quedaba pegado a la piel. Se levantó, se puso un camisón de seda negra que le quedaba ajustado pero elegante, y caminó hasta la puerta con el celular en mano, decidida a preguntarle a alguien si sabía por qué se había ido la luz.
Justo cuando abrió su puerta, la del vecino del lado —la del frente, para ser precisos— se abrió también. Y allí estaba él: Diego, con una camiseta blanca mojada de sudor en las axilas, el pelo despeinado, los ojos oscuros y el cuerpo alto y atlético que había visto mil veces pero nunca así, así de cerca y así de… presente.
—Ah, Elena —dijo él, con esa voz grave que siempre le había hecho cosquillas en la nuca—, ¿tú también te quedaste sin luz?
Elena tragó saliva. Desde que se mudó hacía tres meses, Diego le había dado la mano cada vez que se cruzaban, había saludo con una sonrisa tímida, pero nunca había estado así, en la oscuridad, solos, con solo la luz de su celular iluminando sus rostros. Sentía cómo el pulso le latía en las muñecas, en la garganta, en la entrepierna.
—Sí —respondió, intentando sonar más desenfadada de lo que se sentía—. Parece que la ciudad nos dejó a oscuras.
Diego dio un paso hacia adelante. Cerró la puerta con el pie y se quedó quieto frente a ella, a menos de medio metro. Elena notó el olor: sudor, jabón de lavandería y algo más, algo masculino, fuerte, que le hizo sentirse pequeña, vulnerable, y aún así deseosa. Un cosquilleo le recorrió la columna.
—¿Te parece si usamos una vela? —preguntó él, y alzó una mano con un encendedor y un pequeño recipiente de vidrio—. Me encendí una, pa’ no tropezar.
Elena asintió, sin palabras. Se hizo a un lado, lo dejó entrar. Él encendió la vela y la puso sobre la mesa del comedor. La llama tembló un poco, luego se estabilizó, proyectando sombras grandes y danzarinas en las paredes. En ese instante, Elena se dio cuenta de que no estaba sola con un vecino cualquiera: estaba con un hombre que, sin decir nada, la estaba mirando como si la estuviera desprendiendo capa por capa con la mirada.
—¿Te molesta? —preguntó Diego, señalando el camisón.
—No —respondió ella, y esta vez su voz sí tembló.
Él se acercó lentamente, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera huir. Se detuvo frente a ella, y esta vez sí la tocó: le acarició el brazo con la palma abierta, desde el hombro hasta la muñeca, con una lentitud que hacía daño. Elena sintió cómo la piel le erizaba, cómo el calor le subía por el cuello, cómo el aire se volvía más denso.
—Hace calor pa’ estar así —dijo él, bajando la voz—. ¿Y si nos quitamos esto?
Elena no respondió con palabras. Solo movió la cabeza, casi imperceptiblemente, y él sonrió, un gesto breve pero intenso, como si supiera que ya había ganado. Con la otra mano, la que no la estaba tocando, Diego desató el nudo de la cintura del camisón. El tejido de seda resbaló por sus hombros, por sus brazos, y cayó suavemente al suelo, dejándola con el sujetador de encaje negro y la falda corta que llevaba debajo.
—Caramba, Elena —susurró—. Eres una chimba de verdad.
Ella no se ruborizó. Solo se mordió el labio inferior, lo suficiente para que él lo notara, y bajó las manos a su propia cintura. Se inclinó un poco, como si quisiera recoger el camisón, pero en vez de eso rozó la manga con los dedos y lo dejó caer más lejos, como si no le importara ya. Se mantuvo erguida, frente a él, con los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada, los pezones ya duros bajo el encaje.
Diego le pasó la vela a la mano izquierda y con la derecha le levantó la barbilla. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, Elena supo que no iba a dudar, que no iba a retroceder. Él se inclinó, muy despacio, y le besó el cuello. No el labio, ni la boca: el cuello. Justo ahí, donde el pulso latía más fuerte. Y entonces sí, Elena soltó un suspiro bajo, casi un gemido, que él escuchó y respondió con una sonrisa contra su piel.
—¿Todavía te sientes nerviosa? —preguntó él, sin apartarse.
—No —mintió ella, y le dio un beso en el cuello también, suave, rápido—. Estoy… bien.
—Claro que no estás bien —murmuró él—. Estás bien *mal*. Y yo también.
Diego la tomó de la cintura, la acercó hasta que sus cuerpos se tocaron: él con la camiseta, ella sin camisón, sus pechos aplastados contra su pecho, su entrepierna contra su muslo. Elena sintió el pito endurecido de Diego, presionando contra su vientre, y un calor se le expandió por dentro, como si le hubieran prendido un fósforo en el vientre.
—¿Me dejas…? —dijo él, sin terminar la frase.
Elena no respondió. Solo le pasó las manos por la espalda, por debajo de la camiseta, sintiendo los músculos tensos, el sudor, la textura de su piel. Y cuando él la besó por primera vez, con los labios secos, con los ojos cerrados, con una urgencia que ya no se podía contener, Elena correspondió con la misma intensidad. Le metió la lengua en la boca, le mordió el labio, le arrancó la camiseta por encima de la cabeza mientras él la empujaba contra la pared.
La vela seguía ardiendo, iluminando el momento: la respiración entrecortada, los dedos que se aferraban, la ropa que se caía a trozos, el sonido de un botón que rebotó en el suelo.
—Dime si quieres que pare —dijo Diego, cuando se separaron un instante, con la frente apoyada en la suya.
Elena le sonrió. Con los labios hinchados, con el pelo deshecho, con el cuerpo encendido.
—Pero si esto es lo que quería desde que me mudé —susurró—. Solo que no lo sabía.
Y entonces, sin más palabras, lo tomó de la mano y lo condujo hacia la habitación, donde la oscuridad ya no era un obstáculo, sino un aliado.
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