Lo que pasó con mi zapato favorito

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo tan simple como un par de zapatos pudiera desatar todo esto. No hablo de cualquier zapato. Hablo de *aquel* par: negros, de tacón medio, de charol, con un cierre dorado a un costado. Los compré hace dos años en una tienda de segunda mano, sin pensar mucho, solo por el precio. Pero desde el primer día que los usé, algo cambió. No solo me quedaban perfectos, sino que me sentía distinta. Más segura, más lenta, más… consciente de cada paso.

Al principio no le di importancia. Pensé que era solo la postura, el equilibrio, la forma en que el tacón marcaba el arco del pie. Pero luego empecé a notar que, cuando me los ponía, me costaba más concentrarme. Me distraía el roce del cuero en el tobillo, el sonido seco contra el piso, la forma en que el cierre se ajustaba como un abrazo frío. Incluso llegué a dormir con ellos puestos una noche, solo para sentirlos. No fue cómodo, pero no quise quitármelos. Me gustaba la opresión suave, el peso en los pies, la sensación de estar atada a algo más que a mí misma.

Hasta que conocí a Daniela.

Era una jueves cualquiera. Yo usaba los zapatos, como siempre que podía. Ella trabajaba en el café de la esquina, y ese día se acercó a mí mientras esperaba mi orden.

—¿Puedo? —preguntó, señalando mis pies con una sonrisa tímida.

—¿Qué cosa?

—¿Puedo tocarlos? Solo un segundo. No es que sea raro, es que… me encantan esos zapatos.

No supe qué decir. Me miró con esos ojos claros, sin vergüenza, pero con respeto. Asentí.

Sus dedos rozaron el tacón, luego el empeine. Me estremecí. No fue un contacto sexual, no fue vulgar. Fue… reverente. Como si estuviera tocando algo sagrado.

—Son de charol, ¿verdad?

—Sí —respondí, la voz más ronca de lo normal—. De segunda mano. Pero se sienten nuevos.

—No es solo el material —dijo, bajando la voz—. Es cómo te quedan. Como si estuvieran hechos para ti. Como si te pertenecieran.

No volví a ese café por una semana. Tenía miedo de que me viera, de que me hablara, de que me hiciera sentir otra vez lo que sentí en ese segundo. Pero al séptimo día regresé. Y ella estaba ahí.

—Te extrañé —dijo, sin rodeos.

—Yo también —confesé, y no mentía.

Nos sentamos a hablar. No de política, ni del clima. De zapatos. De cuero, de tacones, de la forma en que un buen calzado puede cambiar la postura, la mirada, el deseo. Me contó que tenía una colección en casa. Que no era solo moda. Que para ella, los zapatos eran piel, eran extensión del cuerpo, eran objetos vivos.

—¿Te gustaría verlos? —preguntó.

Asentí. Y así fue como terminé en su departamento, un pequeño estudio con luz natural y estantes llenos de cajas. No eran solo zapatos. Eran historias. Cada par con una etiqueta, una fecha, un recuerdo.

—Este —dijo, mostrándome un par de botines rojos— lo usé la primera vez que besé a una mujer.

—¿Y este? —pregunté, señalando unos de tacón alto y punta fina, negros como el mío.

—Ese —dijo, bajando la voz— lo usé cuando me enamoré de alguien que nunca lo supo.

No pude evitarlo. Me acerqué a ella. Sin hablar. Solo la miré, y ella entendió. Me desabrochó el cierre del zapato con cuidado, como si estuviera desvelando un secreto. Lo sostuvo en la mano, lo olió. Cerró los ojos.

—Huele a ti —dijo.

No fue un beso lo que vino después. Fue un ritual. Me quitó los dos zapatos, uno por uno. Los colocó sobre la mesa. Luego me pidió que me sentara. Me hizo extender la pierna. Y entonces, con lentitud, empezó a acariciar el arco del pie, primero con los dedos, luego con los labios.

No fue rápido. No fue urgente. Fue una ceremonia. Cada beso, cada roce, cada susurro era un homenaje al objeto que había desencadenado todo. Me pidió que me los volviera a poner. Y lo hice, frente a ella, con el pulso acelerado. Me miró como si fuera la primera vez que me veía.

—Quiero que te los quedes puestos —dijo—. Solo eso. No voy a quitártelos. Ni siquiera te voy a tocar los pies otra vez.

—¿Y si quiero que me toques?

—Entonces tendrás que pedírmelo con los zapatos puestos. No antes.

No lo entendí en ese momento. Pero lo entendí después, cuando, semanas más tarde, me encontré suplicando que me tocara, que me besara, que me arrancara la ropa… siempre con los zapatos puestos. Era mi condición. Mi fetichismo no era solo por el objeto, sino por el poder que me daba llevarlos. Por cómo me transformaban. Por cómo me hacían sentir deseada, no por mi cuerpo entero, sino por lo que representaban.

Una noche, me pidió que los usara con un vestido rojo que nunca había visto. Lo hice. Cuando llegué a su casa, me hizo esperar en la sala, de pie, con los zapatos brillando bajo la luz tenue.

—¿Sabes lo que me excita de verdad? —preguntó, acercándose por detrás.

—No —dije, temblando.

—Que no los quites. Ni siquiera cuando te toco. Ni siquiera cuando te corro. Quiero que sientas el cuero, el cierre, el peso… mientras haces todo lo demás.

Y así fue. No fue solo sexo. Fue posesión. Fue entrega. Fue una danza entre deseo y objeto, entre piel y charol, entre lo humano y lo que lo simboliza.

Ahora, cada vez que me pongo esos zapatos, no es solo para caminar. Es para recordar. Para sentir. Para saber que hay partes de mí que solo se despiertan cuando el cuero besa mi piel y alguien me mira como si fuera un altar.

Y si alguna vez me preguntan por qué los llevo tanto, solo sonrío. Porque no se trata de moda. Se trata de deseo. De identidad. De un amor que empezó en el pie y llegó al alma.

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